Cuba

Fulgencio Batista, las puertas secretas y las religiones africanas

En horas de la tarde del miércoles 13 de marzo de 1957, un comando del Directorio Revolucionario asaltó el Palacio Presidencial en La Habana. El objetivo era acabar con la vida del dictador Fulgencio Batista y reinstaurar el orden republicano en Cuba. Al mismo tiempo, otro grupo encabezado por el líder estudiantil José Antonio Echeverría tomaba a punta de pistola la emisora nacional “Radio Reloj” para dar a conocer al país la supuesta muerte de Batista y convocar a una insurrección nacional.

El ataque a Palacio transgredía el llamado pacto de México, un acuerdo firmado a fines de agosto de 1956 entre Echeverría, a nombre del Directorio Revolucionario y Fidel Castro, líder del Movimiento 26 de Julio, a quien el asalto al Palacio lo tomó por sorpresa en las lomas de Oriente. La alocución de José Antonio Echeverría en la emisora radial fue clara: era el Directorio y no el 26 de Julio, la organización que precipitaba el fin de la dictadura.

“Y somos nosotros los del Directorio Revolucionario, los que a nombre de la revolución cubana hemos dado el tiro de gracia a este régimen de oprobio”, dijo Echeverría ante el micrófono. Después de salir de la estación de radio, Echeverría fue abatido a tiros por la policía al costado de la Universidad de La Habana.

Desde la Sierra Maestra, Fidel Castro reveló su malestar con las acciones del Directorio. En un reportaje del periodista de la CBS Wendell L. Hoffman, publicado en la revista Bohemia el 26 de mayo de 1957 , Castro declaró que en la acción se había derramado “sangre inútilmente.” Castro aseguró además que rechazaba enérgicamente “los atentados personales” y que condenaba “el terrorismo.”

Sobrevivientes del comando que asaltó el Palacio aseguraron que pudieron llegar al despacho de Batista, pero que este había logrado escapar misteriosamente. Más tarde se supo de la existencia de una puerta “secreta” que daba a una escalera y que conducía a las habitaciones superiores, lo que habría permitió a Batista burlar la muerte ese día.

Una vez que el edificio fue convertido en museo en diciembre de 1959, el Palacio se abrió a los curiosos y visitantes. La puerta en cuestión tiene una mirilla en el centro y está actualmente cubierta con una placa acrílica que impide el paso. Se encuentra en un pasillo que une el antiguo despacho presidencial con la habitación que ocupaba el Consejo de Ministros, y da acceso a una escalera por la que se sugiere a los visitantes que escapó Batista ese día.

De acuerdo con Natalia Bolívar —reconocida investigadora de las religiones de origen africano y quien estuvo relacionada con el Directorio Revolucionario— la huída de Batista ese 13 de marzo está conectada con una ceremonia conocida como la “letra del año”, en la que un grupo de babalawos predice eventos para el año naciente y determina el orisha o deidad que “gobernará” durante ese periodo.

En una entrevista en la televisión cubana en el 2011, Bolívar explicó que el signo regente en 1957 fue Obbara Meyi, que quiere decir: el rey tiene que buscar una salida por los lugares donde él está constantementeUna salida oculta. Y él [Batista] siguiendo las instrucciones preparó tres, en el Palacio Presidencial, en Kuquine, que era la finca donde él vivía, y en el campamento militar de Columbia.”

Según la estudiosa, la puerta secreta en el despacho de Batista no aparecía en los planos del Palacio Presidencial, que los asaltantes habían logrado conseguir antes del atentado. Y sugiere que fue construida luego de que la letra del año fuera divulgada en enero de 1957, o sea en un par de meses. Sin embargo, esto no hubiera sido posible sin llamar la atención no sólo de la guardia y empleados del Palacio, sino también de los miembros del Directorio Revolucionario que habían montado un riguroso operativo de vigilancia al dictador en los meses previos al ataque.

En enero del 2010, en conversación con la escritora Wendy Guerra, Bolívar aludió a un folleto que habría sido publicado en la revista Bohemia en 1957, titulado “Los babalawos tenían la razón” y que vendría a confirmar su versión. Lamentablemente, tras revisar cada ejemplar de esa publicación en los años comprendidos entre 1957 y 1959, disponibles en la colección microfilmada que posee el Cuban Heritage Collection (CHC) de la Universidad de Miami, no encontré el folleto mencionado. Tampoco en las coberturas que otros diarios y revistas como El Mundo, El Diario de la Marina y Carteles hicieron del asalto al Palacio, apareció mención alguna a la puerta o la letra del año.

Por su parte, Víctor Betancourt, también estudioso de las religiones de origen africano e integrante de la Comisión de Letra del Año Miguel Febles Padrón, afirma que el signo de la letra del año 1957 no fue Obbara Meyi, sino Òdí Ìká, que también habla de la propensión del gobernante a ser atacado por sus enemigos.

De acuerdo con Betancourt los signos de las letras del año de la década del cincuenta fueron los siguientes: “1950 ( Éjìogbè), 1951 ( Òfún Ogbè), 1953 ( Òtura Òsá) 1954 ( Òşé Ìrètè), 1955 ( Òfún Òsá), 1956 ( Ogbè Òsá), 1957 ( Òdí Ìká), 1958 ( Ogbè Òbàrà) y 1959 ( Éjìogbè)”. El único signo que Betancourt no ha podido precisar es el de 1952.

Pero un análisis más exhaustivo de la historia del Palacio así como los testimonios de asaltantes, del propio Batista y sus colaboradores apuntan a otras explicaciones que se alejan del ámbito religioso.

El Palacio Presidencial fue asaltado varias veces antes de 1957. En 1930, durante el gobierno de Gerardo Machado, un soldado logró colocar una bomba a través de uno de los conductos de desahogo que daban a la azotea y causó destrozos en el cielo raso de algunas habitaciones del tercer piso.

El 8 de noviembre de 1933 el Palacio sufrió otra agresión cuando militares y miembros del partido ABC se sublevaron durante el gobierno provisional de Ramón Grau San Martín. El Jefe del Ejército era el entonces coronel Fulgencio Batista. El 10 de marzo de 1952, Batista ordenaría otra embestida contra la edificación, como parte de un golpe de Estado que el mismo organizó.

Batista, por tanto, conocía muy bien el recinto y sabía que era vulnerable, incluso antes de instalarse en él como presidente de la República entre 1940 y 1944, por lo que la construcción de la puerta es probablemente muy anterior al 1957.

Por otra parte, según varios testimonios recogidos en el libro El asalto al Palacio Presidencial escrito por Faure Chomón, uno de los dirigentes del Directorio Revolucionario que participó en la acción, los miembros del comando conocían del “pasadizo secreto.”

En el libro, Luis Goicochea menciona que ellos tenían un plano interior del Palacio pero en este no aparecía una puerta que les cerraba el paso y que derribaron “a balazos” para encontrarse con la cocina. “Tres sirvientes de uniforme temblaban en un rincón. Sobre la mesa había dos tazas de café acabadas de usar”, narra Goicochea.

Luego siguieron avanzando hasta llegar al despacho. Pero tras lanzar varias granadas, solo encontraron dos soldados muertos. “El despacho estaba vacío”, dice Goicochea y agrega: “Tratamos de hallar un pasadizo secreto que, según nos habían informado, unía el despacho de Batista con sus habitaciones del tercer piso. Imposible lograrlo. El tiempo se nos iba de las manos”.

La narración de los asaltantes ha sido ampliamente recreada en Cuba, donde se ha afirmado en más de una ocasión que los miembros del comando habrían hallado las tazas de café y un “tabaco humeante” en el despacho de Batista, quien habría huido al sentir los tiros.

Pero la versión que ofreció Batista en su libro “ Respuesta”, publicado en México en 1960, desmiente a aquellos que lo ubicaban en el despacho. Según Batista, “aunque los atacantes conocían muy bien la distribución del interior del Palacio Presidencial, como lo probaban los croquis y planos que se ocuparon, al parecer no estaban bien informados de cómo yo tenía organizadas mis horas de trabajo”, escribió.

Batista explica que generalmente “almorzaba entre dos y media y cuatro de la tarde. Despachaba todos los días los asuntos urgentes en el tercer piso y no bajaba al segundo, en donde estaban la oficina presidencial y los salones de recibo, hasta alrededor de las cinco de la tarde”. Y agrega: “A unos quince pies de mi buró en el segundo piso, estallaron granadas. Hasta allí llegaron los asaltantes, creyendo seguramente que yo estaría en el despacho oficial.”

Quizás por cuestiones de seguridad, Batista no hizo mención a la puerta en sus declaraciones a la prensa después del asalto, tampoco en el libro citado, ni siquiera en su papelería personal en el CHC. De haber dado con ella, los asaltantes hubieran podido llegar a las habitaciones del tercer piso donde se encontraba ese día cerca de su esposa y uno de sus hijos que estaba enfermo, según escribió Batista y corroboró el capitán Alfredo J. Sadulé, uno de sus ayudantes personales desde fines de los 40 hasta 1959.

Sadulé señala que el plano o croquis del Palacio había sido copiado y filtrado por un periodista que trabajaba en la oficina de prensa del Palacio, “pero lo copió al revés, no sé si fueron los nervios” lo que despistó a los asaltantes.

De acuerdo con Sadulé, la puerta estaba oculta tras una cortina de terciopelo rojo pero era conocida por algunos empleados del edificio y oficiales. “Por esa puerta, Batista bajaba y subía a sus habitaciones cuando no quería recibir a determinados personas durante sus horas de despacho y ordenaba que se dijera que ya se había ido”, explicó.

Sadulé afirma que ni la puerta ni la escalera que conducen a las habitaciones del tercer piso fueron construidas por Batista, al menos durante la década de los cincuenta. “Eso lo sabía todo el mundo. El que no era asiduo a Palacio no lo sabía, no era una cosa tenebrosa ni el producto de una película, era una cosa de utilería. Normalmente él [Batista] iba por el ascensor; porque no era fácil subir por ahí”, señaló.

Asimismo, negó la existencia de puertas “secretas” en la residencia de la ciudad militar de Columbia y en la finca Kuquine, donde pasó su mayor tiempo de servicio.

Más de medio siglo después, resulta difícil establecer con certeza quién y cuándo se construyó la puerta, mucho menos si fue construida a raíz de alguna predicción religiosa. Sin embargo, otras fuentes consultadas apuntan a que el dictador sí mantenía vínculos con el espiritismo y con religiones de origen africano, al parecer, mucho más secretos que la puerta del despacho presidencial.

Artículos relacionados el Nuevo Herald

  Comentarios