América Latina

Estados Unidos ayudó a eliminar a jefes de las FARC

Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) que han estado activas durante cincuenta años y que fueron consideradas alguna vez el grupo insurgente mejor financiado del mundo, están en su momento más débil y vulnerable en décadas debido, en parte, a un programa de operaciones encubiertas de la Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos (CIA) que ha ayudado a las fuerzas colombianas a matar al menos a dos docenas de líderes rebeldes, de acuerdo con entrevistas hechas a más de 30 antiguos y actuales funcionarios de EEUU y Colombia.

La ayuda secreta, que también incluye ayuda importante de parte de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) a nivel de espionaje, está financiada a través de un presupuesto de operaciones encubiertas de miles de millones de dólares. No es parte de del paquete público de $9 mil millones que consiste mayormente de ayuda militar, conocido como el Plan Colombia que comenzó en el año 2000.

El programa, anteriormente secreto, de la CIA fue autorizado por el presidente George W. Bush a principios de la década de los 2000 y continuó bajo la administración del presidente Barack Obama, de acuerdo con funcionarios militares, de inteligencia y diplomáticos. La mayoría de los entrevistados habló en condición de anonimidad debido a que el programa está todavía en curso y es clasificado.

El programa encubierto en Colombia presta dos servicios esenciales a la batalla de esa nación contra las FARC y contra un grupo insurgente más pequeño, el Ejército de Liberación Nacional (ELN): inteligencia en tiempo real que permite a las fuerzas colombianas capturar a líderes de las FARC y, desde el 2006 también provee una herramienta particularmente efectiva para liquidarlos.

El arma es un equipo de guía por Sistema de Posicionamiento Global (GPS) valorado en $30,000, que transforma una bomba de gravedad, menos exacta y con un peso de 500 libras, en una bomba inteligente y muy certera. Las bombas inteligentes, también llamadas “municiones guiadas con precisión” o PGM por sus siglas en inglés, tienen la capacidad de matar a un individuo en una jungla de follaje denso si su ubicación exacta puede ser determinada y las coordenadas son programadas en la pequeña computadora de la bomba.

En marzo del 2008, según nueve funcionarios colombianos y estadounidenses, la Fuerza Aérea Colombiana, con la aprobación tácita de Estados Unidos, lanzó bombas inteligentes de manufactura estadounidense hasta el otro lado de la frontera con Ecuador para eliminar al alto líder de las FARC, Raúl Reyes. El rol indirecto de los Estados Unidos en el ataque nunca antes ha sido revelado.

El programa de acción encubierta en Colombia es uno de un grupo de iniciativas de inteligencia que se ha escapado de la notoriedad pública desde los ataques del 11 de septiembre del 2011. La mayoría de estos programas, pequeños pero en crecimiento, están localizados en países donde los violentos carteles del narcotráfico han causado inestabilidad.

La alineación de países involucrados es liderada por México, donde la asistencia de inteligencia estadounidense es más grande que en cualquier otro país a excepción de Afganistán, según lo reportara The Washington Post en abril. También incluye a Centroamérica y a África Occidental, donde las rutas del tráfico se han movida en respuesta a la presión ejercida por los Estados Unidos a carteles en otros lugares.

Al pedírsele comentario acerca de la asistencia de inteligencia de los Estados Unidos, el presidente Juan Manuel Santos dijo al Washington Post durante un reciente a Washington que no deseaba hablar al respecto con detalles debido a lo sensible de la información involucrada. “Ha sido de ayuda”, dijo. “Parte de la experiencia y de la eficiencia de nuestras operaciones y nuestras operaciones especiales han sido el producto del mejor entrenamiento y conocimiento que hemos adquirido de muchos países, entre ellos Los Estados Unidos”.

Un vocero de la CIA se rehusó a hacer declaraciones.

Colombia y las FARC han estado efectuando negociaciones de paz en La Habana desde hace un año. Hasta ahora, han acordado en los marcos para la reforma territorial, desarrollo rural y para permitir que los insurgentes participen en le proceso político una vez que la guerra termine. Ambos bandos están actualmente discutiendo un nuevo enfoque para la guerra contra el narcotráfico.

Hoy día, la comparación entre Colombia – con su economía vibrante y su moderna escena social – y Afganistán, puede parecer absurda. Pero poco más de hace una década, Colombia tenía el índice más alto de homicidios en el mundo. Las bombas en sitios aleatorios y las tácticas de represión militar eran parte del día a día. Cerca de 3,000 personas fueron secuestradas en un año. Profesores, activistas de los derechos humanos y periodistas, de quienes se sospechaba eran simpatizantes de las FARC, con frecuencia aparecían muertos.

La inflamable combinación de las FARC, los carteles, los paramilitares y las fuerzas de seguridad corruptas crearon un hervidero de violencia sin precedentes en la Latinoamérica moderna. Casi un cuarto de millón de personas han fallecido, víctimas de la larga guerra; muchos miles han desaparecido.

Ubicar a los líderes de las FARC resultó más fácil que capturarlos y matarlos. Cerca de 60 veces las fuerzas colombianas habían obtenido información confiable pero no pudieron capturar o eliminar a ningún líder de alto rango, de acuerdo a dos funcionarios de los Estados Unidos y a un funcionario retirado de alto rango de Colombia. La historia siempre era la misma. Los helicópteros Black Hawk provistos por los Estados Unidos llevaban a las tropas colombianas a la jungla a aproximadamente seis kilómetros del campamento. Los hombres se colaban entre el denso follaje pero los campamentos siempre estaban abandonados para cuando llegaban. Luego, se enteraron de que las FARC tienen un sistema de advertencia temprana: anillos de seguridad funcionaban a millas de distancia de los campamentos.

Para el año 2006, el deprimente historial, atrajo la atención del entonces recién nombrado jefe de misiones de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. El coronel estaba perplejo. ¿Por qué el tercer país en recibir más ayuda militar de parte de los Estados Unidos, en el mundo, (sólo por debajo de Egipto e Israel), había logrado tan poco progreso?

“Pensé, ‘¿Con qué estamos eliminando a las FARC?’”, dijo el coronel, quien habló en carácter de anonimidad en una entrevista.

El coronel, un experto en aviones de carga, dijo que empezó por “buscar en Google [información sobre] bombarderos y aviones cazas” como una manera de obtener ideas. Eventualmente, dio con el Enhanced Paveway II, un equipo de direccionamiento, relativamente barato, que podía colocarse en una bomba de gravedad Mark-82 de 500 libras.

El coronel le dijo al entonces ministro de defensa, Santos, acerca de la idea y escribió un documento de una página al respecto para que se lo entregara a Uribe. Santos llevó la idea al Secretario de Defensa de los Estados Unidos, Ronald Rumsfeld. En junio del 2006, Uribe visitó a Bush en la Casa Blanca. Este le mencionó el reciente asesinato del jefe de al-Qaida en Irak, Abu Musab al-Zarqawi. Un F-16 había enviado dos bombas inteligentes de 500 libras a su escondite y lo había matado. Santos presionó para obtener la misma tecnología.

“Claramente, esto era muy importante para Uribe”, dijo el General Retirado de la Fuerza Aérea, Michael Hayden, quien había asumido el cargo de director de la CIA apenas meses antes.

Primero, estaba el problema de adaptar las bombas inteligentes para colocarlas en los aviones colombianos. Colombia no tenía aviones F-16. Raytheon, el fabricante del equipo, envió ingenieros para encontrar la manera de montar el equipo en los aviones. Primero intentaron montarlo en un Embraer A-29 Super Tucano, brasileño, una aeronave de turbopropulsión diseñada para misiones de contrainsurgencia de vuelo a baja altitud. Pero fijar el cable que iba desde la computadora del cerebro de la bomba hasta la cabina, requería que se taladrara demasiado cerca de la celda de combustible. En su lugar, adaptaron improvisadamente un viejo Cesna A-37 Dragonfly, una aeronave de ataque ligera, que fue originalmente desarrollada por las fuerzas aéreas de Operaciones Especiales de Estados Unidos para misiones en Vietnam y que luego fuera usada en la guerra civil de El Salvador.

Entonces, los ingenieros y pilotos colombianos probaron la primera de tres municiones guiadas con precisión en un remoto campo aéreo cerca de la frontera con Venezuela. El blanco era un madero de 2 pulgadas por 4 pulgadas (2x4”) enterrado en el piso. El avión lanzó la bomba desde 20,000 pies. “Cayó aproximadamente a un pie de distancia del blanco”, dijo el coronel. Los resultados fueron tan buenos, que él pensó “¿por qué desperdiciar otros dos equipos?” Las bombas inteligentes estaban listas para usarse.

Pero los abogados de la Casa Blanca junto con sus colegas de la CIA y los departamentos de Justicia y de Estado, tenían sus propias preguntas que clarificar. Una cosa era usar un PGM para vencer a un enemigo en el campo de batalla – la Fuerza Aérea de Estados Unidos lo había estado haciendo por años – y otra cosa era usarlo para alcanzar a un sólo líder de las FARC. ¿Ello sería asesinato, lo cual está prohibido por la ley de los Estados Unidos? Y, ¿Podría acusársenos de cometer homicidio aun cuando no éramos nosotros quienes lo llevamos a cabo?, señaló uno de los abogados involucrados.

La Oficina de Asesoramiento Legal de la Casa Blanca y otros finalmente decidieron que el mismo análisis legal que aplicaba a al-Qaida, podía aplicarse a las FARC. Asesinar a un líder de las FARC no constituía homicidio porque la organización representaba una continua amenaza a Colombia. Además, no se podía esperar que ninguno de los comandantes de las FARC se rindiese.

Y en su condición de organización narcotraficante el estatus de las FARC como amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos, había sido determinado años antes durante la investigación antinarcóticos efectuada durante la administración del presidente Reagan. Al mismo tiempo la "epidemia" de cocaína crack estaba en su apogeo y el gobierno decidió que las organizaciones que traían la droga a las calles de los Estados Unidos eran una amenaza a la seguridad nacional.

Había otro problema. Algunos altos funcionarios sentían preocupación de que las fuerzas colombianas usaran los PMG para asesinar a quienes percibían como enemigos políticos. "La preocupación era grande, dados los problemas de derechos humanos", dijo un antiguo alto oficial militar.

Para asegurarse de que los colombianos no harían uso inadecuado de las bombas, los funcionarios estadounidenses encontraron una novedosa solución. La CIA mantendría el control de la clave criptográfica insertada en la bomba, y que decodificaba las comunicaciones con los satélites de GPS para que pudieran ser leídos por las computadoras de las bombas. La bomba no podía dar en el blanco sin la clave. Los colombianos tendrían que solicitar aprobación para algunos de los objetivos y si usaban las bombas inadecuadamente, la CIA podía negarles la recepción de los GPS en el futuro.

"Queríamos entregar responsabilidad", dijo un alto funcionario que estuvo involucrado en las deliberaciones.

Para evitar el papeleo inicial, los primeros 20 equipos de bombas inteligentes – sin las claves decodificadoras – fueron entregadas a través de la CIA. La factura fue menos de $1 millón. Después de eso, se le permitió a Colombia comprarlas a través del programa de Ventas Militares Extranjeras.

Tomas Medina Caracas, también conocido como el Negro Acacio, el principal narcotraficante de las FARC y comandante del Frente 16, fue el primer individuo puesto en la lista de la Celda de Fusión de Inteligencia de la Embajada de Estados Unidos, para un ataque con una PGM.

Cerca de las 4:30 a.m. del primero de septiembre del 2007, los pilotos, que llevaban gafas de visión nocturna lanzaron varias bombas inteligentes Enhanced Paveway II al campamento de Acacio en la zona oriental de Colombia, mientras funcionarios de las capitales de ambos países esperaban. Las tropas sólo recuperaron una pierna. Parecía, por su complexión morena, ser de Acacio, uno de los pocos líderes negros de las FARC. Las pruebas de ADN confirmaron su muerte.

"Hubo mucha emoción", recordó William Scoggins, gerente del programa antinarcóticos en el Comando Sur del Ejercito de los Estados Unidos. "No sabíamos el impacto que tendría, pero pensamos que cambiaria el juego".

Seis semanas más tarde, bombas inteligentes asesinaron a Gustavo Rueda Díaz, alias Martín Caballero, el líder del Frente 37, mientras hablaba por su teléfono celular. Las muertes de Acacio y Caballero causaron que los frentes 16 y 37 colapsaran. También causaron deserciones en masa, de acuerdo a un comunicado secreto del Departamento de Estado, con fecha del 6 de marzo de 2008 y dado a conocer al publicó por el grupo antisecretos WikiLeaks en el 2010. Este era sólo el comienzo de la desintegración de las FARC.

Para ocultar el uso de las PGM del dominio publicó, y para garantizar el máximo daño a los campamentos de los líderes de las FARC, la fuerza aérea y los asesores de los Estados Unidos desarrollaron nuevas tácticas de ataque. En una misión típica, varios A-37 Dragonfly volaban a 20,000 pies llevando bombas. Tan pronto como los aviones alcanzaban el área a tres millas de distancia del blanco, el software GPS de las bombas se encendía automáticamente.

Los Dragonfly eran seguidos por varios A-29 Super Tucanos que volaban a una altura mucho menos. Estos, dejarían caer una serie de bombas menos poderosas en un patrón cercano. La explosión mataría a cualquiera en las cercanías y también aplanaría el terreno de la densa jungla disimulando el uso de las bombas inteligentes.

Entonces, AC 47 de la era de Vietnam pasarían volando bajo, usando sus metralletas para atacar el área "dándole a los heridos que tratasen de encontrar refugio", de acuerdo a uno de varios funcionarios militares que describieron el mismo escenario.

Sólo entonces, las fuerzas terrestres colombianas llegarían para tomar prisioneros, recolectando los teléfonos celulares, computadoras y discos duros así como a los muertos. La CIA también paso tres años entrenando a equipos de apoyo aéreo cercano en cómo usar láser para guiar a pilotos clandestinamente y usar bombas inteligentes guiadas por láser hasta sus objetivos.

Casi todas las operaciones dependían grandemente de los interceptores de señales de la NSA que les proporcionaba inteligencia a las tropas en tierra o a los pilotos antes y durante la operación. "Los interceptores cambiaron el juego", dijo Scoggins, del Comando Sur de los Estados Unidos.

La naturaleza permanente durante las 24 horas del trabajo de la NSA fue capturada en un comunicado secreto del Departamento de Estado, hecho publicó por WikiLeaks. En la primavera del 2009, el objetivo era el narcotraficante Daniel Rendón Herrera, conocido como Don Mario, y entonces la persona más buscada de Colombia y responsable por 3,000 asesinatos durante un periodo de 18 meses.

"Por siete días, usando inteligencia humana y de señales," operativos de la NSA "trabajaron durante el día y la noche" reposicionar a 250 comandos entrenado en los Estados Unidos, moviéndolos cerca de Herrera mientras éste intentaba escapar, de acuerdo a un comunicado de abril del 2009 y a un alto funcionario del gobierno quien confirmó el papel jugado por la NSA en la misión.

La CIA también entrenó a interrogadores colombianos para que interrogaran más efectivamente a miles de desertores de las FARC, sin el uso de técnicas de interrogación "optimizada" aprobadas para uso en miembros de al-Qaida y que luego fueran repudiadas por el Congreso y calificadas como abusivas. La agencia también creó bases de datos para hacerle seguimiento a los informes de las misiones, de modo que pudiesen ser buscados y comparados para lograr tener una imagen más precisa de la organización.

El gobierno colombiano le pagó a los desertores y los dejó reintegrarse a la sociedad civil.

A cambio, algunos ofrecieron información valiosa sobre la cadena de mando de las FARC, de las rutas de estándar de viaje, sus campamentos, las líneas de suministro, y de sus recursos financieros y de drogas. Ayudaron interpretar los mensajes que interceptaba la NSA, los cuales con frecuencia utilizaban palabras código. Los desertores también fueron usados a veces para infiltrar los campamentos de las FARC y para plantar micrófonos o señales que emitidas a un GPS eran coordinadas para las bombas inteligentes.

“Aprendimos de la CIA”, dijo un alto funcionario de seguridad nacional colombiano acerca de un programa de entrenamiento. "Antes, no le prestábamos mucha atención a los detalles".

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