América Latina

Afroperuanos cargan los ataúdes de la élite limeña

Elegantemente vestidos con esmóquines negros, seis afroperuanos ingresan a la mansión del más rico comerciante local de neumáticos, cuyo ataúd de caoba reposa en sala de velatorios.

Ante la mirada de los deudos se colocan guantes blancos sobre sus manos morenas y cargan en sus hombros a Jorge Reyna, quien murió a los 82 años dejando 22 hijos y medio centenar de nietos.

Algunos familiares portan coronas tejidas con rosas blancas mientras una larga fila de autos se ubica detrás de un coche fúnebre donde los cargadores colocan el féretro mostrando rostros graves.

El cortejo que escolta la carroza Cadillac recorre las calles que Reyna –ex alcalde del distrito limeño de Chorrillos y silencioso benefactor de niños humildes– amó más en vida.

En el cementerio, los cargadores vuelven a llevar en hombros al difunto y apenas lo colocan en su tumba se van.

“Contratar cargadores morenos fue lo que él escogió, quería que sea elegante, él había planeado sus funerales”, dice su viuda Clarisa Velarde, quien lo recuerda como esposo amoroso, padre trabajador y ciudadano caritativo.

La élite y la clase media de Lima son las únicas del continente que contratan afrodescendientes con esmoquin para cargar sus muertos. La costumbre no se repite en otras partes de Perú y tampoco en países de América con significativa población negra y pasado esclavista como Estados Unidos, Brasil o Colombia.

Ex presidentes de Perú, mineros, banqueros y migrantes que llegaron pobres de los Andes pero acumularon fama y fortuna en este país de 29 millones de habitantes, han sido cargados por descendientes de africanos en su recorrido final a la tumba.

“Hay gente amable, otros ni siquiera dicen gracias”, dice Armando Arguedas, un peruano negro de 61 años, mientras cambia su esmoquin por ropas ordinarias en su camerino rodeado de ataúdes en el barrio de los negocios funerarios de Lima.

Acceso a la educacion

Igual que sus colegas, Arguedas no concluyó su educación elemental y gana $5 por servicio en un país donde solo el 1.9 por ciento de los negros acceden a estudios superiores, según un estudio del Banco Mundial de 2006.

Estudiosos y activistas afirman que es una actitud racista ejercida de forma consciente o inconsciente, contra los negros en esta rancia ciudad que fue hasta hace dos siglos epicentro del virreinato español de América del Sur.

Maribel Arrelucea, una estudiosa de la esclavitud en Perú, dice que para la élite y la clase media “ser cargado por un negro es entendido por muchos de ellos como símbolo de prestigio, igual que en la época colonial cuando los aristócratas de Lima iban a la iglesia y se hacían acompañar por un esclavo que les cargaba una alfombra”. Recordó que Lima fue la ciudad con la mayor concentración de nobles en toda América hispana, lo cual puede haber influido para que se mantuviese esta tradición.

Pese a sus aportes fundamentales en la conformación de la identidad peruana, los descendientes de africanos no han interesado a los gobernantes. No se sabe cuántos peruanos de raza negra hay, pero el Estado calcula que son unos 3 millones, según datos de 2010 del viceministerio de Interculturalidad. El gobierno ha prometido incorporar en el censo de 2017 la variable “afroperuana” para contabilizarlos y que no usa desde 1940 cuando eran el 0.47 por ciento, unos 28,000.

Peruanos de raza negra viven en alrededor de 17 provincias de la costa del Pacífico desde la frontera con Ecuador hasta la de Chile, según un informe de Cedet.

Los afroperuanos están casi ausentes entre la élite empresarial y política de Perú, aunque en 2011 tuvieron a su primer representante en el cargo de Ministro de Cultura, la renombrada cantante Susana Baca.

Falta de empleo

La escasez de trabajo para afrodescendientes sin estudios superiores influye en su decisión de emplearse como cargadores de ataúdes, afirma Oswaldo Bilbao, un investigador afroperuano y director ejecutivo del Centro de Desarrollo Etnico (Cedet).

“Es un trabajo, al menos hay uno, en otros (empleos) te piden un certificado de antecedentes penales y si tuviste errores en el pasado no te aceptan”, dice el cargador Arguedas, ex drogadicto por 30 años y preso otros nueve por robo, mientras camina al término de su jornada por Malambito, su barrio atestado de fumaderos de pasta básica de cocaína.

“Cristo es el único que no discrimina, él me transformó, me dio amor”, dice al recordar cómo hace una década abandonó “los vicios” y el catolicismo para hacerse útil en una iglesia protestante evangélica que funciona cerca de su casa donde es uno de los líderes en la oración una vez por semana.

Tanya Hernandez, profesora estadounidense de derecho en la Universidad de Fordham y autora del libro La subordinación racial en Latinoamérica, considera que en “toda la región hay problemas con los afrodescendientes, quienes no tienen espacio en la vida pública ni formas de progresar en la economía y en la política”.

La académica de raíces puertorriqueñas sostiene que a ojos de un afroamericano, la actual tradición limeña “sería como un choque, eso de tener a las élites pidiendo que sean los negros quienes carguen sus ataúdes en los funerales”.

‘Tradicion, no racismo’

Agustín Merino, el más prominente empresario funerario de Perú, niega cualquier componente racista en esta tradición.

“Son morenos acostumbrados a cargar, tienen que estar serios, no van a ir a estar riendo y a poner cara de graciosos. De eso no se trata, se trata del sepelio de un ser humano, de un rito del dolor en donde ellos participan”, dice Merino, de 81 años, acompañado de su enfermera personal en su residencia, ubicada en San Isidro, el barrio más rico de Perú.

“La costumbre la trajeron los españoles, desde esa época la gente se entierra con cargadores negros”, añade Merino, quien ha dirigido los funerales de casi todos los ex presidentes muertos desde mitad del siglo XX y de los ricos de Perú.

A inicios del siglo XX los cargadores vestían frac que era comprado por las funerarias, pero en la actualidad “ellos forman sus propias cuadrillas (grupos), consiguen sus propias indumentarias y nosotros le pagamos el servicio”.

El grupo de Arguedas tiene una jefa, Wendy Medina, quien es la encargada de traer a diario seis camisas blancas, seis corbatas, seis esmóquines y de mantener los zapatos brillantes e impolutos. “Somos la imagen de la agencia funeraria”, dice Medina, quien heredó el oficio de su padre ya fallecido.

En otro velatorio limeño en la zona acomodada de Miraflores, Mónica Velasco, nuera de Héctor Olaechea, un comerciante fallecido a los 97 años, sostiene que usar cargadores negros es una tradición limeña “elegante”.

“Creo que uno lo entiende como normal, como característico de Lima y no se detiene a reflexionar hasta que alguien pregunta sobre si utilizar ese servicio de cargadores es una actitud racista o no”, añadió.

No piensa lo mismo su sobrino Karim Olaechea, un relacionista público estadounidense, que asistía por primera vez a un velorio en Lima. “Para mí fue chocante… Perú tiene una sociedad racista, partamos de esa base”, dijo.

Pero incluso en el reciente velatorio de Marcela Temple, la fallecida esposa del ex secretario general de las Naciones Unidas Javier Pérez de Cuellar, se usaron cargadores de raza negra.

“Fue el lugar donde mejor nos han tratado, los familiares nos agradecieron y nos pagaron el triple”, dijo Arguedas.

Cargadores o ‘Camulengue’

“Los cargadores siempre estuvieron en los entierros de la gente adinerada, de los herederos de fortunas, llevaban los féretros a sus fábricas, a sus industrias, allí los bajaban mientras la familia otorgaba discursos y después lo regresaban a las carrozas e iban a los cementerios”, explica Merino quien, pese a su edad, se mantiene activo visitando con frecuencia los velatorios más importantes de la capital en su Mercedes-Benz Clase S conducido por su chofer.

“Camulengue” es el nombre con el que también se le conoce al cargador negro. Esta palabra es el apellido que un literato limeño del siglo XIX, Felipe Pardo, atribuye a un esclavo negro, José Camulengue, en uno de sus poemas.

Adam Warren, profesor de historia en la Universidad de Washington y estudioso de los funerales limeños, afirma que los esclavos negros cargaban en sus hombros los féretros de sus amos, lo cual “se consideraba una expresión del estatus”.

“Los esclavos también a veces iban detrás del féretro en la procesión”, añade.

Un cuadro del pintor limeño de raza negra Francisco Fierro, del siglo XIX, muestra a dos descendientes de africanos uniformados con trajes azules y gabanes color ámbar cargando el féretro descubierto de un blanco.

En 2009 el gobierno del entonces presidente Alan García pidió perdón por primera vez a los afroperuanos por el racismo que recibieron desde el periodo colonial “sin haberse reparado antes en su condición de seres humanos” y en 2010 sugirió a las funerarias que dejen “de contratar exclusivamente” a afroperuanos para trasladar ataúdes de difuntos.

“Fue demagogia pura, una cosa es pedir perdón y luego mejorar la educación de los afroperuanos, el acceso al trabajo, a la salud, pero nada ha cambiado desde esa fecha en las comunidades negras de la costa, todo sigue igual”, dice el investigador Bilbao.

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