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La guerra contra los tiburones

Cómo la pesca furtiva acaba con el mayor depredador de los mares en el Pacífico centroamericano. Parte del comercio de aletas de tiburón pasa por Miami.

<div><address> <span class="ng_byline_name">Por SARAH BLASKEY</span> <span class="ng_byline_email"> <a href="mailto:jdoe@nowhere.com">sblaskey@miamiherald.com</a> </span> </address></div>

MANTA, ECUADOR — Se dijo que era el mayor triunfo contra la pesca furtiva, una victoria monumental para los conservacionistas.

Una embarcación patrullera de la Armada de Ecuador, guiada por un radar avanzado y una avioneta, se acercó a un pesquero en la Reserva Marina Galápagos, probablemente las aguas más protegidas del mundo. En las neveras de la embarcación encontraron 150 toneladas de tiburones, en su mayoría de especies en peligro de extinción y cuya venta es ilegal.

Lo interesante es que solamente las aletas de esos tiburones tienen algún valor.

Las aletas de tiburón son una exquisitez en China, el ingrediente principal de la sopa que se sirve en banquetes y restaurantes caros. En ciertos momentos, las aletas de tiburón secas se han vendido más caras que la heroína. Ese precio, unido a la alta demanda en una economía china en fuerte desarrollo, ha creado una industria brutalmente eficiente capaz de acabar con los tiburones.

Con tecnología de arrastre en que los sedales tienen 75 millas de largo, los pescadores comerciales de tiburón capturan cientos de ejemplares de una vez. Todos los años se capturan decenas de millones de tiburones en todo el mundo y algunos científicos han estimado que la cifra supera los 100 millones.

Pero la pesca furtiva del tiburón ocurre en todas partes, desde la Florida hasta la Polinesia francesa, pero las costas centroamericanas sobre el Pacífico se han convertido en el punto cero de la batalla por preservar a los tiburones. Incluso aquí —probablemente las aguas con más tiburones en el planeta— los biólogos temen que el exceso de pesca pudiera acabar con la población de las especies más buscadas, llevar a un colapso irreversible y afectar mortalmente la cadena alimentaria marina.

La gran interrogante es qué desparecerá primero, los tiburones o el comercio de las aletas.

“En este momento es una carrera muy cerrada”, dijo Ben Harris, director del capítulo panameño de la Sea Shepherd Conservation Society, quien ha pasado decenios persiguiendo pescadores furtivos de tiburones en reservas marinas centroamericanas.

Esta investigación de dos años, publicada inicialmente por Reveal, un programa de radio y podcast apoyado por el Centro de Periodismo Investigativo, halló que a pesar de protecciones más estrictas implementadas por muchos países, el comercio internacional de productos de tiburón mantiene su fuerza en el Pacífico Oriental. Labores de reportaje en localidades portuarias en cinco países, desde Ecuador hasta El Salvador, mostraron que en algunos casos leyes nuevas que tienen por intención reducir la matanza de tiburones parece haber tenido el efecto contrario.

“Es una verdadera guerra”, dijo Jessie Treverton, ex capitán del M/V John Paul DeJoria, un antiguo barco patrullero de la Marina de Estados Unidos convertido que ahora usa la organización Sea Shepherd. El barco, que tiene pintados enormes dientes de tiburón, patrullaba la región de las reservas marinas a principios del 2017, y su tripulación de voluntarios probaba fuerzas con los pescadores furtivos y a veces les cortaba los sedales de pesca en un esfuerzo por proteger a los tiburones. “Nos enfrentamos a gobiernos, a carteles que ganan grandes cantidades de dinero explotando los ecosistemas marinos”.

La detención en agosto pasado del carguero Fu Yuan Leng 999 por parte de la Armada de Ecuador en las Galápagos fue aplaudida en círculos de conservación.

Pero la realidad probó ser mucho más complicada —como la misma industria de pesca del tiburón— y el caso del Fu Yuan Yu Leng solamente subrayó el enorme reto de controlar las flotas de pescadores furtivos.

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Una patrullera ecuatoriana se acerca al Fu Yuan Yu Leng 999, cargado de tiburones amenazados cuya captura es ilegal.

Ganar una batalla, perder la guerra

Resultó que la tripulación del carguero, que todavía está presa en Ecuador, no eran técnicamente pescadores furtivos, ni siquiera pescadores de tiburones. Eran simplemente transportistas, encargados de recoger lo que habían pescado otras embarcaciones en el Pacífico y llevar la carga a puerto en un país con leyes menos estrictas sobre los tiburones. El testimonio de la tripulación sugirió que eran traficantes involuntarios, peones fácilmente reemplazables en una industria que con frecuencia comercia seres humanos para esclavizarlos y que oscurece la responsabilidad definitiva por la destrucción ambiental bajo capas de compañías fantasma.

Para los intereses comerciales que más se benefician del comercio de las aletas de tiburón, el caso del barco detenido en las Galápagos fue una batalla perdida en una guerra que siguen ganando. La carga del Fu Yuan Yu Leng representó una porción muy pequeña de la pesca mundial de tiburones, que según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) tiene un valor anual de casi $1,000 millones.

“No hemos hecho nada para enfrentar la pesca [furtiva]”, dijo Randall Arauz, un conservacionista costarricense que ha dedicado años a presionar por más normas para proteger a los tiburones.

Al menos media docena de especies de tiburón se consideran en peligro crítico de extinción en todos los mares del mundo, y muchas más en regiones específicas. A nivel mundial, una cuarta parte de las especies de tiburón y raya se consideran amenazadas. Aunque las cifras varían entre las agencias de conservación y las entidades de gobierno, los científicos concuerdan en que si nada cambia, algunas especies pueden desaparecer antes de mucho tiempo.

Muchos países de las Américas con costas sobre el Pacífico han implementado protecciones para tratar de controlar la situación. Todos han prohibido la práctica de pescar tiburones para cortarles las aletas vivos y devolverlos al mar, donde se desangran y mueren. En todo el mundo, 182 países y la Unión Europea han firmado acuerdos que prohíben la exportación de ciertas especies amenazadas. Y cada vez más países están estableciendo reservas marinas donde está prohibido pescar, como Ecuador, Panamá, Colombia y Costa Rica.

Sin embargo, un análisis de la información de comercio de la ONU sugiere que la exportación de productos de tiburón desde Centroamérica casi se ha duplicado desde el 2012, lo que sugiere que a pesar de las normas se está pescando más tiburones.

“Siempre van a encontrar vacíos legales”, dijo Arauz. Las leyes nacionales e internacionales no tienen mucha uniformidad, lo que permite que se sigan pescando tiburones.

Aunque la pesca de tiburones solamente para quitarles las aletas es ilegal, las aletas mismas son legales en la mayor parte del mundo siempre que todo el tiburón sea llevado a tierra sin que se las hayan cortado. Las aletas —la mayoría de las especies tienen ocho— pueden cortárselas en tierra siempre que no sean de una especie regulada internacionalmente por estar amenazada, y se pueden exportar.

De todos los países del Pacífico Oriental, solamente Ecuador prohíbe totalmente la pesca del tiburón, aunque permite llevar a tierra tiburones capturados accidentalmente. Pero Ecuador nunca ha establecido un límite a la cantidad de captura “accidental”, de manera que los pescadores capturan tantos tiburones como quieren y en la práctica no pasa nada.

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Un pescador carga su captura en Manta, Ecuador, en un lugar llamado Playita Mía, donde los interesados van a comprar aletas de tiburón para compañías exportadoras que las envían a Asia. Sarah Blaskey

El comercio internacional de productos del tiburón se ha convertido en el mercado gris por excelencia, donde la falta de regulación y cumplimiento hace que sea casi imposible separar los productos legales de los ilegales.

Caos en el Pacífico centroamericano

La investigación, apoyada por el Pulitzer Center on Crisis Reporting y la Facultad de Periodismo de la Universidad de Columbia, también identificó que algunas medidas de protección, como inspecciones más estrictas en los puertos, terminaron haciendo que los principales operadores de la pesca de tiburón —flotas industriales con un alcance global— se adentraran más en los mares. Ahora tocan tierra con mucha menor frecuencia y cuando lo hacen es en lugares remotos donde hay poca vigilancia sobre qué pescan (posiblemente especies protegidas) y dónde (posiblemente en actividades furtivas en reservas marinas).

El resultado es que las operaciones con la peor reputación ahora son más difíciles de seguir y monitorear, y mucho más difíciles de enjuiciar por infracciones.

“El problema verdadero ahora está en altamar, porque estas embarcaciones operan casi libremente”, dijo Arauz. Hoy la mayor parte de la pesca del tiburón ocurre en aguas internacionales, donde el estatus de especies en peligro no impide la pesca. E incluso donde hay leyes, por lo general no hay nadie que las haga cumplir.

En altamar, los barcos están sujetos a las leyes del país de su bandera. Muchas veces, las compañías pesqueras usan la bandera de un país lejos de donde pescan, lo que asegura poca o ninguna supervisión de sus operaciones. Esa bandera convierte el barco en un territorio soberano en aguas internacionales, de manera que las autoridades de cualquier otra nación que aborden el barco están de hecho invadiendo otro país, algo que la mayoría de las guardias costeras y marinas tienen cuidado en hacer.

El Fu Yuan Yu Leng estaba registrado en China. Los documentos jurídicos muestran que el capitán dijo que el barco se dirigía a Perú, una nación conocida por sus débiles actividades de cumplimiento en los puertos. Pero, en la práctica, podría haberse dirigido a varios puertos no regulados en muchas partes, desde África hasta Asia. Y hubiera escapado con su carga ilegal si no hubiera entrado en aguas de una reserva marina supervisada.

Un ejemplo es una flota centroamericana propiedad del Wang Group, una red de compañías fantasma operada por tres hermanos taiwaneses en Costa Rica. A pesar de su reputación ambientalista, Costa Rica es considerada desde hace mucho la capital del comercio regional de productos del tiburón y exporta anualmente medio millón de aletas, según datos del gobierno. Flotas extranjeras, como la de Wang, han sido responsables de una cantidad de capturas desproporcionada.

Cuando Arauz y otros ambientalistas presionaron al gobierno para que tomara medidas —inspirando nuevas leyes que de hecho prohibieron los barcos del Wang Group que capturan 60,000 tiburones al año— la flota sencillamente dejó de llevar su captura a Costa Rica.

“Ahora van a El Salvador y Guatemala, donde todo es más fácil”, dijo Arauz

El Wang Group ahora envía sus tiburones a un puerto de El Salvador, donde el cumplimiento de las leyes es menos estricto. Casi 7 por ciento del comercio regional del tiburón cambió a El Salvador a la misma vez.

“En El Salvador el mayor problema es la violencia, y también es el segundo y tercer problema mayor”, dijo el conservacionista salvadoreño Luis “Fox” Aguilar, quien agregó que los activistas locales no saben mucho de las flotas internacionales, de manera que duda que alguien las regule.

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Pescadores artesanales en La Unión, El Salvador, batallan para sobrevivir y tienen que enfrentarlo todo, desde la violencia de las pandillas hasta la escasez de peces debido al exceso de pesca. Sararah Blaskey

Consecuencias involuntarias

Las reglas más duras en países como Costa Rica, por ejemplo, no han controlado el exceso de pesca en la región, pero han creado grandes dificultades para los pescadores locales, los que están más motivados a obedecer las nuevas normas y son los más fáciles de monitorear. Las personas que dependen de los tiburones para ganarse la vida quieren que la población de estos peces se mantenga saludable.

“Hay un pequeño grupo de pescadores locales de tiburón que quiere hacer las cosas bien. Yo me considero parte de ellos”, dijo el costarricense Sergio Soto Peña. “Todo el mundo tiene su pasión, y la mía es la pesca”.

Como la mayoría de los pescadores, Soto tiene en los antebrazos cicatrices de los anzuelos durante muchos años de faena en aguas movidas.

Aunque a activistas como Arauz no le parece bien, los tres barcos de pesca de Soto son algo pequeño en comparación con las flotas internacionales. Muchos pescadores costarricenses dicen que están dispuestos a apoyar algunas regulaciones, como límites de captura. Pero Costa Rica ha eliminado las cuotas a favor de prohibir completamente la exportación de ciertas especies.

Así las cosas, las flotas locales se ven obligadas a devolver al mar una buena parte de los peces que capturan porque algunos tiburones no se pueden exportar y por lo tanto no valen nada. Entre esos están el cabeza de martillo y otras especies protegidas, aunque cuando lo suban al barco ya estén muertos.

<blockquote cite="Sergio Soto Peña">“Hay un grupo pequeño de pescadores locales que quiere hacer las cosas bien... Todo el mundo tiene su pasión, y la mía es la pesca”.</blockquote>

Soto Peña dice que la prohibición de pescar ciertas especies de tiburón ha provocado que muchas operaciones artesanales de pesca hayan tenido que cerrar y que las políticas extremas en realidad no salvan a los tiburones.

“Nosotros no podemos llevar a tierra muchas especies, pero los barcos [internacionales] capturan de todo y se lo quedan”, dijo.

Soto Peña agrega que la pesca industrias de arrastre es la que provoca el mayor daño, tanto ambiental como social. Algunos de los grandes barcos pesqueros de tiburones usan tripulaciones de migrantes vulnerables sin vínculos locales. Los barcos permanecen en alta mar años a la vez, invisibles al radar, y dependen de otras embarcaciones para que les lleven combustible, vituallas y trasladen la carga capturada a puerto, como el barco capturado en las Galápagos. Y los hombres que trabajan en los pesqueros son tan desechables como la tripulación que cumple condenas por delitos ambientales en Ecuador.

“Yo no pienso en eso [las consecuencias ambientales]”, dijo Thong Cao, un pescador vietnamita quien dice que se limita a hacer lo que le ordenan. Él y muchos otros en su flota era considerados “personal probablemente víctima del tráfico de personas” por una agencia de la ONU. Cao dijo que cuando firmó el contrato para trabajar en el barco con una agencia de empleo en Vietnam, no sabía que lo iban a mandar a Centroamérica a pescar tiburones, ni que iba a estar más de un año en alta mar sin ver tierra firme, trasladando la captura a otros barcos que la llevaban a tierra en El Salvador.

Los barcos pesqueros locales y las embarcaciones internacionales que no obedecen las leyes a veces libran batalla en el mar. Las tripulaciones de los grandes barcos han cortado los sedales de Soto Peña en aguas internacionales, dijo, han embestido sus barcos y en general tratado de sacarlos de las zonas de pesca.

“En Costa Rica hay regulaciones, pero ¿quién regula a esos barcos?”, preguntó. La respuesta es casi nadie. Mientras que las exportaciones de productos de tiburón desde Costa Rica sigue bajando, a nivel regional siguen aumentando.

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Sergio Soto Peña muestra los anzuelos que se usan para pescar tiburones, que cuelgan de los sedales cada 60 yardas. Ben Feibleman

De depredadores temidos a especies protegidas

Más de cuatro décadas después que la película Tiburón sangriento presentó a los escualos como monstruos capaces de devorar barcos y hombres, científicos y grupos de conservación han trabajado duro para cambiar esa percepción entre el público. Una campaña internacional para la protección de los tiburones ha sido un enorme éxito de relaciones públicas. Algunos grupo de conservación han notado incluso una declinación de la demanda de aletas de tiburón en Asia, en momentos que las campañas han logrado modificar las opciones alimentarias de muchos jóvenes. El precio de las aletas se ha estabilizado en aproximadamente $100 la libra. Y la sopa de aletas de tiburón ahora está prohibida en los banquetes oficiales en China.

También ha habido un importante cambio cultural en estados como la Florida, donde las aguas en ambos lados de la península están llenas de tiburones. Autoridades estatales han prohibido la pesca de 26 especies, incluidos los tiburones martillo y tigre.

También han aumentado las actividades de supervisión del cumplimiento. Últimamente ha habido varios casos de detención de pescadores furtivos en la Florida. El año pasado arrestaron a varios cuando las autoridades encontraron 11 aletas de tiburón en un barco.

Doce estados y tres territorios norteamericanos han prohibido la posesión de aletas de tiburón, entre las reglas más estrictas del mundo. La Florida no es uno de ellos, aunque la propuesta se ha presentado en la Legislatura varias veces y grupos como Oceana apoyaban una iniciativa federal para prohibir el comercio de aletas de tiburón.

<blockquote cite="Randall Arauz">Están matando demasiados tiburones. ... Lo único que puede salvar a los tiburones ahora es dejar de matarlos.</blockquote>

A pesar de todo ese avance en la protección regional, la Florida es ahora el mayor importador de aletas de tiburón de Estados Unidos, según Oceana. Y las aletas de tiburón procedentes de Centroamérica pasan con frecuencia por el Aeropuerto Internacional de Miami con destino a Hong Kong, según información entregada por el agregador privado ImportGenius. Pero no siempre fue así. Durante años, Los Ángeles y entonces Houston fueron los principales puntos de tránsito para las aletas procedentes de Centroamérica. Pero cuando Texas y California hicieron más estrictas las reglas, las exportaciones se mudaron a la Florida.

Entre el 2015 y mediados del 2017, compañías costarricenses movieron 180,000 libras de aletas secas de tiburón a través del Aeropuerto Internacional de Miami con destino a Asia a través de dos pequeñas firmas de logística, con un valor de casi $2.5 millones.

Es casi imposible saber si algunas de las aletas de tiburón que pasaron por Miami eran de especies amenazadas. Pero un análisis independiente del 2017 de las aletas importadas por Hong Kong sugiere que un tercio de las aletas fueron de especies protegidas internacionalmente. Arauz y su equipo han documentado varios cargamentos de aletas de tiburón martillo desde Costa Rica, probablemente con destino a Asia a través de Estados Unidos, una violación de tratados internacionales.

En marzo, el senador Marco Rubio, junto con el representante Daniel Webster, dos republicanos de la Florida, y el demócrata californiano Ted Lieu, presentaron un proyecto de ley sobre la pesca y comercio de productos de tiburón. La iniciativa exige a cualquier país que quiera exportar productos de tiburón a Estados Unidos que demuestre que fueron capturados de una manera legal, sustentable y fueron llevados a puertos con mecanismos de cumplimiento debidos, certificados por la Administración Nacional de la Atmósfera y los Océanos (NOAA).

El proyecto de ley ha sido alabado por pescadores y conservacionistas por igual, quienes dicen que un mercado de peces bien regulado y sostenible es más efectivo que las prohibiciones. Pero muchos otros opinan que el momento de llegar a un acuerdo con el sector pesquero ya pasó.

“Matan demasiados tiburones”, dijo Arauz. “Lo único que puede salvar a los tiburones ahora es dejar de matarlos”.

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Todos los días en Manta, Ecuador, los pescadores venden cientos de tiburones, solamente superados por la industria internacional de ese sector. Sarah Blaskey

La carrera contra la extinción

Según la medición más importante, la protección a los tiburones es aún insuficiente. La población de muchas especies sigue bajando y todos los años se incorporan más especies a la lista de amenazadas.

Los tiburones cabeza de martillo, que se mantienen cerca de las costas, fueron unos de los primeros en ser víctimas del exceso de pesca y fueron incluidos en la lista de especies amenazadas. A medida que se han movido mar adentro, los tiburones migratorios se han convertido en los nuevos objetivos y también están en la lista de especies en peligro de extinción.

“Tenemos un ecosistema mucho menos eficiente”, dijo el biólogo marino Jon Witman, de la Universidad Brown, quien realiza investigaciones en las Galápagos. En esencia, dijo, sin los tiburones la cadena alimentaria marina pudiera resultar seriamente afectada.

Se llama cascada trófica del comportamiento. “Los grandes depredadores pueden cambiar el comportamiento de una especie de la que se alimentan”, dijo Witman. “El herbívoro se alimenta menos porque se siente amenazado”.

Por ejemplo, dijo que en Australia la presencia de grandes tiburones cerca de las costas hace que los manatíes no se acerquen a las aguas de poca profundidad y coman demasiado. La hierba marina es una zona importante para el desarrollo de una amplia gama de vida marina, y su consumo en exceso pudiera amenazar especies cuyo ciclo reproductivo depende de ella.

Aunque los detalles específicos de la interacción entre las especies en un ecosistema complejo es un campo de estudio activo, los científicos concuerdan en que la salud de los mares depende de la salud de la población de tiburones.

“Los tiburones tienen un papel muy importante en los ecosistemas marinos porque mantienen el equilibrio, mantienen el equilibrio permanente de la biodiversidad”, dijo Danny Rueda, director de Ecosistemas de la Reserva Marina Galápagos.

Rueda dijo que incluso con las menores normas, las poblaciones de tiburones demorarían decenios en recuperarse debido a la lentitud con que maduran. Sin embargo, Witman y Rueda señalaron que desde la implementación de una prohibición estricta de la pesca del tiburón en la Reserva Marina Galápagos, la población de tiburones parece estar recuperándose dentro de las áreas protegidas.

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El barco pesquero Manta recibe mantenimiento en Playita Mía, sobre el Pacífico ecuatoriano, zona conocida como un centro regional para la pesca del tiburón. Sarah Blaskey

“Es muy probable que los tiburones que vemos aquí no los hubiéramos visto hace 15 años”, dijo Rueda. “También ha habido un aumento en el control, un fortalecimiento de las normas del parque para que no haya pesca ilegal de tiburones”.

Sarah Blaskey, redactora del Miami Herald, ha reportado sobre la pesca del tiburón en el Pacífico Oriental desde el 2015. Sus reportajes han cubierto Ecuador, Colombia, Panamá, Costa Rica, Nicaragua y El Salvador. Estos trabajos fueron apoyados por el Centro Toni Stabile de Periodismo Investigativo de la Facultad de Periodismo de la Universidad de Columbia y el Pulitzer Center on Crisis Reporting. Su investigación se publicó y se trasmitió inicialmente en “Reveal” , del Centro de Periodismo Investigativo. Ben Feibleman contribuyó al reporteo de este artículo. Sarah Blaskey se unió al equipo de reporteros del Miami Herald en enero del 2018.

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