Cuba

Maestros cubanos en Harvard, una historia a rescatar

Maestras cubanas a bordo del Sedgwick, camino a Estados Unidos para asistir al curso de verano en Harvard. En el centro, con sombrero de plumas, María de Jesús Hernández Alfonso.
Maestras cubanas a bordo del Sedgwick, camino a Estados Unidos para asistir al curso de verano en Harvard. En el centro, con sombrero de plumas, María de Jesús Hernández Alfonso. Harvard University Archives

Con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, el intercambio académico entre ambos países se ha fortalecido, al punto que muchos esperan que el próximo paso sea otorgar becas a cubanos para que estudien en universidades estadounidenses.

Existe, sin embargo, un antecedente de este tipo de experiencia educativa, una que se remonta al comienzo de la intervención norteamericana en Cuba a principios del siglo XX.

Los archivos de la biblioteca de la Universidad de Harvard contienen varios documentos e imágenes de un viaje que hicieron más de 1,000 maestros cubanos a los Estados Unidos en 1900 para recibir un curso de verano. Mi abuela fue una de ellos.

En una foto color sepia se la distingue, al centro, con sombrero de plumas y una expresión seria en el rostro. Se llamaba María de Jesús Hernández Alfonso, y había nacido en Los Palacios, pequeño pueblo de la provincia de Pinar del Río, en la región occidental de Cuba. Era el primer viaje al extranjero de aquella muchacha de 21 años recién graduada de la Escuela Normal de Maestros en La Habana.

En esa ocasión, junto a otros maestros, residió por ocho semanas en el recinto de Cambridge, Massachusetts, para asistir a la Harvard’s Summer School for Cuban Teachers, ideada en febrero de 1900 por dos ex alumnos de esa universidad que vivían en La Habana: Alexis E. Frye, Superintendente de Escuelas en Cuba por nombramiento del ejército norteamericano, y Ernest Lee Conant, abogado norteamericano que ejercía su profesión en la capital de la isla.

Los dos explicaron sus planes y pidieron apoyo al entonces rector de Harvard, Charles W. Elliot. El objetivo del programa, además de proveer a los maestros de conocimientos y cultura, estaba orientado a forjar lazos más estrechos entre Cuba y los Estados Unidos.

“Usted puede ver fácilmente los tremendos resultados que vendrán (después de esa experiencia tan abarcadora), con 1,000 hombres y mujeres inteligentes dispersos por toda la isla”, escribieron Frye y Conant en su carta a Elliot.

La Corporación Harvard aprobó el proyecto, que fue apoyado por el general Leonard Wood, gobernador militar de Cuba entre 1898 y 1902.

En julio de 1900, aproximadamente 1,300 maestros cubanos viajaron a Cambridge. Los hombres se hospedaron en dormitorios de Harvard College, mientras las mujeres quedaron alojadas en casas particulares cerca del recinto universitario. Hombres y mujeres comían separadamente y estas últimas eran acompañadas por chaperonas.

El programa de estudios incluía lecciones de inglés, conferencias en español sobre geografía y aprendizaje infantil, así como charlas sobre el sistema de educación en EEUU. Las mujeres atendían charlas adicionales sobre los jardines infantiles y los hombres recibían instrucción sobre trabajo manual de talleres.

La llegada de los maestros a Harvard fue ampliamente cubierta en la prensa de la época. Figuras y grupos locales ofrecieron recepciones en su honor. Los maestros viajaron a la capital, Washington D.C. yFiladelfia antes de regresar a Cuba.

En Washington, fueron recibidos por el presidente William McKinley en la Casa Blanca, en agosto de ese mismo año. Tres semanas después el primer mandatario fue asesinado por un anarquista.

(Fue el presidente McKinley quien, después de la explosión del acorazado Maine en La Habana, pidió autorización al congreso para intervenir en la guerra hispanocubana, conflicto que culminó en 1898 con la derrota del ejército español en Santiago de Cuba, y con el nombramiento de un gobierno interventor para Cuba hasta 1902).

Un sobrante de los fondos recaudados para el programa de verano de 1900—unos $71, 145—hizo posible que otros ochenta maestros pudieran regresar a Cambridge al año siguiente a recibir clases en inglés. Los fondos alcanzaron para financiar el programa de verano durante varios años para pequeños grupos de maestros cubanos.

De niña, cuando me enfermaba, mi abuela “Chucha”, como le llamábamos, se sentaba junto a mí contándome historias de su viaje a los Estados Unidos, y la travesía por mar desde Matanzas en el vapor Sedgwick hasta South Carolina. Me hablaba también sobre el trayecto en ferrocarril desde Charleston hacia el norte, y los huertos de manzanas que se veían por las ventanillas. En Harvard las muchachas estaban separadas de los hombres, incluso durante las comidas, y eran “guardadas” por chaperonas que viajaron con ellas. Mi abuela contaba las dificultades de las clases de inglés y de otras materias de que constaba su entrenamiento.

La aventura de Harvard coincidió con el nacimiento de la República de Cuba. Aquellos promotores norteamericanos querían para los maestros cubanos no solo que se instruyeran en métodos modernos para la enseñanza, sino que aprendieran del ‘American way of life’

A su regreso de los Estados Unidos tras la experiencia de Harvard, abuela “Chucha” se dedicó completamente a su profesión y trabajó como maestra rural en la zona de Bayate, cerca de Candelaria. Se entregó al magisterio en cuerpo y alma, a tal punto que toda la familia se sorprendió, porque ella no se comprometió ni se casó hasta bien entrados sus treinta años. Varios familiares comentaron, años después, que su manera independiente de ser muy probablemente se debió no solo a su carácter, sino asimismo a la influencia que la estadía en los Estados Unidos había ejercido en ella.

La aventura de Harvard a comienzos del siglo coincidió con el nacimiento de la República de Cuba. Aquellos promotores norteamericanos querían para los maestros cubanos no solo que se instruyeran en métodos modernos para la enseñanza, sino que aprendieran del American way of life y que regresaran a Cuba para enseñar a sus alumnos cómo se vivía, se aprendía y se socializaba en la gran sociedad del Norte.

Algunos recelaron de esa supuesta “americanización” del sistema de enseñanza y de costumbres que las instrucciones a los maestros suponían, quizás de forma similar a las preocupaciones expresadas ahora por ciertos sectores cubanos y cubanoamericanos con respecto a lo que algunos temen se convierta en la “segunda ocupación americana” de la isla. Muchos opinan que la “americanización” de Cuba en la era republicana fue tan efectiva que la isla era, en realidad, una “seudocolonia” de los Estados Unidos, plena de ron, música, casinos y mulatas para el disfrute de turistas norteamericanos.

Los archivos de la biblioteca de la Universidad de Harvard contienen documentos e imágenes de un viaje que hicieron más de mil maestros cubanos a los EEUU en 1900

¿Qué pensarán entonces las nuevas y las viejas generaciones, en Cuba y en Estados Unidos, si en un futuro no muy lejano la Universidad de Harvard invita a estudiantes cubanos a participar en programas educacionales que los traigan becados a Cambridge? ¿Podría esperarse una penetración mayor y más intensa de la cultura de masas norteamericana en la isla si el intercambio cultural, diplomático y económico entre ambas partes se convierte en una one-way street de norte a sur?

De un lado, tanto allá como acá, se percibe la euforia sobre la apertura política y económica, pero la cúpula dirigente cubana está preocupada por la supuesta “agresión imperialista” y subversión ideológica que esta comunicación entre ambos pueblos podría traer.

Tal parece como si existiera más de un paralelo entre los eventos de hace 115 años y los que vemos desarrollarse en el presente. El Harvard Program for Cuban Teachers queda como episodio histórico que revela rasgos del pasado nacional, a la vez que –en mi caso personal– atesora memorias y recuerdos de familia. Pero en esta coyuntura, en la que se abren posibilidades de un reencuentro entre las sociedades cubana y estadounidense y sus respectivos gobiernos, quizás resuenen ecos de la intervención de 1898 y de la enorme influencia (algunos la han llamado injerencia) que “el Norte” tuvo para Cuba hasta 1961, cuando la bandera de las barras y las estrellas dejó de ondear en la embajada norteamericana en La Habana.

Para mi abuela María de Jesús, que presenció el izar de la bandera cubana en 1902 en el Castillo del Morro y el nacimiento de la república por la que luchó y murió José Martí, el presente sería quizás prometedor. Para nosotros, cubanos de esa isla que se repite y se expande por el mundo, será necesario esperar.

La Dra. Eliana Rivero es profesora emérita en el Departamento de Español y Portugués en la Universidad de Arizona en Tucson.

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