América Latina

Crisis en la embajada de Perú en 1980, “Castro me dijo: Yo sé matar, tú no”

Servicios/el Nuevo Herald

Fidel Castro y el embajador del Perú en La Habana en 1980, Ernesto Pinto-Bazurco Rittler, quien cuenta detalles inéditos sobre las negociaciones tras el ingreso a la sede diplomática peruana en la capital cubana de más de 10,000 personas que buscaban la libertad.
Fidel Castro y el embajador del Perú en La Habana en 1980, Ernesto Pinto-Bazurco Rittler, quien cuenta detalles inéditos sobre las negociaciones tras el ingreso a la sede diplomática peruana en la capital cubana de más de 10,000 personas que buscaban la libertad.

El embajador Ernesto Pinto-Bazurco Rittler rompió su silencio sobre la crisis en la Embajada del Perú en La Habana, cuando el 4 de abril de 1980 ingresaron más de 10,000 cubanos, y contó detalles inéditos sobre sus negociaciones en esos tensos momentos con Fidel Castro, según publicó el domingo el diario El Comercio de Lima en su edición en online.

Pinto-Bazurco, quien entonces era el encarcado de negocios en la misión diplomática peruana en Cuba, afirmó que se había comprometido a no difundir detalles de la crisis hasta la muerte de Castro. Luego de la muerte del dictador el viernes 25 de noviembre pasado, Pinto-Bazurco anunció que publicará un libro “Democracia y libertad” en el que relatará la historia de este episodio de profundo impacto cuando miles de cubanos ingresaron a la embajada peruana en una huida masiva de la opresión.

Uno de los momentos más dramáticos de las negociaciones que duraron hasta la madrugada del día siguiente ocurrió cuando el embajador planteó el problema desde un punto de vista jurídico, a lo que el dictador respondió: “Bueno, pero hay una diferencia bien grande, yo sé matar, tú no”.

El propio embajador puso en contexto lo ocurrido.

“Antes del 4 de abril de 1980 ya habíamos dado protección a 34 personas”, reveló el Pinto-Bazurco a El Comercio. “El 4 de abril de 1980 ingresaron 10,834 personas. Para tener una visión de cómo era la situación, había cinco personas por metro cuadrado. Ello era una señal de que había una enorme presión social y una enorme necesidad por salir del país”.

Uno de los aspectos que trababan la negociación, según relató Pinto-Bazurco a El Comercio, era cómo Fidel Castro, presionado por su entorno, reclamaba algunas cabezas de quienes estaban en la embajada.

“La exigencia era entregar a algunos. Curiosamente, la exigencia era más de su entorno”, describió Pinto Bazurco a El Comercio. “En las dictaduras son los entornos los que quieren ser fuertes, hacen méritos. Yo los escuchaba con paciencia, pero ya nos habíamos entendido con Castro. Le dije: ‘Mire, este no es problema mío, ni del Perú, yo me voy mañana y ustedes se quedan con el problema, acá hay que tratar de solucionar’”.

Según revela el embajador, Fidel Castro lo presionaba con el hecho de que no había la capacidad física ni económica para mantener a más de 10,000 personas dentro de la embajada. Pinto-Bazurco respondió que si empezaba a morir la gente él iba a ser responsable de los muertos.

Pinto-Bazurco afirmó que volvió a la embajada, y desde ahí trató de hablar de nuevo con Fidel Castro en la madrugada.

“Yo lo estaba buscando”, contó el embajador a El Comercio. “La escena fue dramática, porque se apagaron todas las luces del sector. Pensé que venía la fuerza a atacar o venía Castro. De pronto se acercó sigiloso para que no lo vieran, lo invité a pasar, pero no aceptó. ‘Más seguro es mi auto’, dijo. Nos fuimos a dar vueltas en el malecón. Fue una conversación seria, profunda, por momentos dramática. Pero se solucionó porque hubo la garantía de que a esta gente no le iba a pasar nada”.

Parte de las negociaciones fue que no se llamaran asilados ni refugiados a quienes estaban en la embajada sino ingresantes y cada uno de los más de 10,000 cubanos saldrían con salvaconducto, menos tres.

“Un policía de tránsito que se llamaba Ángel Gálvez, quien ingresó a la embajada simulando que traía una correspondencia y no salió. Entonces, el gobierno lo calificó como desertor y miembro del Ministerio del Interior y le correspondía la pena de muerte. No calificaba para el salvoconducto”, contó Pinto-Bazurco. “Los otros dos, uno fue el chofer del autobús que estrellaron contra la embajada para ingresar. A él lo habían acusado de ser el responsable indirecto de la muerte de uno de los custodios que falleció cerca del lugar. La otra persona se quedó por miedo. Posiblemente, era un agente del Ministerio del Interior”.

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