Cuba

‘Niña del violín’ comparte su historia a 20 años de la crisis de los balseros

ngameztorres@elnuevoherald.com

Cuando los oficiales del guardacostas estadounidense escucharon a una niña cubana que había sido rescatada de una balsa, sacarle a su violín las notas del Star-Spangled Banner, el himno nacional, la crisis de los balseros de 1994 llegaba a uno de sus momentos más memorables.

Lizbet Martínez, la “niña del violín”, se convirtió así en la cara de la crisis y de la campaña de la comunidad cubanoamericana para lograr que los niños cubanos detenidos en las bases de Guantánamo y Panáma pisaran finalmente “la tierra de los valientes y el hogar de los hombres libres”.

Lizbet, quien tenía 12 años cuando sus padres la montaron en una balsa con otras 10 personas rumbo a los Estados Unidos, se hizo tan famosa que tocó ante el entonces presidente Bill Clinton y fue congratulada por el Gabinete de la Florida con el nombramiento del miércoles 29 de marzo de 1995 como “El Día de Lizbet Martínez” en Tallahassee.

En su encuentro con Clinton en el Congreso floridano, le entregó al Presidente un angelito de cerámica con una postal en la que le pedía “abrir su corazón” y ayudar a los niños en Guantánamo. A cambio, recibió la promesa del Presidente de que los niños serían “reubicados en un futuro muy cercano”.

“Cuando yo salí (5 meses después de ser interceptada en el mar), todavía había niños en Guantánamo, porque primero salieron los que tenían problemas médicos. Y esa fue mi plegaria a Clinton. En Guantánamo te daban como un reloj que era tu identificación y yo le dije que no me lo iba a quitar hasta que la última persona no saliera de Guantánamo”, dijo Lisbet a el Nuevo Herald en su aula de preescolar en M. A. Milam K-8 Center, en Hialeah, donde es ahora maestra.

“Y lo cumplí. Cuando la última señora se bajó del avión, ella me lo cortó, un año después”, agrega.

Del viaje, ella recuerda “la incertidumbre de no saber si nos iban a rescatar. Teníamos tantas ganas de dejar Cuba atrás, pero a la vez que uno está solo en el mar, ahí es cuando uno comienza a pedirle a Dios de verdad. Gracias a Dios nos rescataron a las cuatro de la mañana”.

Antes de partir, Lizbet estudiaba violín en el conservatorio “Alejandro García Caturla” en La Habana. El Star-Spangled Banner lo aprendió de casualidad, pensando que era un himno religioso hasta que un tío en Cuba, fanático del béisbol de Grandes Ligas, le advirtió de qué se trataba. “Cuando nos rescataron querían botar todas las cosas de las balsas y me querían botar el violín”, explica. “Ellos no sabían español y nosotros no sabíamos inglés y como yo sabía que conocían el himno americano, ahí fue cuando lo toqué y se quedaron superimpresionados”.

“El capitán de la embarcación se emocionó tanto que trasmitió por radio lo que Lizbet estaba tocando a todos los escampavías que estaban en la zona”, dijo su padre Jorge Martínez a el Nuevo Herald, en ocasión de su graduación como licenciada en Educación Musical en la Universidad Internacional de la Florida en 2003.

Al llegar a Estados Unidos, Lizbet recuerda que se presentó en muchas actividades del exilio cubano, que la trató con “mucho cariño”. Muchas personas le tendieron la mano, entre ellas el músico Willy Chirino, que le otorgó una beca de $3,000 para estudiar en la universidad.

Pero veinte años después, Lizbet, ya mamá de dos niños, vacila ante la disyuntiva de tener que hacer lo mismo con sus hijos y montarlos en una balsa con un destino incierto. “En aquel entonces nos habían dicho que el guardacostas (de EEUU.) estaba a 12 millas de las costas cubanas. Estuvo más lejos pero no nos pasó nada. Gracias a Dios no estoy en la posición de tener que tomar esa decisión, porque es fuerte, pero estoy agradecida a mis padres que dejaron a los suyos propios por brindarme a mí la libertad”, recalca.

En Cuba, sin embargo, Lizbet no es conocida pues su historia nunca apareció en los medios de prensa estatales. Allí, ella ha regresado varias veces para reunirse con la familia que quedó atrás. “Uno añora tanto volver porque es tu país, a tu familia la extrañas tantoCuando llegas, que el avión aterriza, te bajas y dices ‘estoy parada en Cuba otra vez’, eso para mí es un milagro”, dice con una candidez que hace recordar a esa niña de 12 años y continúa: “Aunque tenga los problemas que tenga, es el país donde tú naciste, tu cultura. Muchas personas piensan que uno no debe ir, pero es mi familia”.

Lizbet recibió también el título de Concertista de violín en FIU pero ahora está alejada de los escenarios. Por los recortes en los programas escolares, tampoco imparte ya clases de música. Pero sigue tocando en la iglesia y en eventos locales, aunque lamenta que, debido a la economía, los DJs tienen más demanda que un cuarteto de cuerdas.

“Yo puedo tocar frente a miles de personas, pero durante las audiciones frente a un jurado los nervios me traicionan”, dice riendo para explicar por qué no ha continuado su carrera como solista, pero se refirió también a las escasas oportunidades para quienes interpretan música clásica en la ciudad. “No me quería ir de Miami”, dijo.

La música del compositor húngaro Béla Bartók está entre sus favoritas y aunque ya no toca piezas tan complejas con mucha frecuencia, también disfruta de la música en sus clases. “Me gusta la reacción de las personas ante la música”, confiesa.

Ella conserva el violín que trajo de Cuba. “De hecho, se despegó por el salitre durante el viaje en la balsa, pero un cura en Guantánamo nos dio goma de pegar y lo arreglamos”, comenta.

“Nunca he tenido pena de decir que vine en balsa y me siento orgullosa de ser balsera, en verdad”, dice Lizbet mientras toma su violín para interpretar una melodía cubana popular: un danzonete.

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