América Latina

El humor político en Latinoamérica, un asunto que no es para reírse

Xavier ‘Bonil’ Bonilla, al centro, el humorista gráfico ecuatoriano que con frecuencia desata la ira del presidente Rafael Correa.
Xavier ‘Bonil’ Bonilla, al centro, el humorista gráfico ecuatoriano que con frecuencia desata la ira del presidente Rafael Correa. El Universo

Xavier Bonilla tiene quizás el empleo menos gracioso que existe en la comedia. El prolífico y ácido dibujante cómico de El Universo, uno de los principales periódicos de Ecuador, ha sido demandado por el presidente Rafael Correa, amonestado por el Congreso y no para de recibir innumerables correos de odio por su trabajo.

Sin embargo, la amenaza que recibió la semana pasada fue algo más grave. Una nota que llegó al rotativo decía ser de un ecuatoriano de 22 años miembro del Estado Islámico (IS). El autor se refería al cartón de Bonilla que mostraba a miembros del IS destruyendo antiguas estatuas por representar una “cultura infiel” y luego se quejaban de que su conexión de internet estaba demasiado lenta para colgar el video.

La carta decía que la próxima vez que Bonilla se burlara del grupo terrorista, el autor llamará a sus “amigos en Siria” para que “maten al despreciable” y ataquen al diario “como se hizo con la revista Charlie Hebdo en Francia”, una referencia al ataque terrorista en enero que dejó 12 muertos.

Casi una semana después de haber recibido la nota, Bonilla, de 50 años, mejor conocido por su seudónimo de Bonil, dijo que el susto había pasado y que encontraba la amenaza menos creíble. De cualquier modo, señaló que era un indicio más del venenoso ambiente contra la libertad de expresión que ha creado el presidente Correa.

“Hay que entender que este clima de hostilidad y acoso ha surgido dentro del país”, dijo Bonilla. “Ha llegado al punto en que incluso el humor es perseguido y reprimido por el Presidente”.

Correa, que asumió su cargo en el 2007, atacó ferozmente a la prensa desde el mismo primer día. Durante su comparecencia semanal de televisión, la emprende contra críticos y reporteros y les pide a sus seguidores que los ataquen en los portales sociales. Ha llegado a calificar a Bonilla de “asesino con tinta”.

En las clasificaciones de libertad de prensa, a Ecuador le va mejor que otros países, como Colombia y México, donde los reporteros con frecuencia son asesinados por hacer su trabajo. Sin embargo, la lista no logra captar la presión con que tienen que trabajar los periodistas en Ecuador.

En el 2014, Correa demandó a Bonilla y El Universo por una caricatura donde criticaba una redada policial hecha en la casa de un reportero. El regulador de medios de prensa del gobierno le ordenó al diario pagar $90,000 y que Bonilla publicara una retractación pública. A principios de este año, el dibujante regresó a los tribunales, esta vez por mofarse de la pobreza de vocabulario del congresista afroecuatoriano Agustín Delgado. Grupos de derechos de minorías, con el respaldo de Correa, se manifestaron en defensa de Delgado, afirmando que el dibujo era racista. El periódico escapó de recibir una multa pero fue obligado a publicar una disculpa en la primera plana durante toda una semana.

Bonilla es simplemente una víctima muy conocida de una tendencia regional que cada vez crece más, dijo Héctor Schamis, profesor de la Universidad de Georgetown y columnista para el periódico español El País. Los gobiernos de países como Venezuela, Argentina y Ecuador cada vez aprietan más las clavijas contra la libertad de expresión, dijo Schamis.

“Primero pierden su sentido de democracia”, dijo Schamis, “después pierden su sentido del humor”.

Cuando Hermenegildo Sábat, célebre dibujante del periódico argentino Clarín, publicó un dibujo en el 2008 de la presidenta Cristina Fernández con cinta adhesiva en la boca (una referencia nada sutil a sus discursos maratónicos) Fernández acudió a la televisión nacional para denunciar la imagen como equivalente de una amenaza mafiosa.

En el 2014, la caricaturista venezolana Rayma Suprani fue despedida de su empleo en El Universal después que comparó la firma icónica del fallecido presidente Hugo Chávez con el ecocardiograma de un sistema de salud moribundo.

Uno de los errores básicos en la política es no reírse de sí mismo, observó Schamis, que será el moderador de una conferencia en Washington el próximo jueves llamada Los cartones en los tiempos del autoritarismo, donde Suprani y Bonilla hablarán.

Sin embargo, los líderes latinoamericanos, sobre todo los que tratan de perpetuarse en el poder, parecen haber olvidado esa lección. Y los que utilizan las amplias redes públicas de la radio y la television para atacar y denigrar a sus críticos están en una clase aparte, dijo. “Es una forma fascista de ejercer el poder y usar a los medios”, agregó Schamis.

Correa se considera a sí mismo una víctima de los poderosos y politizados conglomerados de la prensa, aunque los castiga con regulaciones y los obliga a pagar cuantiosas sumas de dinero.

“La prensa corrupta” no comprende “la diferencia entre ironía, sarcasmo y la vulgar difamación, mentiras y falsedades”, dijo durante un reciente discurso televisado. “Ecuador y América Latina han sido demasiado tolerantes con las mentiras, en particular de la prensa corrupta, y esa es la razón principal por la que seguimos siendo países subdesarrollados”.

Ningún medio parece ser demasiado pequeño para escapar de la atención de Correa. A principios de este año, la emprendió contra un portal llamado Crudo Ecuador cuando sacó una fotografía de él cargando bolsas en un centro comercial de Europa.

La imagen del Presidente –que a menudo se viste con ropas tradicionales y pregona sus raíces trabajadoras– en una tienda lujosa, se volvió viral. El Presidente respondió exigiendo una investigación sobre la página web y dijo que podría tener vínculos con la oposición y que utilizaba una tecnología que sólo tenían agencias nacionales de espionaje.

El hombre de 30 años que dirige Crudo Ecuador le dijo al Miami Herald en aquel momento que poco después del discurso de Correa fue inundadado de amenazas de muerte. Semanas después, una cesta de flores llegó a la casa donde el hombre y su familia se habían refugiado. Venía acompañada por una nota amenazadora que mencionaba a su esposa y a sus dos hijos por sus nombres.

El mes pasado, Correa se sintió obligado a insultar por Twitter a John Oliver, anfitrión de un programa de HBO, después que el comediante ingles se burló del programa semanal de televisión de Correa.

En los medios de prensa, Correa ha encontrado un buen villano. Aunque sus ataques contra la prensa son condenados por grupos a favor de la libertad de expresión y organizaciones internacionales, los ecuatorianos todavía parecen estar dispuestos a pasarlos por alto. Correa disfruta aún de un 60% de aprobación a su mandato, y es considerado uno de los líderes más populares del continente.

Sin embargo a medida que el país se enfrenta una crisis económica debido al desplome de los precios del petróleo, y Correa provoca controversia al planear acabar con el límite del mandato presidencial antes de las elecciones de 2017, podría estar bajo una enorme presión. Y posiblemente continúe atacando ferozmente a quienes lo critican.

Los medios de prensa y las leyes de la sociedad que Correa ha instaurado “equivalen a un proyecto –algo sin precedentes en Ecuador– de vigilancia y regulación”, escribió Catherine Conaghan, académica e investigadora latinoamericana, en un blog del Centro de Estudios Latinoamericanos de la Universidad Americana. “Le dan al gobierno un provocado arsenal de armas para usar, si es necesario, en futuras batallas sobre otros importantes asuntos legales, sobre todo el tema de la reelección presidencial”.

Jim Wyss reside en Bogotá, Colombia. Puede seguirlo en Twitter: @jimwyss

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