Colombia

“FARC replicaron en la selva los campos” nazis, según un superviviente

Fotografía del 31 de octubre de 2018, del general en retiro de la Policía Luis Mendieta quien habla durante una entrevista con Efe en Bogotá (Colombia).
Fotografía del 31 de octubre de 2018, del general en retiro de la Policía Luis Mendieta quien habla durante una entrevista con Efe en Bogotá (Colombia). EFE

Como los campos de concentración nazis pero en plena selva colombiana, así es como el general retirado de la Policía Luis Herlindo Mendieta resume los doce años que pasó secuestrado por las FARC, una experiencia que comenzó hace hoy 20 años cuando esa guerrilla ocupó la ciudad de Mitú.

“Las FARC, seguramente sus cabecillas y dirigentes, estudiaron muy bien qué pasó en los campos de concentración en Alemania y lo replicaron en la selva. Allí hicieron esas jaulas de concentración con las mismas características, las mismas tablas, los mismos alambrados, las mismas mallas y las mismas literas”, recuerda el general Mendieta en una entrevista con Efe.

Por si eso fuera poco, alrededor de los secuestrados “las garitas donde se ubicaban los vigilantes eran también similares a los campos de concentración” nazis.

El tormento del general Mendieta comenzó el 1 de noviembre de 1998 cuando, todavía coronel, era comandante de la Policía en el selvático departamento del Vaupés.

Su capital, Mitú, fue tomada a sangre y fuego por unos 1,500 guerrilleros de las FARC en un ataque ante el que poco pudieron hacer los 120 policías que salvaguardaban la ciudad bajo el mando de Mendieta.

Tras resistir durante cerca de diez horas y quedar totalmente arrinconados, se vio obligado a rendirse junto a 60 de sus hombres, que comenzaron entonces a vivir el horror del secuestro.

“En las jaulas (…) teníamos que dormir amontonados”, recuerda acerca de los años que pasó en la selva hasta que fue rescatado en una operación militar el 13 de junio de 2010.

La dureza de su relato se incrementa cuando recuerda las imágenes de él y sus compañeros que dieron la vuelta al mundo: con cadenas atadas al cuello, pies y manos sin casi poder moverse.

Mendieta recuerda el sarcasmo que suponía cuando los guerrilleros que les vigilaban les hablaban de “un principio de humanidad”.

Este consistía en “ceder un eslabón de la cadena para que no apretara tanto” y les dejara respirar.

“A veces, la cadena le quedaba a uno supremamente apretada y no le permitía comer o respirar. En las noches, para dormir era muy difícil. Muchas veces me dormía de lado y me quedaba sin oxígeno, me despertaba con pesadillas y sobresaltado pero al despertar y tener la claridad de que estaba vivo sentía que medio cuerpo estaba paralizado”, relata.

Entonces comenzaba a hacer movimientos primero con las manos y después con el resto del cuerpo para que su cuerpo reaccionase.

“Toda la mitad del cuerpo se paralizaba, sentir el hormigueo en el cerebro, en la cara es una sensación extremadamente dramática porque uno pensaba que iba a terminar la existencia”, relata.

Entonces no le quedaba más que “reacomodarse la cadena” y “esperar a la siguiente a ver qué pasaba”.

No tenía entonces más remedio que, aferrado a su fe, “pedirle a Dios que permita vivir ese día más”.

“Allá uno vive el segundo, el minuto, la hora porque uno no sabe si a la hora siguiente, al minuto siguiente va a estar vivo o va a estar muerto. Si va a estar en un sitio o en otro lugar, si va a pasar un avión o un helicóptero, si van a bombardear o a ametrallar. Uno está en una constante zozobra”, resume Mendieta, ascendido a general durante su secuestro.

Imposible es para él olvidar el día en que fueron secuestrados, como los nombres de sus compañeros de la Policía que sufrieron junto a él o cayeron en la defensa de Mitú.

En la selva, tuvieron además que afrontar “las diferentes enfermedades sin el suministro de medicinas” y uno de sus compañeros, el capitán Julián Guevara, murió en cautiverio.

“Allí incluso estuve cinco semanas sin poder caminar, arrastrándome por la selva”, recuerda un Mendieta que hoy camina renqueante como consecuencia de los maltratos.

El tiempo y la esperanza las medía con los mensajes que recibía de su familia a través del programa “Voces del secuestro”, que les llevaba el aliento, “las vitaminas, el suero” que les permitía abrigar el consuelo.

Ahora, con las FARC ya desarmadas, ha tenido ocasión de acudir a la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) a contar su caso y denuncia que hasta el momento “no ha habido ni verdad, ni justicia ni reparación” que todavía espera.

Sin embargo, esa es una esperanza que tampoco pierde, consciente de que “hay mecanismos internacionales como la Corte Penal Internacional”.

Eso sí, el general Mendieta no duda en calificar como “una burla” que, mientras espera la justicia, las FARC, hoy transformada en partido político, tenga diez escaños en el Congreso otorgados por el acuerdo de paz y todas las prebendas que ello implica.

Mientras cobija la esperanza y exprime las posibilidades de justicia, el oficial ya jubilado se dedica simplemente a vivir, a disfrutar de una Noche de Brujas más, esta en libertad en la que, como uno más, sonríe cuando se le acercan los más pequeños al grito de “truco o trato”.

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