América Latina

Tras los pasos de Cuba y Venezuela, Nicaragua con destino al fracaso

El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, y la primera dama y portavoz del gobierno, Rosario Murillo, el 3 de julio, en Managua. El 2 de agosto Ortega nombró a Murillo como su compañera de fórmula para las elecciones, el 6 de noviembre.
El presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, y la primera dama y portavoz del gobierno, Rosario Murillo, el 3 de julio, en Managua. El 2 de agosto Ortega nombró a Murillo como su compañera de fórmula para las elecciones, el 6 de noviembre. AP

En junio de 1979, las fuerzas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) comenzaron la llamada “ofensiva final”. En su avance hacia la capital fueron liberando las ciudades de Estelí, Matagalpa, Chinandega y León. Cuando al fin el día 19 de julio entraron a Managua, ya Anastasio Somoza había abandonado el país al igual que Francisco Urcuyo, presidente del Congreso Nacional. Una dinastía que había durado 45 años se derrumbaba y comenzaba, con la instauración de una Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, lo que se conocería como la etapa de la Revolución Sandinista.

El primer coordinador de aquella Junta, que hacía las veces de presidente, se llamaba Daniel Ortega. Volvería a serlo en varias oportunidades más porque nunca permitió que otros comandantes sandinistas retaran sus continuas candidaturas. Su vocación totalitaria aún estaba en ciernes, pero ya podían advertirse las ambiciones de poder. Lo que nadie pudo imaginar en aquel entonces fue que quien había luchado tanto por acabar con la dinastía de Somoza intentase, casi 40 años después, implantar una nueva: la suya propia.

En efecto, hoy, mientras Cuba regresa a las tinieblas del “período especial” y Venezuela se hunde irremediablemente junto con los despojos ideológicos del Socialismo del Siglo XXI, Daniel Ortega parece estar diseñando para Nicaragua un destino similar al de esas dos fracasadas naciones. Es difícil imaginar cómo un gobernante pueda querer para su pueblo un futuro semejante. Sin embargo, eso es precisamente lo que Ortega está haciendo; aunque con un doble propósito: perpetuarse en el poder y garantizar dinásticamente su traspaso. No por filiación, como hizo Somoza con sus hijos, sino por lazos matrimoniales, como piensa hacer a través de Rosario Murillo en la vicepresidencia.

Cambiar la Constitución

El plan, concebido con gran meticulosidad, no ha dejado nada al azar. Es lo que opina Daniel Zovatto, director regional para Latinoamérica y el Caribe del Instituto Internacional para la Democracia (IDEA) quien, consultado por El Nuevo Herald, dijo: “Esto es algo que Ortega viene fraguando desde que regresó al poder en 2007 y logró que se enmendara el Artículo 147 de la Constitución que expresamente prohibía que un político ocupara la presidencia de la República en dos períodos consecutivos y en más de una ocasión”.


Una opinión similar es la de Jason Marczak, director de la Iniciativa de Crecimiento Latinoamericano en el Centro de América Latina Adrienne Arsht del Atlantic Council, quien expresó: “Lo que está sucediendo hoy en día en Nicaragua no es nada nuevo. Es decir, no ha sucedido de la noche a la mañana. Daniel Ortega ha ido socavando la ya de por sí frágil democracia nicaragüense desde que llegó al poder”.

Con la reelección indefinida legalmente garantizada, el plan ha seguido su curso. Primero, el Congreso Nacional Sandinista, celebrado el 4 de junio pasado, lo eligió una vez más como candidato a la presidencia en las próximas elecciones de noviembre y le otorgó la potestad de elegir a su vicepresidente. El segundo paso fue ejecutado por la Sala Constitucional de la Corte Suprema cuando, en una movida que muchos consideran le abre las puertas a la inestabilidad política, le retiró la representación jurídica del Partido Liberal Independiente a Eduardo Montealegre y se la otorgó a Pedro Reyes, quien es considerado un aliado del gobierno.

“Lo que Daniel Ortega busca”, explica Zovattto, “más que un régimen de partido único, es uno de partido hegemónico, en el que otras instituciones políticas pueden aspirar a la presidencia, pero sin posibilidades reales de ganar. Es decir, parecido al PRI mexicano de las décadas anteriores al año 2000”.

¿Apoyo de Cuba?

Al preguntársele sobre la posibilidad de que Cuba haya participado en la confección de estos planes, nos dijo: “No lo creo. A pesar de las buenas relaciones de Ortega con el régimen de La Habana, esta es una receta nicaragüense”. Y siguiendo con las analogías culinarias, añadió: “Aunque quizás esté aderezada con condimentos cubanos”.

Sobre el mismo tópico, Marczak, por su parte, dijo: “Raúl Castro se pronunció a favor de Ortega, y le reiteró que contaría siempre ‘con el apoyo incondicional de la Revolución cubana’. Sin embargo, las preocupantes acciones de los últimos días forman parte de un plan político que Ortega viene implementando desde hace años. La pregunta de que si fue con el apoyo de Cuba o de otro país –piénsese Venezuela– es, en este caso, indiferente.


El último paso del plan de Ortega, hasta ahora, fue la orden del Consejo Superior Electoral de destituir a 28 diputados opositores quienes, a pesar de que la Junta directiva de la Asamblea Nacional acató inmediatamente el fallo, denunciaron la medida como un Golpe de Estado contra el Parlamento.

Los destituidos diputados no fueron los únicos en protestar; otros también lo hicieron. Según se reporta en el blog Confidencial, el Presidente del Consejo Superior de la la Empresa Privada, José Adam Aguirre, dijo que esas decisiones “no abonan a la estabilidad ni al clima de negocios que requiere el país”, y exhortó a Ortega a respetar la Constitución y evitar “la concentración del poder en perjuicio de la democracia”. Otra agrupación empresarial, la Cámara de Comercio Americana de Nicaragua, declaró que estas maniobras profundizan “la crisis política que vive el país”. Por su parte, la Coalición Nacional por la Democracia ha hecho un llamado a “la resistencia cívica en todo el territorio nacional”.

Pero, ¿serán estas protestas suficientes para evitar que se consuma el plan de Ortega?

“No, no lo son. Sería muy difícil. Se requiere un trabajo político que toma tiempo; y no lo hay”, opina el profesor nicaragüense Abel Meléndez, quien reside en Miami. “Con las acciones de la Corte Suprema y el Consejo Supremo Electoral se pierden las esperanzas de evitar ese golpe, no solo a la institucionalidad del país, sino también a sus principios democráticos”, agregó.

Mientras tanto, los destituidos diputados convocaron a una conferencia de prensa en la que anunciaron su intención de acudir a las “instancias nacionales correspondientes” y declararon estar dispuestos a denunciar ante las organizaciones internacionales el despojo al que fueron sometidos, dando a entender que podrían llevar su caso ante la Organización de Estados Americanos.

Sin apoyo internacional ante la crisis

En realidad, hasta ahora ningún organismo internacional se ha pronunciado sobre la grave crisis que comienza a gestarse. Y no es probable que lo hagan; al menos en este momento. Tampoco lo ha hecho ningún país del área. El único que ha emitido una declaración al respecto ha sido Estados Unidos cuando John Kirby, vocero del Departamento de Estado, expresó que su gobierno se encontraba “profundamente preocupado por las acciones del gobierno de Nicaragua”, para terminar agregando, en un lenguaje menos ambiguo, lo siguiente: “Urgimos de manera categórica al gobierno de Nicaragua a crear un entorno más propicio para la realización de unas elecciones libres y justas que permitan al pueblo nicaragüense decidir el futuro de su país”.

Los comicios se celebrarán el próximo 6 de noviembre. Y aunque nadie se atreve a predecir lo que podría ocurrir en estos tres meses que faltan, lo más probable es que Ortega y Murillo resulten elegidos; sobre todo después de que Ortega prohibiera la entrada al país de observadores internacionales con estas palabras: “Observadores sinvergüenzas; aquí se acabó la observación”.


Es cierto que las organizaciones empresariales, los partidos de oposición y hasta la misma Iglesia Católica se han pronunciado en contra de los planes de Ortega de implantar un totalitarismo dinástico. También es cierto que se planean protestas civiles, pero es posible que estas no basten. La realidad es que Nicaragua está en una encrucijada. Una de las más difíciles que haya podido enfrentar. Y es que en ella están en juego, como nunca antes, sus destinos como nación.

manuelcdiaz@comcast.net

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