América Latina

Los afrolatinos alzan la voz

Las bailarinas Scharllette Allen, de 15 años, y Jennifer Fredricks, de 15 años, participarán en un festival Afro cultural en un pueblo de Nicaragua. (Charles Trainor Jr./Miami Herald)
Las bailarinas Scharllette Allen, de 15 años, y Jennifer Fredricks, de 15 años, participarán en un festival Afro cultural en un pueblo de Nicaragua. (Charles Trainor Jr./Miami Herald)

AUDRA D.S. BURCH / The Miami Herald En recónditos pueblos pesqueros, esparcidos a ambos lados del amplio y fangoso río Kukra en la costa atlántica, se está gestando un discreto movimiento cultural y de derechos civiles.

Una joven de 17 años, de tez morena y casi seis pies de estatura, da vueltas en la cocina, encantada con las intrincadas cuentas africanas del vestido que llevará en el primer certamen de belleza afrocaribeño del pueblo.

Un intérprete de reggae de 47 años, que relata el dolor y la esperanza de su pueblo en canciones, ha hecho historia como el primer negro en ganarse el premio cultural más importante del país.

Una activista de 30 años finalmente se suelta el pelo y se lo deja crecer al natural, una acción que expresa su raza mucho más que el color de su piel.

Estos casos son parte de un lento pero drástico cambio de toma de conciencia entre los negros, aquí en Nicaragua y en toda Latinoamérica. Es algo parecido al movimiento de derechos civiles en Estados Unidos, pero sin los linchamientos, las bombas y los arrestos masivos. Por toda la región, casi totalmente hispana, los negros están demandando más derechos y reclamando de nuevo su identidad cultural.

'Durante años ha sido mucho más fácil `no ser' negro y llamarse otra cosa'', dice Michael Campbell, que se crió 18 millas río abajo, en Bluefields. ``Pero la clave de nuestro futuro consiste en fortalecer nuestra identidad, decir que somos negros y que estamos orgullosos de serlo''.

Los gobiernos latinoamericanos al fin les están prestando atención y han empezado a enfocar las desigualdades raciales que han existido desde la época de la esclavitud.

Hace sólo cuatro años, Brasil creó un puesto ministerial para lidiar con el asunto de la raza. En Colombia, los activistas han obtenido una legislación que reconoce legalmente a los negros y su historia. En Cuba se forman cada vez más grupos no políticos para ocuparse de asuntos raciales, incluyendo el Movimiento de Derechos Civiles Martin Luther King. Y en la cercana República Dominicana, algunos negros están batallando con las autoridades por el derecho a que se les categorice como ''negros'' en sus tarjetas nacionales de identidad.

Las estadísticas muestran que los negros de la región tienen más posibilidades de nacer pobres, de morir jóvenes, de leer con dificultad y de vivir en casas con pocas comodidades.

Es ahora que las autoridades están empezando a contar a la población negra, pero el Banco Mundial calcula que el número puede estar entre los 80 y los 150 millones, en contraste con los 40.2 millones en EEUU.

El nuevo ímpetu de cambio está impulsado por el respaldo de políticos afroamericanos y grupos de derechos civiles mediante la globalización: la capacidad tecnológica de compartir experiencias humanas comunes. De hecho, países latinoamericanos que en otra época se encontraban aislados ahora tienen acceso a canales televisivos de cultura popular tales como MTV y BET, que trasmiten mensajes sociales a todo el mundo.

La semana pasada, el representante federal de EEUU Gregory Meeks, demócrata por Nueva York, estuvo a la cabeza de los miembros de Concilio Negro del Congreso en una discusión televisada en todo el país desde un ayuntamiento en Colombia con el presidente Alvaro Uribe sobre las condiciones de vida de los afrocolombianos.

'Los descendientes de africanos ven lo que el mundo exterior está haciendo. Eso ha dado lugar a un estado de conciencia, que los lleva a decir: `Nosotros también podemos hacer eso' '', dice Meeks, que también colabora con negros en Perú y en Bolivia. ``Ellos ven lo que el movimiento de derechos civiles hizo en EEUU y saben que tienen también la capacidad para obtener beneficios''.

El movimiento contradice la idea, sumamente extendida, de que Latinoamérica observó el movimiento de derechos civiles de EEUU sin inquietud y a distancia, porque esa región no era racista y los negros allí estaban integrados.

''Los movimientos negros han podido lograr que se cuestione ese concepto, y que se admita que la democracia racial es una gran idea y una especie de sueño maravilloso, pero que no se ha hecho realidad todavía'', dice George Reid Andrews, autor de Afro-Latin Americans y profesor de razas comparativas de la Universidad de Pittsburgh. ``Creo que eso es un verdadero logro''.

La población negra de Nicaragua es la más numerosa de Centroamérica, pero en la Asamblea Nacional hay solamente un miembro de esa raza, Raquel Dixon Brautigam, elegida el año pasado.

Solamente alrededor de uno de cada cinco residentes de los barrios predominantemente negros de Nicaragua tiene acceso a agua limpia, a diferencia del promedio nacional de tres de cada cinco personas. Entre 4 y 17 por ciento tiene electricidad, comparado con el promedio nacional de 49 por ciento.

Hace 20 años, el país reconoció a los negros y a los indígenas mediante leyes de autonomía, haciéndoles posible que reclamen recursos naturales, establezcan demarcaciones de tierras comunales, se autogobiernen y reclamen sus identidades ancestrales.

Durante años, la pugna ha estado enfocada mayormente en términos regionales: la costa atlántica, encabezada por pueblos como Bluefields y Puerto Cabezas, contra la costa pacífica; inglés contra español, creoles contra mestizos descendientes de la mezcla de españoles e indígenas. Los creoles, descendientes de amos ingleses y de sus esclavos caribeños, con frecuencia se identifican a sí mismos como negros.

''La raza y la región están inextricablemente vinculadas'', dice Juliet Hooker, oriunda de Bluefields y profesora adjunta de la Universidad de Texas. ``En realidad, nunca hemos sido reconocidos en la narrativa nacional sobre la identidad. Gran parte de la discriminación se ha filtrado por el lente de la costa en que vivimos''.

Ahora, para los negros (unos 477,000, o 9 por ciento de los 5.3 millones de nicaragüenses) el movimiento tiene como objetivo, en gran medida, el hacerse notar.

Los dirigentes y activistas negros dicen que están definiendo y redefiniendo colectivamente lo que significa aquí ser negro. Están trabajando con una ambiciosa agenda que incluye nuevas demarcaciones para una mejor representación política, educación bilingüe y un currículum de historia negra para las escuelas públicas. Y en marzo, la Asamblea Nacional aprobó una medida de reformas para incluir cuestiones raciales en el nuevo código penal.

Hasta ahora, no había leyes antidiscriminatorias o de acción afirmativa. Aún así, un proyecto de ley que prohíba el racismo a nivel institucional ha languidecido en la asamblea durante más de dos años, sin suficiente respaldo para aprobarse.

No es la primera vez que los negros se movilizan.

Una organización de negros se inició en la costa en la década de 1920, con el mensaje nacionalista de Marcus Garvey.

En los años 60, a medida que el movimiento de derechos civiles se desarrollaba en EEUU, los negros formaron una coalición para gestionar mejores condiciones de vida. Ese esfuerzo desapareció con el comienzo de la revolución sandinista de 1979. Después de la guerra, los sandinistas prometieron ponerle fin a la discriminación racial, y promover las culturas nacionales. Al mismo tiempo, se les acusó precisamente de lo contrario: de oprimir grupos ya marginados.

Habrían de pasar casi tres décadas antes de que los regímenes sandinistas tomaran medidas significativas. Ahora hay un cauteloso optimismo con el regreso de ese gobierno.

Aunque la costa atlántica está poblada desde el siglo XVII, la primera carretera que conecta la costa con el resto del país se hizo hace sólo 50 años. Todavía es intransitable en la temporada de lluvias, y no está completa hasta el final.

El último trecho de Managua a Bluefields se atraviesa en barco por el río Escondido. A pesar de su carácter remoto, la zona no ha estado completamente aislada del mundo exterior. Algunos residentes hablan por teléfono, escuchan la radio y ven programas extranjeros por televisión, y unos pocos incluso tienen acceso a la internet. Gran parte del movimiento contemporáneo en la costa proviene de individuos que murieron hace mucho tiempo: Martin Luther King Jr. y Bob Marley. El firme mensaje de igualdad de King y las letras sociales de canciones de Marley llegaron aquí en los años 70, traídas por jóvenes que trabajaban en barcos cruceros, y llevaban libros y música.

El dirigente no oficial de Pearl Lagoon, William Wesley, un amistoso individuo de sonrisa fácil, vive en la carretera principal con vista al pueblo. En la sala de su casa hay un retrato de King colgado cerca del teléfono.

''Los jóvenes venían y hablaban de esa gente'', dice Wesley, un maestro retirado. ``Ya yo sabía algo, pero quería saber más. Me vi a mí mismo en las enseñanzas de King y de Malcolm X. Descubrí mi patrimonio africano. Teníamos que aprender de lo que ellos dijeron para ayudarnos a crear un rumbo que todos podamos seguir''.

En Bluefields, Carmen Joseph, o ''Miss Carmen'', que según dicen sabe hacer la mejor ensalada de papas en todo el pueblo, sale al portal de la casa de un vecino para hablar del tema, porque lo considera muy delicado para hacerlo dentro de la casa.

''Sí'', susurra sin mirar de frente. ``Hay algunos que no dicen lo que son. Yo soy negra, y crié a mi familia sabiendo que lo eran''.

Con ocho hijos, Joseph ha estado toda una vida subiendo y bajando las colinas de Bluefields y se ha establecido como una de las matriarcas del pueblo. ``No me avergüenzo. No voy en contra de mi color, pero otros sí''.

Para poder apreciar la historia de la raza en esta región hay que entender el legado caleidoscópico de la esclavitud, la satanización y la negación de la negritud y la práctica de la mezcla racial.

Eso se complica con la falta de datos fidedignos de censos, debido a los habituales conteos reducidos, y porque algunos negros no se identifican como tales.

En esa costa hay una amalgama de indios miskitos, mestizos y negros. Los antecesores de otros afronicaragüenses eran negros libertos que emigraron de Jamaica y otros países caribeños, atraídos por los empleos fijos disponibles para los que hablaban inglés.

Abundan los relatos de personas que se han ocultado detrás de una tez no muy oscura y que se han hecho pasar por indios miskitos, o mestizos.

'Es difícil movilizarse cuando uno está todavía recuperando su identidad y empezando a utilizar el término `negro' '', dice Hooker, la profesora de Texas cuyo padre fue concejal regional.

Hace un año, Shirlene Green Newball, que creció en Puerto Cabezas, dejó que su permanente le creciera hasta desaparecer. ''De veras quise demostrar y saber quién soy'', dice Newball, que trabaja para una organización femenina.

Newball pensó durante un tiempo sobre lo que significaba aquí ser negro. Consideró todos los términos: morena, coolie, afro, chocolate, negra. Entonces decidió que el pelo al natural sería la expresión más pura de la negritud.

''Se está viendo un movimiento negro auténtico por la costa, pero las cosas van despacio'', dice Kwame Dixon, un profesor adjunto de Estudios Afroamericanos de Syracuse University.

En Pearl Lagoon, que tiene 3,000 habitantes, los perros duermen en el muelle, la calle principal es más bien un camino polvoriento, la música country-western sale de puertas y ventanas, y Koreth Reid McCoy se apresura a regresar a su casa al terminar las clases en la escuela.

Parece que no toca la tierra del camino, de más de una milla, para llegar a ver el hermoso vestido lila claro con cuentas que se pondrá en el certamen de belleza. En la pasada década, se han celebrado en la costa esos concursos anuales exclusivamente para jóvenes de la raza negra, pero éste es el primero que se efectuará, conjuntamente con un festival cultural africano, en Pearl Lagoon.

''Me encanta cómo cae el vestido, los colores, el estilo'', dice Koreth, y su voz casi suena como una canción de cuna. ``Me recuerda a Africa. Estoy muy orgullosa de mi patrimonio, de mis ancestros''.

Al dejar su casa Koreth sale a la calle, y acompañada de sonrientes niñas descalzas, llega hasta el río y regresa, tan tranquila y glamorosa como si estuviera en una pasarela de modelaje. De repente, o quizá no tan de repente, es más que una joven bonita con un bonito vestido. Koreth es un símbolo de posibilidades culturales.

``Quiero que la gente sepa de dónde somos''.

Desde que tiene memoria, y sobre todo cuando las cosas iban mal, Philip Montalbán, con trenzas de rastafari hasta la cintura y una guitarra que casi siempre le acompaña, ha estado cantando sobre la experiencia negra.

``Tenemos que pelear o moriremos. Dios sabe que necesitamos la liberación, sabe que es la única solución...''.

Hoy, Montalbán se sienta en una silla vieja y oxidada bajo un limonero en su patio, tocando la guitarra.

''He estado tratando de cantar canciones que digan algo y que animen a mi gente. Hemos luchado tanto'', dice Montalbán. ``Tengo la responsabilidad de llevar el mensaje de mi pueblo''.

Este año, el gobierno nicaragüense reconoció el arte de Montalbán con su más alto galardón nacional. Hasta hace poco, la idea de que un negro que no se oculta para serlo se considerara siquiera para un premio era impensable.

''Creo que estoy aceptando el premio para toda una raza'', dice Montalbán. ``Espero que esto signifique algo''.

Pablo Bachelet, del Miami Herald, y el corresponsal especial Tim Rogers contribuyeron a este reportaje.

  Comentarios