América Latina

Misterios de la Sierra

RAFAEL ROJAS

Un régimen político tan personalizado y duradero, como el que produjo la revolución cubana de 1959, acumula, bajo su aparente racionalidad, eventos enigmáticos. La reproducción del poder, en ese tipo de sistemas, responde a mecanismos férreos de mantenimiento de la lealtad o de imposición de la voluntad, cuyo sentido más profundo habría que encontrar en el orden de los secretos irrevelables o los azares históricos.

Algunos misterios de la revolución se han vuelto inaccesibles a partir de la documentación existente fuera de la isla. Los archivos pueden ayudar a esclarecerlos, pero difícilmente se llegará a dilucidarlos por la vía historiográfica. Así como hoy no sabemos a ciencia cierta quiénes volaron el Maine, mañana, tal vez, tampoco lleguemos a saber qué fue lo que sucedió realmente la tarde del 28 de octubre de 1959, cuando un Cessna con tres tripulantes voló de Camagüey a La Habana.

Las revoluciones no son, como pensaron tantos pensadores clásicos y románticos, hechuras racionales: la superstición y el misticismo las acompañan desde sus orígenes hasta sus decadencias. Ahí está, para comprobarlo, la religión del "ser supremo", la Diosa Razón de Robespierre. En Pasajes de la guerra revolucionaria, Ernesto Guevara, como su antecedente jacobino, aparecía como un médico de almas que curaba el oscurantismo de los campesinos de la Sierra.

Uno de esos campesinos, Eutimio Guerra, que informaba al ejército de Batista sobre los movimientos de los rebeldes, trató de sublimar su culpa presumiendo que era capaz de adivinar, a través de los sueños, la ejecución de un desertor. Los comentarios de Guerra produjeron "una larga discusión filosófica de si era posible la predicción de acontecimientos por medio de los sueños", en la que Guevara siempre intervino para atacar racionalmente cualquier indicio de pensamiento mágico.

Guerra es el campesino que durmió una noche al lado de Fidel, bajo la misma manta, con una 45 en la mano y no se atrevió a matarle. Guevara interpretó el incidente como una parábola cristiana: "toda la noche, una buena parte de la revolución de Cuba estuvo pendiente de los vericuetos mentales, de las sumas y restas de valor y miedo, de terror y, tal vez, de escrúpulos de conciencia, de ambiciones de poder y de dinero, de un traidor". La ejecución del traidor, como el tormento de Judas, se produce en medio de la tempestad y los truenos no dejan escuchar el disparo fatal.

¿Cómo se ha contado la historia de los primeros meses de la Sierra? Una lectura detenida de las páginas que Hugh Thomas dedica al tema nos persuade de la hegemonía de la visión de los vencedores: los Pasajes de el Che, El libro de los doce de Carlos Franqui, varias entrevistas a Fidel Castro, todos, textos básicos de la mitología revolucionaria. No más de veinte alzados que sobreviven de la caridad de unos cuantos campesinos y que, entre traiciones y deserciones, logran afirmarse como referente de la política nacional cubana, gracias a quienes los apoyan desde las ciudades.

Luego del primer golpe contra los rebeldes, en Alegría de Pío, la estrategia de Batista fue errática. La confusión entre Francisco Tabernilla Dolz, Martín Díaz Tamayo y Juan González, en la defensa del cuartel de Manzanillo --¡que no iba a ser atacado!-- parece una comedia del cine mudo. ¿Por qué Batista desaprovechó a sus hombres acuartelados en Oriente? ¿Por qué no reforzó las posiciones de la Plata y el Uvero, cuando sus jefes militares en Oriente recibían noticias de dónde operaban los rebeldes? ¿Por qué, todavía en mayo de 1958, cuando se decide a lanzar la incursión masiva de la "operación verano", sólo envía seis de sus veinticuatro batallones?

La explicación no hay que encontrarla en Los pasajes de Guevara, sino en Respuesta (1960), un libro del propio Batista, donde se lee la visión de los vencidos. Batista pensaba que el problema de la revolución era, fundamentalmente, político, no militar. El lugar común de que "subestimó" a Castro es teleológico, mitologizante y poco dice de la racionalidad de un político tan experimentado como él. En el 57, José Antonio Echeverría, Pelayo Cuervo y Frank País eran enemigos más peligrosos y fueron ejecutados por el régimen. Pensó que, controlando represivamente las ciudades, neutralizaba la Sierra e imaginó que una sucesión presidencial contendría a los moderados.

En aquel libro se dice que durante los primeros meses del 57 los jefes orientales, el general Díaz Tamayo y el teniente coronel Pedro Barrera Pérez, daban a entender al estado mayor que, a pesar de varios informes contrarios, Castro había muerto. Batista y su ministro de Gobernación, Santiago Rey, así lo declararon a la prensa y viajaron a Panamá, Washington y Daytona Beach, como si nada ocurriera. Recientemente, Anthony de Palma lo ha narrado en The Man Who Invented Fidel (2006): fue con la entrevista de Herbert Mathews para The New York Times que Castro, en palabras del propio Batista, "empezó a ser personaje de leyenda".

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