América Latina

Adolescente sigue a la espera de padre rehén en Colombia

KYLE STANSELL sigue esperando por el día en que pueda reunirse con su padre.
KYLE STANSELL sigue esperando por el día en que pueda reunirse con su padre. Miami Herald

En 1,816 días, Kyle Stansell ha crecido 14 pulgadas y ganado 95 libras. Ha aprendido a jugar basquetbol y ha adoptado un perro, un gato y una serpiente. Y ha empezado a salir con chicas.

Mil ochocientos dieciséis días.

Ese es el tiempo que lleva su padre, Keith Stansell, como prisionero en la jungla colombiana. Es uno de los rehenes del grupo guerrillero más viejo de América Latina, y pasa todas las noches encadenado.

Separado de su padre por una guerra que ni siquiera comprendía, Kyle vio derrumbarse su mundo. Pese a todo, ha tratado de aferrarse a su vida anterior, cuando estaba con su padre.

Mil ochocientos dieciséis días.

Durante ese tiempo, Kyle se ha convertido en un adolescentes de 6 pies y cinco pulgadas de estatura. A los 15 años, dice llevar "una vida aburrida''. Se levanta a las 6:30, va a la escuela y regresa. Sale por las tardes y va a las prácticas de basquetbol antes de la cena para luego acostarse sobre las 10 p.m.

Y mientras tanto espera.

El momento más difícil es durante las clases. "Biología, definitivamente biología''. En lo que el maestro habla, él piensa en otra cosa. Mentalmente viaja a Colombia, a la jungla.

Antes de la salida del sol del 13 de febrero del 2003, Keith Stansell estaba en Colombia, frente a su computadora poniéndole un email a su hijo. Le dijo que saldría en un vuelo rutinario sobre la jungla y que estaría de regreso dentro de seis días.

Stansell, de 38 años, era un antiguo marine empleado por Northrop Grumman, una empresa de California que había ganando un contrato del Pentágono de $8 millones para inspeccionar las junglas del sureste de Colombia. Como parte de su trabajo, Stansell había pasado seis semanas en el país y dos en su casa de Georgia, donde vivía con su novia Malia Phillips y sus dos hijos de un matrimonio anterior: Kyle, de 10 años y Lauren, de 14.

Stansell y Malia, una maestra, se iban a casar en abril de aquel mismo año. El estaba pensando en buscar un trabajo fuera de Colombia. El dinero era bueno, pero el riesgo era mucho.

Aquella mañana, Stansell, un ingeniero de vuelo, abordó el Cessna de un solo motor con otros tres americanos y un sargento de la policía de Colombia. Su trabajo era localizar campos de coca y laboratorios de cocaína escondidos en el Amazonas, tomar fotos y pasar la información a las fuerzas armadas de Colombia.

En algún momento del vuelo, Stansell transmitió por radio un fallo del motor. El avión estaba cayendo en territorio controlado por la guerrilla. El piloto estadounidense Thomas Janis se las arregló para aterrizar en un sembrado de coca. La tripulación sobrevivió, pero inmediatamente se vieron rodeados de miembros de la FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), un grupo guerrillero que cuenta con unos 8,000 combatientes, que costean su guerra con narcotráfico y secuestros.

Después se encontraron las cadáveres, acribillados a balazos, de Janis y del sargento colombiano cerca del avión caído. Stansell y los otros dos estadounidenses a bordo, Marc Gonsalves y Tom Howes, desaparecieron.

El 13 de febrero del 2003, alrededor de las 2 p.m. en Georgia, Kyle y su hermana regresaron a casa después de un día escolar como otro cualquiera. Malia Phillips estaba llorando.

Le dijo a sus hijos que el avión de Stansell se había estrellado.

"Primero, pensábamos que estaba muerto'', dice Kyle.

Al día siguiente, el Departamento de Estado de EEUU llamó con la noticia de que Stansell no estaba muerto. La FARC lo había secuestrado.

Stansell y su primera esposa Kelly se habían divorciado cuando Kyle tenía dos años. Desde entonces, Kyle y su hermana habían vivido con su padre. En el 2001, los tres se mudaron con Malia Phillips.

Pero después del secuestro, Phillips se enteró de que Stansell tenía una mujer embarazada en Colombia. Decidió que los niños debían irse a vivir con Kelly, su madre natural, y que ella debería seguir adelante con su vida.

Kyle se resistió. Phillips empezó a verse con un antiguo conocido.

"Creo que ver a otro hombre sentado en la butaca de extensión de su padre fue demasiado para Kyle'', dice su abuela Lynne Stansell. "Estaba indignado y decidió irse''.

Kyle se fue de la casa de Phillips, a una selva mental suya propia.

Kelly estaba soltera y trabajando en Indiana, lejos de cualquier familiar que pudiera ayudarla a atender la angustia de Kyle, que lloraba cuando Kelly trataba de dejarlo en la escuela. No iba a clases. Quería que su padre regresara.

"Necesitaba alguna influencia masculina, necesitaba disciplina'', dice Gene Stansell, su abuelo. De modo que lo internó en una escuela militar, Florida Air Academy, en Melbourne. Allí, durante más de dos años, Kyle batalló con los demonios del secuestro de su padre.

En la actualidad, casi cinco años después que su padre fue hecho rehén, Kyle ha regresado con su madre en Sarasota, cerca de sus abuelos, que viven en Bradenton. Kelly se volvió a casar, y Kyle ha aprendido a vivir con la ausencia de su padre.

La novia colombiana de Stansell, Patricia Medina, dio a luz a dos mellizos el 26 de mayo del 2003, tres días después de que Kyle cumpliera 11 años. Los niños, Keith y Nick han hecho que la vida de Kyle sin su padre sea al menos un poco más agradable.

"Los quiero mucho. El día que los conocí fue el mejor día de mi vida. Lo comparo con el día que vuelva a ver de nuevo a mi padre'', dice Kyle.

En casi cinco años, Stansell ha aparecido en tres videocintas hechas por las FARC. En el último, en noviembre, el vigoroso y muscular hombre de 43 años aparece más delgado y su cabello se ha vuelto gris, pero luce fuerte y saludable.

Kyle le ha escrito cartas a varios miembros del Congreso así como al presidente Bush en las que le pide al gobierno norteamericano que negocie la liberación de su padre.

De igual modo, el chico se ha reunido con el presidente colombiano Alvaro Uribe, que ha ofrecido canjear 500 rebeldes encarcelados por sólo 44 rehenes de gran importancia que están en manos de las FARC, entre ellos los tres norteamericanos. Los rebeldes rechazaron las condiciones de Uribe para llevar a cabo el intercambio.

Pero el presidente que ha impresionado más a Kyle es el mandatario venezolano Hugo Chávez, que el mes pasado obtuvo la liberación de dos mujeres secuestradas por las FARC, lo que le llevó esperanzas a las familias de más de 700 secuestrados por los rebeldes.

"Nos reunimos con Chávez en Caracas. Me pareció una de las personas más agradables que he conocido en mi vida. Nos prometió que no pararía hasta que mi papá no regrese a la casa'', dijo Kyle.

En una fría mañana de enero, Kyle está sentado en el pasto cerca de una laguna en Kensington Park, la comunidad suburbana de Sarasota donde vive. Se abriga con la chaqueta color marrón de su padre, que le queda grande a su cuerpo magro.

Cuando Keith Stansell regrese, dice Kyle, algunos de los familiares dicen que quieren estar allí esperándolo para saber cómo será la nueva vida con él.

"Pero yo no. Lo único que quiero es volver a hacer las mismas cosas que hacíamos antes''.

Hace mil ochocientos dieciséis días.

El reportero de The Miami Herald Casey Woods contribuyó a este reportaje desde Miami.

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