Cuba

Cuba y la conga bajo el diluvio, lo bueno es que no hay que fingir que el gobierno importa

En esta foto dada a conocer por el periódico Granma, un grupo de personas juega al dominó en una calle inundada de La Habana, mientras otros tratan de rescatar unos muebles del agua, el 10 de septiembre, después del paso del huracán Irma por la isla.
En esta foto dada a conocer por el periódico Granma, un grupo de personas juega al dominó en una calle inundada de La Habana, mientras otros tratan de rescatar unos muebles del agua, el 10 de septiembre, después del paso del huracán Irma por la isla. AP

El fenómeno iba a desaparecer por agua. Esto fue lo que dijeron los astrólogos en 1978. Se habían reunido en Santiago de Cuba para estudiar la carta astral de quien tú sabes y arrancarle a las estrellas la fecha de expiración del fenómeno. Allí estaba la crema y nata de la clandestina astrología nacional, con un cuerpo auxiliar de cartománticas y matemáticos. Entonces no se supo si al llegar la Seguridad del Estado habían conseguido atisbar el final de sainete de quien tú sabes, convertido en la más grotesca caricatura que pudimos imaginar sus enemigos. Pero lo que sí corrió como la pólvora viva fue que el fenómeno iba a desaparecer por agua.

De manera que en cada huracán me da por desempolvar las supersticiones. Apenas las tormentas comienzan a elevarse desde el Atlántico gana fuerza el ansia de una liberación por causa atmosférica: inundaciones en La Habana, avalanchas en las montañas orientales, crecidas de los ríos, desmoronamiento de las carreteras, quiebra de las descuidadas represas, colapso de la decrépita infraestructura. La catástrofe multiplicada por el socialismo. El socialismo agravado por el trópico. El trópico abandonado por Dios. Me digo que algo tiene que pasar… algún día… Más que a la superstición, el ansia obedece a la estadística. Es lo que suele pasar en casi todo el mundo. ¿Por qué no en Cuba?

Esa es la verdadera reforma de Raúl Castro: el alivio de no tener que fingir. A diferencia de antaño, el millón y medio que hoy desfila en la Plaza de la Revolución ni engaña a la dictadura ni es engañado por la dictadura

Asumida con total brutalidad su condición de feudo familiar, el Estado ya no se esfuerza en aparentar que es de todos así como el ciudadano tampoco se esfuerza en aparentar que el Estado es suyo. Esa es la verdadera reforma de Raúl Castro: el alivio de no tener que fingir. A diferencia de antaño, el millón y medio que hoy desfila en la Plaza de la Revolución ni engaña a la dictadura ni es engañado por la dictadura. Se trata de un contrato social establecido para hacerle creer al mundo que ni el opresor es tan canalla ni el oprimido es tan borrego. Si la situación se hace insoportable, la dictadura responde a la protesta de manera inmediata, focalizada y provisional. La rápida solución del conflicto acusa tanto el temor del opresor a que se extienda la protesta como el temor del oprimido a tener que seguir protestando. Todos interesados en recuperar el perverso equilibrio entre un Estado que se niega a servir y un ciudadano que no cesa de robar. Es lógico, pues, que ambas partes coincidan en su rechazo a la oposición. Lo menos que necesitan opresor y oprimido es que alguien les pida responsabilidad.


Hay una imagen del paso del huracán Irma por Cuba que se ha hecho popular. Apareció en las primeras planas de Madrid, en los noticieros de la tarde en Australia, en los blogs (castristas y anticastristas) de Miami. Ahí está, con el agua al pecho, un grupo de habaneros bailando una conga. Visten de harapos, viven entre ruinas, cuando bajen las mareas caminarán sobre barro y estiércol. Pero la tragedia no los toca. Ninguno tiene cara de haber perdido nada ni de esperar algo. Su alegría es plebeya, infantil, ebria. Una foto para el álbum de la Cuba en extinción.

Vecinos de Santo Suárez salieron a la calle en una protesta espontánea el miércoles. El malestar con la actuación de las autoridades tras el paso del huracán Irma se ha sentido incluso en barrios de la capital donde el huracán no golpeó directamen

Acaso el fenómeno que se iba por agua no era la dictadura sino la nación. La conga bajo el diluvio, con sus intelectuales, sus obispos, sus cantantes, sus millonarios y muchos, muchísimos policías. Cada cual pisoteando su conciencia y la del otro. Cada cual huyendo de su dignidad. Hasta que se acabe la larga, tortuosa calle de la degradación. La catástrofe perfecta que ya está escrita en las constelaciones. La obra maestra de quien tú sabes.

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