América Latina

La revolución y sus historiadores

RAFAEL ROJAS

La importancia de una revolución podría medirse por la calidad de sus historiadores. Cuatro grandes revoluciones modernas, la norteamericana de 1776, la francesa de 1789, la mexicana de 1910 y la rusa de 1917 han creado verdaderas escuelas historiográficas que se renuevan generacionalmente en los dos últimos siglos.

La mayor o menor antigüedad de cada una de esas revoluciones no limita o refuerza la solidez de sus historiografías. La norteamericana, por ejemplo, que tiene más de 230 años, suma, a los estudios ya clásicos de Merrill Jensen, Gary B. Nash y Gordon S. Wood, las contribuciones recientes de Bernard Baylin, David McCullough y Joseph J. Ellis. La francesa ni qué decir: tras la gran obra revisionista de Georges Lefebvre, desde la óptica marxista, y Francois Furet, desde la liberal, se han acumulado las investigaciones de Simon Schama, Mona Ozouf, William Doyle y David Andress.

La revolución rusa se ha convertido, en los últimos años, en una las grandes aficiones de la mejor historiografía occidental: Robert Conquest, Robert Service, Orlando Figes, Richard Pipes, Simon Sebag Montefiore y el impresionante trabajo del historiador francomexicano Jean Meyer. La mexicana, por su parte, ha generado algunas biografías ejemplares, como el Zapata de John Womack o el Villa de Friedrich Katz, además de las monografías políticas de François Xavier Guerra y Allan Knight.

Cincuenta años es tiempo suficiente para que emerja una escuela historiográfica y, sin embargo, la revolución cubana carece de estudios canónicos. Michelet y Tocqueville, por ejemplo, escribieron sus grandes libros medio siglo después de la revolución francesa y ya desde la Segunda Guerra Mundial --es decir, a 40 años de su triunfo-- había historias de la revolución bolchevique tan importantes como las de E. H Carr.

En las dos últimas décadas, la historiografía cubana ha avanzado mucho en el estudio del pasado colonial y republicano. Ahí están los libros de Rebecca J. Scott, Oscar Zanetti Lecuona, Louis A. Pérez Jr., José Antonio Piqueras y Alejandro de la Fuente, por mencionar sólo cinco de los más importantes historiadores contemporáneos. Sin embargo, la historiografía sobre la revolución cubana sigue adoleciendo de una pobreza ramplona.

Es cierto que se han producido estudios importantes de la experiencia revolucionaria desde la perspectiva de la economía (Carmelo Mesa Lago), las relaciones internacionales (Jorge I. Domínguez) o la sociología política (Marifeli Pérez-Stable). Sin embargo, ninguno de los libros de estos autores son, propiamente, piezas del género historiográfico.

Más cerca de una escritura de la historia están algunos libros recientes como Inside the Cuban Revolution: Fidel Castro and the Urban Underground (2002) de Julia E. Zweig y The Moncada Attack: Birth of the Cuban Revolution (2007) de Antonio Rafael de la Cova. Desde polos opuestos de la ideología política, estos autores se concentran en dos breves momentos del fenómeno revolucionario: el Moncada y el llano.

Las historias de la revolución escritas en la isla, en el último medio siglo, han sido apologéticas y panfletarias. Muchos ensayos históricos, escritos fuera de la isla, como los de Theodore Draper, Irving Louis Horowitz, Carlos Alberto Montaner y Samuel Farber no carecen de interés, pero tampoco pueden ser considerados historias canónicas de la revolución, en el sentido que lo es, por ejemplo, Los jacobinos negros de C.L.R James sobre la revolución haitiana. Más cerca de esa condición estaría el último volumen de The Persuit of Freedom (1971) de Hugh Thomas, a pesar de sus múltiples errores y de que la narración termine a fines de los 60.

¿Por qué no existe una buena historia de la revolución cubana? O mejor, ¿por qué la historiografía de la revolución cubana no puede pararse al lado de ninguna de las tradiciones intelectuales antes reseñadas? Las respuestas más escuchadas (porque es una "revolución reciente", porque "aún no ha concluido", porque sus principales líderes "todavía viven y gobiernan", porque la historia es "rehén de la ideología y la política", porque los archivos "están en manos de un Estado totalitario") son insuficientes.

La revolución cubana tuvo, sin duda, un impacto internacional considerable, sobre todo, en América Latina. Sin embargo, su deriva comunista le restó originalidad e influencia. Fidel Castro y Ernesto Guevara suscitaron grandes simpatías en el mundo, pero poca descendencia política. Comparada con cualquiera de las cuatro grandes revoluciones modernas, incluida la de México, la cubana carece de riqueza ideológica y densidad histórica.

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