América Latina

Antigua parada de emigrantes es ahora pueblo fantasma

Hasta hace poco, miles de personas viajaban un par de días en un ómnibus para venir en masa a este pueblecito vaquero en el corazón del Desierto de Sonora.

Era la última parada en la frontera en camino hacia el Norte, el último lugar donde abastecerse de Gatorade.

Gracias a la avanzada contra la inmigración ilegal, Sasabe es ahora un pueblo fantasma.

"No tenía suficientes sillas que que todos se sentaran'', dijo Horacio Aguirre, camarero del restaurante Pollo Feliz, recordando los años del auge entre el 2002 y el 2006. "La gente se sentaba en los mostradores a comer. Compraban todas las latas de refresco para el viaje. Ahora yo soy el único que queda trabajando aquí''.

Sasabe es un viejo pueblo ganadero mexicano, a un paso del lado estadounidense de la frontera, donde unas pocas familias rancheras se ganan la vida vendiendo leña. Ahora lo único que rompe el extraño silencio es el sonido ocasional de alguna camioneta cargada de madera, levantando el polvo de los caminos de tierra.

Hace una década, Sasabe creció gracias a la inmigración. Su población aumentó a más de 2,000 habitantes cuando la gente comenzó a mudarse para hacer dinero a costa de los sueños de otros. Cuando Estados Unidos comenzó a restringir el acceso a la frontera en lugares como California y Texas, Sasabe se convirtió en el punto de reunión de los clientes de los contrabandistas: mexicanos, centroamericanos e inmigrantes de otros países lejanos.

Los inmigrantes descansaban aquí antes de cruzar a pie millas de desierto para llegar a Estados Unidos. Pagaban alrededor de $2,000 por cabeza, en dependencia de cuánto tendrían que caminar y de su destino final.

Los expertos en temas de la frontera afirman que alrededor del 70 por ciento de la comunidad vivía de las aproximadamente 2,000 personas que llegaban allí diariamente, sobre todo en los meses pico de enero a mayo. Los inmigrantes necesitaban lugares donde dormir, comer y comprar conseguir provisiones.

Furgonetas procedentes de Altar, 70 millas al sur, llegaban durante todo el día y comenzaron a aparecer hoteluchos.

"Todo lo que se se ponía a la venta se agotaba'', dijo Aguirre. "La gente que vendía ropa la vendían. Si era comida, la vendían. La economía era buena''.

Aguirre afirmó que todo cambió hace alrededor de un año, cuando el gobierno estadounidense levantó una cerca en la frontera entre ambos países. De pronto, el lado norte de la frontera estaba repleto de agentes de la Aduana y Protección Fronteriza y la inmigración, sobre todo a través de Sasabe, decayó drásticamente.

La Patrulla Fronteriza afirma que hay 3,100 agentes en el Distrito de Tucson, en comparación con 1,000 en 1998. El número de indocumentados capturados mientras cruzaban la frontera ha bajado 16 por ciento.

Sasabe se arruinó.

Pollo Feliz llegó a vender 100 pollos al día. Ahora, si tienen suerte, venden 20.

"Uno veía a la gente pasar en carros nuevos. Ahora ve a esa misma gente a pie'', comentó Mari Cruz, que trabaja en el Hotel La Perla. "La situación está muy mala. Aquí no hay fábricas, no hay lugares para trabajar. La inmigración era todo lo que teníamos''.

Cruz se gana una comisión de $3 por cada habitación que alquila y limpia. En los buenos tiempos de la inmigración en masa podía alquilar la misma habitación por la mañana y luego por la tarde a nuevos grupos de inmigrantes listos para cruzar.

"Me acuerdo de ver a aquella gente con el rostro lleno de ilusión'', dijo. "En estos días todos los hoteles de Sasabe están igual de vacíos''.

Tanto Cruz como Aguirre dicen que no han perdido la esperanza y que el presidente electo Barack Obama podría hacer cambios que devolverían la vida al pueblo, ya sea con una amnistía para los indocumentados o una revitalización de su economía.

Miguel Sánchez, que lleva la tienda de abarrotes, dijo que antes viajaba legalmente a Estados Unidos tres veces por semana para comprar insumos. Ahora viaja cada dos semanas. Aunque tanto él como otros admitieron que la economía de Estados Unidos ha sido un factor en la baja del negocio, afirmaron que la crisis allí comenzó mucho antes de que empezara la recesión en el lado norte de la cerca.

"¿Por qué está todo tan malo? Por esa cerca que está ahí'', dijo Sánchez, señalando con la cabeza las columnas de acero de 12 pies de alto que separan su pueblo de Estados Unidos. "Pero yo tengo parientes allá arriba y me dicen que las cosas allá están igual que acá. ¿Por qué cree usted que no voy?"

frobles@MiamiHerald.com

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