América Latina

Las viudas piden justicia

AURA ESTELA Herrera hipotecó su casa para que otros campesinos pudieran pagar por los gastos legales. El abogado se alzó con el dinero y ahora el banco ha embargado su hogar.
AURA ESTELA Herrera hipotecó su casa para que otros campesinos pudieran pagar por los gastos legales. El abogado se alzó con el dinero y ahora el banco ha embargado su hogar. El Nuevo Herald

Ursula Argentina Tobal se sabe de memoria los nombres de casi todas las 63 viudas que viven en esta comarca entre dos quebradas contaminadas, a menos de dos kilómetros de Chichigalpa, y reconoce a los huérfanos que pasan jugando a su alrededor.

''Allá vive Olivia Riso, sigue María Poso, Juana Tobal, Argentina, que soy yo, Marta Yesca, Maura Tomás'', y continúa con un interminable censo mental del caserío que en la geografía triste de esta zona se le conoce como la Isla de las Viudas.

Planchando, preparando tortillas, cuidando hijos enfermos, las 63 mujeres luchan contra al desamparo y la pobreza en que quedaron luego de que sus maridos murieron de Insuficiencia Renal Crónica (IRC), de origen desconocido.

''Mi vida es una historia muy dura, ha habido ocasiones en que he tenido que acostar a mis hijos sin comer y les digo que dormidos no da hambre'', afirmó Tobal.

Las viudas de la isla de Guanacastal son sólo una parte del paisaje desolador que está dejando en esta región la muerte de centenares de campesinos por el trastorno renal cuyas causas siguen siendo un misterio.

A pesar de que el mal que está desgranando a su familia cobra vidas cada semana, el gobierno y las empresas donde trabajaron los afectados no tienen una explicación científica oficial acerca del fenómeno.

Ella ya no parece tener esperanzas de que la racha de muertes se detenga.

Tobal, de 40 años, enviudó en diciembre del 2005. Su marido, Luis Abraham Martínez, un cortador de caña del ingenio San Antonio, murió de la enfermedad después de seis meses de agonizar en una cama.

''Tuvo una agonía muy terrible'', explicó Tobal.

``Yo lo tenía que llevar al servicio, porque no podía caminar. Esa enfermedad les quita las fuerzas, les corta la vista, les revienta la menudencia, la boca, la piel y vomitan sangre''.

A la muerte de su esposo, Tobal quedó a cargo de 10 hijos. Recibe una pensión de unos $74 mensuales del Seguro Social que completa preparando tortillas o trabajando como criada doméstica en Chichigalpa.

Dos de sus hijos, explicó, fueron diagnosticados con la enfermedad. Uno partió a Costa Rica a buscar trabajo hasta que se le acabe la energía. Y el otro, el mayor, de 24 años, vive con ella, sufriendo los dolorosos síntomas. El padre de Tobal y dos hermanos murieron de lo mismo, y el único hermano que le queda, Virgilio, padece la enfermedad hace ocho años.

Cuando reporteros de El Nuevo Herald llegaron el pasado 8 de abril al campamento donde los ex trabajadores protestaban frente a la entrada del ingenio San Antonio, el hijo de Ursula, Nelson Moisés Martínez, había recibido la mala noticia de que sus niveles de creatinina, la sustancia que mide la función renal, estaban en 14 miligramos por decilitro. El nivel máximo normal es 1.8 miligramos por decilitro.

''Si trabajo me muero más rápido'', dijo Nelson Moisés Martínez.

Martínez explicó que empezó a trabajar como cortador de caña a los 14 años. Ganaba un promedio de 50 centavos de dólar por tonelada de caña cortada. Tumbaba de cinco a siete toneladas al día, agregó.

''Me levantaba a las tres de la mañana y a veces salía a las seis de la tarde o lo alumbraban a uno con camiones para que pudiera terminar su tarea'', recordó.

Cuando tenía 20 años empezó a sentir los primeros síntomas de la enfermedad. Calor en los pies, dolor en la cintura, náuseas, insomio, el mismo preludio de la muerte de su padre.

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