Cuba

¿Era el dictador cubano Fulgencio Batista un ferviente devoto de la santería?

Aunque Fulgencio Batista se presentaba públicamente como católico, se dice que se movía, además, entre la Regla de Ocha (santería), el culto a Ifá y el Palo Monte (Mayombe). Según versiones que circulan entre babalawos y santeros cubanos, Batista había recibido la “Mano de Orula”, rito de iniciación en el sistema religioso Ifá, y era “hijo” de Changó, una de las deidades más populares y poderosas del panteón yoruba.

Su signo de itá —como se conoce a las profecías y consejos que se brindan a quienes participan en esta ceremonia— habría sido Ogunda di. El practicante que ostente este “signo”, caracterizado por la mentira, el engaño y la desconfianza, está obligado a tener varias entradas en su casa. Esto ha sido utilizado para conectar, una vez más, estas religiones con la supuesta puerta “secreta” del despacho por la cual habría huído Batista durante el asalto al Palacio Presidencial el 13 de marzo de 1957.

Aunque el babalawo e investigador, Víctor Betancourt, no pudo confirmar esta historia, asegura que el “padrino” de Batista fue Bernardo Rojas, uno de los sacerdotes de Ifá más respetados de su época y al que se le adjudica la predicción del asalto al Palacio Presidencial. De acuerdo con Betancourt, un bisnieto de Rojas le comentó que al morir el bisabuelo a inicios de 1959, su féretro fue atacado por simpatizantes del movimiento revolucionario, por haber asistido religiosamente al dictador.

Según la escritora Natalia Bolívar, Batista tenía a su disposición a otros religiosos, entre ellos a la santera Isabel Kolá y el mayombero Chano Betangó. Al parecer, los lazos con este último se remontan a 1933, pero no se ventilaron públicamente hasta el 24 de mayo de 1959. Ese día la revista Bohemia publicó una entrevista realizada a Betongó por Guillermo Villaronda, quien había sido uno de los cronistas sociales de la primera dama Marta Fernández Miranda.

La prensa cubana de la época se refería a las religiones de origen africano de un modo peyorativo y el texto de Bohemia no fue una excepción. Santeros, babalawos, espiritistas y abakuás se integraron además a una cadena de equivalencia negativa con el antiguo régimen. De este modo, el discurso político comenzó a perfilarlos como ignorantes, y representantes de lo peor de la sociedad. La conexión entre Chano Betongó y el dictador era una “prueba” de ello.

Betongó aseguró que Batista lo visitó en su casa poco antes del 4 se septiembre de 1933. El mayombero invocó a su prenda “Siete rayos” —Changó en la Regla de Ocha y en el culto de Ifá— para descifrar los caminos sobre los que andaría Batista, quien habría convenido de antemano ofrendar un gallo negro a la deidad.

En una narración recreada por el periodista, Betongó describía así el momento: “Con mi tabaco encendido, la pequeña habitación se había llenado de humo. Mi mano izquierda sujetaba una vela, cuya temblorosa llama achicharraba la semioscuridad, mientras la derecha sostenía un plato de loza blanca. Sostuve el plato durante algunos segundos sobre la vela y al cabo el fuego había ennegrecido la superficie exterior formando una fina costra como de hollín.”

Según el religioso, Batista se encontraba tenso y “las aletas de la nariz se le dilataban”. Pero las predicciones eran positivas pues le auguraban “amplios y largos caminos rodeados de árboles florecidos, revestidos de un verdor profundo” aunque al final lo esperaba “un mar inmenso, agitado por el huracán, espeso y rojo”.

Ese mar empezaba en una “orilla de oro” y terminaba en “los bordes del cielo con un color más vivo que el de la sangre”. De acuerdo con la profecía, Batista llegaría al final de esos caminos, pero era su elección si quería recorrerlos “felizmente”. “Andarás sobre estos caminos consciente de que hay agua roja más allá, pero no es necesario que recorras la enorme distancia que te separa de ese océano rojo, sino que puedes detenerte bajo cualquier árbol y esperar a que los caminantes te encuentren y te saluden afectuosamente”, le dijo Betongó.

Cuenta el religioso que al poco tiempo de la “consulta”, supo que Batista se había convertido en líder de un movimiento de sargentos. El 4 de septiembre de 1933, Fulgencio Batista entraría en la historia de Cuba al comandar un movimiento sedicioso que derrocó al gobierno provisional presidido por Carlos Manuel de Céspedes, tras la caída del presidente Gerardo Machado. Ese no sería el único coup d'état en el que participaría en su vida. El 10 de marzo de 1952, convertido ya en general, asestó otro golpe a la ya maltrecha democracia insular.

Chano Betongó aseguró a Bohemia que poco antes de efectuar el golpe militar de 1952, Batista lo llamó a su finca Kuquine y le manifestó su intención de acceder nuevamente a la presidencia. En esa ocasión, el mayombero le dijo que eso no era posible a través de elecciones, pero que si ofrendaba un novillo y un venado, tal vez podrían materializarse sus deseos. De acuerdo con su testimonio, en la finca se sacrificaron esos animales y se hicieron otras ceremonias religiosas.

Ya instalado Batista en el Palacio Presidencial nuevamente, el religioso fue llamado al despacho, donde, según declaró a la revista, se sacrificaron “unos gallos negros y un becerro”. Ya percibía que los caminos del general se estaban cerrando y que “los vientos que saneaban su espíritu iban alejándose.” Para contrarrestar las adversidades, recomendó tomar tierra de las seis provincias de Cuba y que se ofrendaran varios gallos y gallinas con mucha miel de abeja. “Yo quería remover la conciencia de Changó, pero no fue posible”, explicó.

En 1954, después de unas elecciones fraudulentas organizadas para maquillar la crisis política del país, Betongó fue vuelto a llamar. Esa vez, la sentencia del mayombero fue lapidaria: los caminos de Batista estaban “cerrados junto al mar de agua roja” y le dijo que “ese mar se lo tragaría para siempre”. De ese modo, rememora el religioso, Changó le daba la espalda al general.

Días después del 1 de enero de 1959, la revista Bohemia en una de sus ediciones bautizadas como “de la libertad”, publicó un reportaje sobre la finca Kuquine. Entre tanto lujo, el reportero destacaba la existencia de varios altares de santos con caracoles, mazorcas de maíz y patas de gallo, aunque no aparecen esas imágenes en el extenso fotorreportaje. “Su inclinación al ‘babalao’ se fue acrecentando en la medida que la dictadura se iba resquebrajando bajo los golpes certeros del ejército rebelde y la resistencia ciudadana”, destacó el periodista.

Coincidentemente, en esa misma edición de Bohemia se publicó un reportaje sobre Hermelindo, un hermano de Batista, del que se aseguraba que era santero. El se encontraba escondido en una casa de la barriada del Cerro en los días de enero de 1959, cuando fue llevado al despacho de Camilo Cienfuegos en la ciudad militar de Columbia.

Se lee en Bohemia que Hermelindo tomó dos palitos que simbolizaban las muletas de San Lázaro (Babalú Ayé) “y acercándose al comandante le hizo dos o tres pases hincándole el pecho con las muletas. Camilo dio un salto, retrocediendo rápidamente, mientras con una sonrisa ordenaba: ‘¡Sáquenme a este hombre de aquí, que nos va a volver a todos locos!’” Inmediatamente fue puesto en libertad.

Pero de ser ciertas las conexiones de Fulgencio Batista con las religiones de origen africano, había ocultado muy bien sus creencias pues eran desconocidas por fuentes allegadas a él. De ahí que resulta muy poco probable que las ceremonias y sacrificios de animales que describe Chano Betongó se hayan realizado en el Palacio Presidencial o en Kuquine, aunque podrían haberse efectuado en otros lugares y sin su presencia.

Francisco H. Tabernilla Palmero—conocido como “Silito” Tabernilla—fue uno de los militares más cercanos a Batista y uno de los hombres de más poder en Cuba durante los años cincuenta. Al mostrarle las fotos de Betongó en un breve encuentro en mayo de 2014, aseguró que nunca lo había visto y negó todo vínculo de aquel con santeros o babalawos.

Similar reacción tuvo Alfredo J. Sadulé, ayudante personal de Batista, cuando le mostré las imágenes. Sadulé, quien dijo estar familiarizado con el universo de la santería porque había asistido a varias conferencias de la etnógrafa Lydia Cabrera, aseguró que “Batista no tenía nada de eso”, porque Marta Fernández Miranda, su esposa, “le tenía terror a todas esas cosas”.

Como ejemplo, menciona que en una ocasión Batista encargó la seguridad de Kuquine al sargento Rafael Montalvo, pero este “en su ignorancia, protegió la finca con ofrendas a los santos como frutas, flores, patas de gallo, etc. La primera dama se enteró, y le pidió al presidente que lo quitara.” La aversión de la esposa de Batista hacia estas religiones era tal, cuenta Sadulé, que en cierta ocasión, ella lo reprendió al encontrar en su taquilla una rosa roja destinada a su novia, porque “pensó que eran cosas de brujería.”

Sadulé sólo reconoció el contacto de Batista con espiritistas, entre ellos, “un hombre “afeminado” con el que este fue a “consultarse” al calor de la campaña presidencial de 1954, pero “dejó de ir allí después. Batista se cuidaba mucho de eso”, subrayó.

En octubre de 1956, Sadulé se encontró casualmente con ese espiritista, quien le transmitió su preocupación pues presentía que la casa presidencial sería asaltada. El espiritista le pidió trece pesos para hacerle un amuleto para él y su padre, que era miembro de la escolta de Batista. Sadulé recuerda haberle preguntado a su padre si se lo quería decir “al presidente” y este se rehusó.

No había que ser espiritista, sin embargo, para reconocer que tras el asalto al Palacio Presidencial, Fulgencio Batista se encontraba ante un dilema político que marcaría la historia de Cuba. El 31 de marzo de ese mismo año, Agustín Tamargo publicaba en Bohemia un artículo titulado Usted tiene la palabra general, en el que emplazaba a Batista a declararse abiertamente dictador, tomar un avión para huir, o traspasar el “poder democráticamente a los mandatarios que el pueblo elija por medio de unas elecciones con garantía.”

“Porque si los cubanos de hoy”, alertaba el periodista, “no fuéramos capaces de llegar al entendimiento, sería llegada la hora de declarar que no somos el país civilizado que decimos ser, sino una tribu semisalvaje que puede pasarse un siglo bebiendo sangre y ejecutando venganzas”

Pero el dictador se aferró aún más al poder hasta su inevitable salida de Cuba en la Noche Vieja de 1958. Un avión en pleno vuelo se convertía en la metáfora de la puerta “secreta”, que quizás le salvó la vida aquel miércoles de marzo de 1957. Atrás quedaba el “mar inmensamente rojo” del que Chano Betongó le habló alguna vez.

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