Colombia

30 años de la tragedia de Armero: lucha por preservar la memoria

El mundo siguió con dolor a través de la televisión la agonía de Omayra Sánchez, de 12 años, que permaneció 60 horas atrapada. Los rescatistas trataron de mantenerle la cabeza fuera del fango, pero finalmente falleció.
El mundo siguió con dolor a través de la televisión la agonía de Omayra Sánchez, de 12 años, que permaneció 60 horas atrapada. Los rescatistas trataron de mantenerle la cabeza fuera del fango, pero finalmente falleció. AFP/Getty Images

Sin fotografías u objetos personales que les recuerden a sus seres queridos y la vida que tuvieron, los supervivientes de la tragedia de Armero luchan por mantener viva su memoria a través de relatos orales que reconstruyen la localidad colombiana arrasada hace 30 años.

Se estima que, tras la erupción del volcán Nevado del Ruiz y el represamiento del río Lagunilla que provocó el mortal alud, sólo 4,000 personas sobrevivieron a la catástrofe de las casi 30,000 que habitaban Armero, la mayoría de los cuales quedaron malheridos, conmocionados y sin ningún sitio al que regresar.

Fueron realojados en las vecinas poblaciones de Lérida y Armero Guayabal, donde se afanan por no perder sus recuerdos sobre Armero antes de que se convirtiera en un inmenso camposanto la noche del 13 de noviembre de 1985.

Guayabal era un caserío rural de Armero que, tras la catástrofe, fue convertido en nueva sede del municipio con el nombre de Armero Guayabal.

“En 1981 nos fuimos a vivir allá. Vivíamos en el barrio Santander”, cuenta Rosalba Rodríguez Martínez, que en el momento de la tragedia tenía 14 años.

A 30 años de la tragedia en Colombia

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Ese barrio quedaba cerca del parque y de la iglesia que hacía esquina, de la que hoy solo queda la cúpula; el cementerio se encontraba a pocos minutos y la zona, marcada por el comercio, se volvió especialmente caótica la noche en que la avalancha se precipitó hacia Armero.

“Mi mamá me despertó porque empezó a caer arena en el techo. Salimos a la calle y vimos a toda la gente correr, pero no había luz, entonces salimos corriendo hacia abajo. Yo iba primero, detrás venían mi madre y dos hermanos, se supone que ella volvió a la casa”, relata.

Mientras Rosalba huía calle abajo, uno de sus vecinos, Nelson Arciniegas, cruzaba a toda velocidad con su vehículo en paralelo para comprobar si era cierto, tal y como le había gritado un vecino, que la riada estaba próxima.

“Íbamos en el carro y vimos algo oscuro”, recuerda. Su mujer iba conduciendo y el miedo la paralizó. Tras varios angustiosos minutos en los que piedras y palos traídos por el alud golpearon el auto, Arciniegas tomó el volante y salió hacia su casa para recoger a sus hijos y luego buscar una loma alta.

Ese era uno de los planes con los que contaba la Policía, sostiene Josías Álvarez, entonces agente de 46 años que buscaba en otro vehículo al personal de Defensa Civil y que, al aproximarse al lugar, se dio cuenta de que la luz se había ido porque el alud destruyó las redes de energía.

“Vi a una muchacha y le grité: ¡Devuélvase porque Armero se está acabando!”, relata Álvarez, que se marchó a buscar a su familia olvidando en el caos el protocolo de conducir al pueblo hacia la loma. Junto a él, vehículos de bomberos recorrían las calles avisando por megafonía de lo que ocurría, hasta que eran arrastrados por la corriente.

Quien sí tuvo claro hacia dónde correr fue Mercedes Martínez, entonces de 47 años, que acompañada de dos hijas y una vecina huyó tras horas de sospecha e inquietud.

“Cuando por la tarde empezó a caer la ceniza me fui donde la vecina y le dije: ‘Esto no es cosa buena. Desde hacía 15 días tenía yo la maleta lista porque lo había soñado (…) Habíamos ido varias veces a practicar el camino, pero con el afán no alcanzamos”, explica.

Así que tomó una ruta alternativa, sin la tercera de sus hijas, embarazada, que vivía en la parte que la avalancha arrasó primero.

Rosalba, Mercedes, Josías y Nelson esperaron en la loma a que amaneciera, mientras escuchaban llantos y gritos de auxilio en las zonas bajas.

Nelson, con acceso a una radio, oyó, como millones de colombianos, el temprano relato de un aviador que descubrió que Armero “era ahora una inmensa playa”.

Después el sol salió y pudieron comprobar que nada quedaba de las calles que recordaban. Rosalba no volvió a ver a su madre, ni Mercedes a su hija embarazada, ni Josías a la muchacha a la que gritó que corriera.

Las describen a base de memoria porque todas sus fotografías desaparecieron en el lodo y hoy, para reconstruir el camino que todos siguieron, debe compararse los mapas de Armero antes y después del fatídico 13 de noviembre de 1985.

Los pocos documentos gráficos que quedan de la vida en Armero muestran una reunión de amigos en una piscina municipal, o la calle de la iglesia, recuerdos que recogerá el Museo Omayra Sánchez, la niña cuya agonía simbolizó la tragedia y que será inaugurado por el presidente colombiano, Juan Manuel Santos, el 13 de noviembre.

Tumbas simbólicas y ruinas

Hoy decenas de tumbas simbólicas y ruinas constituyen la única señal de que este próspero pueblo, ahora marcado por el silencio, alguna vez existió.

Armero, que llegó a ser el segundo municipio más importante del departamento del Tolima (centro), tras su capital, Ibagué, ya no avisa cuando alguien se adentra en su territorio.

Las ruinas fantasmales aparecen casi por sorpresa a ambos lados de la carretera reconstruida varios metros por encima de lo que un día fue su suelo; y la única pista son las decenas de cruces blancas que flanquean la vía que atraviesa la destruida ciudad.

También la tumba simbólica de la niña Omayra Sánchez, a la que se vio morir a través de las pantallas de televisión de todo el mundo. Falleció a los 12 años después de tres días de agonía y atrapada, pues sus piernas estaban aprisionadas por muros derruidos e incluso por el cadáver de su tía.

Ahora, las ruinas y el prado verde en el que un día se asentó Armero constituyen un inmenso camposanto en el que, sin embargo, ninguna víctima fue enterrada, pues los cuerpos rescatados del mar de lodo fueron sepultados en fosas comunes alejadas de la localidad.

Por eso, todo en Armero es simbólico. Los restos de las casas que quedan en pie dejan ver trazos de dibujos en la pared y baldosas del suelo que tuvieron colores alegres; su distribución indica que tuvieron patios interiores y amplias habitaciones familiares.

En las calles aledañas hay tumbas: “Alguien solo muere de verdad cuando quienes les quieren les olvidan”, reza una placa dispuesta por Jorge Cala en recuerdo de su hermana, su cuñado y dos sobrinas, todos ellos fallecidos en la tragedia.

“Venimos cada tres meses a cuidar la tumba. Ahora la estamos pintando para que esté arreglada para cuando venga [el presidente, Juan Manuel] Santos”, dice Cala.

Se ignoraron las advertencias

Santos rendirá aquí homenaje a las víctimas el próximo viernes, en el 30 aniversario de la avalancha, un drama anunciado ante el cual nadie tomó precauciones.

Fabio Castro lo sabe bien. Hoy, con 80 años, recuerda que, en su condición de líder político en esos años, asistió a un debate en la Cámara de Representantes de Bogotá en la que se había presentado, antes de la erupción, un informe que vaticinaba “la destrucción de Armero”.

“En aquella época a los estudios vulcanológicos no se les paraba muchas bolas (no se les prestaba atención) porque se afirmaba que nadie podía determinar la erupción del volcán”, afirma.

Castro regresó rápidamente a Armero y avisó a sus amigos, pero no se tomaron en serio la advertencia. El funcionario, preocupado, les dijo que él no volvería nunca a la localidad. Esa noche, entre cervezas y música, fue la última vez que les vio.

Supo de la destrucción en Bogotá, donde escuchó, como millones de colombianos, que Armero había desaparecido por completo a través del relato de un piloto que había sobrevolado el lugar.

El alud de Armero es la mayor tragedia natural ocurrida en Colombia y una de las peores de América, pero también ha sido objeto de estudio para alumnos de Geología que llegan en autocares para analizar el espesor y la composición del suelo que dejó la avalancha.

“Es uno de los eventos más catastróficos. A los alumnos les llama mucho la atención. El volcán no se ve desde aquí y mira la destrucción que causó”, comenta Hugo Murcia, profesor de Vulcanología en la Universidad de Caldas.

El recorrido de estudio se inicia en algo parecido a un museo de sitio, junto a lo que fue la estación de bomberos.

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