Colombia

Nuevos aspirantes a fabuloso tesoro de la era colonial

EXPERTOS ESTUDIAN muestras del tesoro encontrado por la empresa OME frente a las costas de 
Portugal, por un valor de cientos de millones de dólares.
EXPERTOS ESTUDIAN muestras del tesoro encontrado por la empresa OME frente a las costas de Portugal, por un valor de cientos de millones de dólares. Cortesía de Odyssey Marine Exploration

El destino de cientos de millones de dólares del tesoro colonial español más valioso rescatado jamás del fondo del mar, está en manos de un juez de Florida que deberá decidir en los próximos días si tiene jurisdicción para determinar quiénes son sus dueños legítimos.

Miles de monedas de plata peruana y oro colombiano con un valor que podría ascender a 1,200 millones de dólares son reclamadas por Odyssey Marine Exploration (OME), la empresa que las rescató frente a las costas de Portugal, los gobiernos de Perú y España, así como por varios ciudadanos peruanos, españoles y argentinos que aseguran ser descendientes directos de algunos de los mercaderes españoles que eran dueños de la mayor parte del tesoro. El resto era propiedad de la Corona Española.

OME trasladó parte del tesoro, rescatado en mayo del 2007, a la ciudad de Tampa, donde lo puso voluntariamente bajo la jurisdicción del juez de distrito Mark Pizzo.

Tras la recuperación de 595,000 monedas de oro y plata que pesan cerca de 17 toneladas, extraídas por la empresa de un área submarina del tamaño de seis campos de fútbol, el tesoro fue llevado a Gibraltar y de allí a Tampa en dos aviones Boeing-757.

En el proceso que conduce el juez Pizzo, las piezas por repartir están descritas por ahora como el tesoro parcial de "El Cisne Negro'', nombre en clave puesto por la empresa cuando lo llevó a Tampa.

El grueso del tesoro zarpó del puerto peruano de El Callao el 3 de abril de 1804 a bordo de una flota mercante compuesta por las fragatas Clara, Fama, Medea y Nuestra Señora de las Mercedes bajo las órdenes del almirante don José de Bustamante y Guerra. La flota recogió carga y pasajeros en Montevideo durante una corta escala y el 7 de agosto partió hacia el puerto español de Cádiz, al que nunca llegaría.

Los herederos fueron contactados por el historiador náutico colombiano Daniel de Narváez McAllister, quien designó para el caso al abogado David Paul Horan. Otros descendientes dejaron vencer los plazos legales para demandar, temiendo que el especialista colombiano fuera un timador que les ofrecía la inverosímil posibilidad de obtener parte de un tesoro colonial multimillonario.

De Narváez dijo que comenzó a investigar "porque la historia de estos naufragios es muy interesante, independientemente de todo lo del oro''. El proyecto, además, lo ha llevado a encontrar en distintos archivos "documentos en su gran mayoría totalmente inéditos''.

En cuanto a la minuciosa búsqueda de herederos que hizo en el caso de la Mercedes, explicó que ‘‘fue supremamente difícil pero, más difícil que ubicar a los descendientes, fue convencerlos de que la reclamación existía en Tampa'', pues cuando los contactó "no había salido nada en la prensa y ninguno sabía que sus ancestros habían sido dueños de ese tesoro''.

En el momento en que las cuatro embarcaciones estaban por levar anclas en Montevideo, el capitán don Tomás de Ugarte, que debía ir al mando de Medea, cayó enfermo, no pudo embarcarse y en su reemplazo fue destacado Diego de Alvear, cartógrafo de 54 años de edad, empresario, políglota, boticario, astrónomo e historiador. Inicialmente debía ir como pasajero en la Mercedes con su esposa, sus ocho hijos y su fortuna.

De Alvear asumió el mando y, mientras orientaba las maniobras de navegación para salir del puerto, se detuvo a atender un llamado de su mujer, quien desde la Mercedes le pedía que se llevara con él a Carlos María, su revoltoso hijo mayor, de 13 años de edad. Así lo hizo, lo que tendría un impacto en el curso de la historia argentina.

Carlos María salvó su vida al no viajar en la Mercedes y años después habría de ser un general insigne de la Guerra de Independencia Argentina y segundo Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Su hijo, Torcuato de Alvear, fue el primer Intendente de Buenos Aires y un nieto, Marcelo Torcuato de Alvear, Presidente de la Nación.

El 5 de octubre de 1804, la escuadra de guerra británica, al mando del almirante Graham Moore, esperó la llegada de la flota española frente a la región de Algarve, que abarca toda la costa sur de Portugal.

Antes de llegar al sitio, el almirante español, a quien solamente le faltaba un día de navegación para atracar en Cádiz, le preguntó a un buque holandés que navegaba en sentido contrario si había noticias de que España estuviera en guerra en ese momento. La respuesta fue grata: imperaba un estado de paz ideal para navegar por esos lados del mundo.

Empero, los ingleses se acercaron, dispararon al aire y un oficial fue en un bote hasta la Mercedes para indicarle al Almirante Bustamante y Guerra que, por orden del rey Jorge III de Inglaterra, la flota debía acompañar a la británica.

El oficial español rehusó y sus naves contestaron al fuego de cañones con que fueron atacadas por las otras en el episodio que ha sido conocido como la Batalla de Algarve.

Un cañonazo enemigo penetró la Mercedes, provisto de 38 cañones, y alcanzó el polvorín con lo que la nave insignia de la flota estalló. Tras disiparse el fuego y el humo de la explosión, sobre el agua apenas quedaron flotando leños carbonizados del buque mercante que en 1786 había sido bautizado en La Habana.

La esposa y siete hijos de Diego de Alvear sucumbieron con la fragata, en la que viajaban 280 personas registradas de las cuales se salvaron 42. La embarcación transportaba legalmente 944,000 monedas de plata y cerca de 285,000 de contrabando, así como 9,989 de oro más unas 3,000 de contrabando, de acuerdo con De Narváez McAllister.

Ante la explosión del buque mayor, las otras tres naves se rindieron por carecer de capacidad de fuego para resistir el ataque y fueron llevadas hasta Inglaterra, donde De Alvear reclamó por los daños causados sin motivo en tiempos de paz, fue puesto en libertad y recibió una compensación inicial de 50 por ciento de los bienes perdidos. El pago del resto quedó sujeto a que presentara la documentación necesaria.

Hoy, la guerra jurídica por la parte extraída del tesoro y por aquella que todavía permanece en el mar, enfrenta a OME, a los gobiernos de España y Perú, así como a los herederos directos de los empresarios españoles dueños del 74 por ciento de la carga, según documentación oficial que de Narváez McAllister asegura haber encontrado en archivos de Sevilla, Lima, Buenos Aires, Montevideo, Bogotá e Inglaterra.

OME basa su pedido en la Ley de Salvamento, un antiguo principio jurídico según el cual quien rescata una nave hundida puede reclamar hasta 90 por ciento de la carga recuperada.

España invoca el principio jurídico de Inmunidad Soberana, según el cual las naves de guerra nunca se abandonan y pueden ser rescatadas en cualquier parte, así se trate de aguas hostiles.

Perú invoca el principio de Sucesión de Estados, que le concede a un país nuevo todo aquello que en su territorio y la extensión de éste hubiera sido del país del que se separó. Mientras los descendientes de los dueños originales reclaman la proporción del tesoro que les pertenezca como se puede reclamar cualquier otra herencia.

En caso de que el juez Pizzo se declare incompetente para dirimir este conflicto, la suerte del tesoro quedará en un limbo jurídico que podría llegar hasta la Corte Suprema de Estados Unidos.

En cambio, si el magistrado de Tampa acepta llevar el caso, el juicio promete ser, cuando menos, una formidable lección de historia y de derecho.

Artículos relacionados el Nuevo Herald

  Comentarios