Cuba

Cuba: Yanquis sí, censura también

Un hombre lee el periodico Granma en el 2012. Cuba ocupa el décimo lugar entre los países con menos libertad de prensa.
Un hombre lee el periodico Granma en el 2012. Cuba ocupa el décimo lugar entre los países con menos libertad de prensa. AP

En las dos únicas representaciones de El rey se muere, una de las obras del teatro cubano que quizás se haya mantenido menos tiempo en escena, su director, Juan Carlos Cremata, repartió flores para echarle al rey cuando muriera. Como se trata de una producción en la isla, donde predomina la escasez, las flores se recogieron para volver a usarlas al día siguiente. Cremata notó que todo el público presente en la sala Tito Junco del Centro Cultural Bertold Brecht, ubicado en el Vedado, echó su flor para el rey muerto. Decir que el pueblo de Cuba está listo para leer el epitafio de un “rey” muerto es una interpretación posible, pero tampoco es la única. La obra del absurdo de Eugène Ionesco se vale, por supuesto, de la ambigüedad, y lo que los censores interpreten no debe ser nunca preocupación de los artistas.

La efímera puesta en escena de El Rey se muere se presentó el 4 y 5 de julio de este año y desde que fue retirada por orden del Consejo Nacional de las Artes Escénicas de Cuba, Cremata ha sido testigo de cómo se le canceló su contrato de trabajo. Se ha convertido en una persona no confiable, un paria de la cultura criticado por hacer declaraciones a la prensa fuera de la isla y difundir su situación en las redes sociales.

La censura e intento de condenar al ostracismo a Cremata son consecuentes con la política cultural trazada por Fidel Castro en 1961, en el llamado discurso Palabras a los intelectuales, en la Biblioteca Nacional, con la frase: “Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”.

“Este es un país habituado a obedecer. Contrariar puede tornarse una declaración de guerra. Disentir una condena eterna. Y como el que no está con ellos, está contra ellos, no hay posibles tonos medios”, dijo Cremata en una entrevista vía email con el Nuevo Herald, indicando que aunque con la obra “no nos estábamos refiriendo a los Castro –de hecho, se cuidó que los actores no imitaran a nadie en específico y ni siquiera jugaran con eso– sabíamos de sobra que la lectura iba a ir dirigida en ese sentido. Tampoco somos inocentes. Podías verla con otros ojos y nosotros insistimos, sobre todo, en la resistencia al cambio.

“Cambio es todavía hoy aquí una afrenta. ‘¿Qué es lo que hay que cambiar?’, me preguntó una vez un alto dirigente. ‘¡Todo!’, le respondí. ‘¿Ustedes no me instruyeron durante años en la filosofía marxista y el pensamiento dialéctico-materialista no reza que todo está en constante cambio y movimiento?’ Lo que pasa que para ellos ‘todo’ todavía sigue siendo solo algunas cosas. Cambia lo que ellos autorizan”, afirmó Cremata.

En el año transcurrido desde la reanudación de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba el 17 de diciembre, La Habana se ha llenado de banderas norteamericanas y de turistas; ha sido visitada por numerosas celebridades, entre ellas algunas estadounidenses. Los coloridos paladares, los ubicuos “almendrones” o automóviles de la era prerrevolucionaria, los coches de caballos y pequeños negocios de cuentapropistas han sido material de fotogalerías y artículos de color sobre la vida en la isla en múltiples publicaciones, y la ilusión de un cambio ha llegado hasta aquellos que se han dejado encantar. Los cubanos con recursos han tomado aviones para coger un descanso de la larga jaula de oro que fue la isla por cinco décadas, se han reencontrado con familiares y han abrazado a viejos amigos.

Sin embargo, la falta de libertades y la censura se han mantenido engrasadas como de costumbre en la isla. A veces la censura ha sido burda como el caso de Cremata; drástica y cruel como en el caso del artista grafitero Danilo Maldonado “El Sexto”, cuya sola idea de un performance con dos puercos nombrados Fidel y Raúl le costó 10 meses en prisión sin que se le celebrara juicio; o vigilante, como en el caso de Tania Bruguera, a quien por citar a un performance público en la Plaza de la Revolución se le retiró el pasaporte para impedirle salir de la isla, mientras se montaba guardia frente a su casa. Todo ello impone la pregunta de si Cuba terminará convirtiéndose en un caso como el de China, donde una febril actividad económica y el surgimiento de una clase media no han significado el fin de la represión y censura contra quienes disienten.

“Nosotros no conocemos a nuestros censores, quiero decir, no es como en China, que a los autores chinos les piden que quiten un fragmento, una alusión o un suceso determinado que les molesta al sistema. No. Nosotros nunca conocemos a nuestros censores y eso lo hace todo aun más complejo. Podemos quejarnos de la herida, pero nunca nombrarla”, expresó la escritora Wendy Guerra en respuestas a un cuestionario sobre la censura en la isla enviado por email.

Guerra, ganadora del premio Bruguera en el 2006 y a quien Francia reconoció en el 2010 con la Orden de Chevalier des Arts et des Lettres, señala que en Cuba no han publicado las novelas suyas que transcurren después de 1959, como Todos se van, Nunca fui primera dama y Negra. “Se encuentran trabadas en un limbo. Los originales los tiene el Instituto del Libro, pero el silencio es su mejor arma”, dice, apuntando que, por otra parte, no puede decir que no ha sido editada en la isla, porque sí publicaron su diario apócrifo de Anaïs Nin, Posar desnuda en La Habana, que transcurre en 1922.

Guerra (La Habana, 1970), una de las escritoras de su generación que ha permanecido en la isla, aunque con viajes y estancias en el extranjero, aborda la censura en su más reciente novela, que espera publicar próximamente con su casa editora, Anagrama, con sede en Barcelona.

“La protagonista es acusada por lo que escribe, el gobierno cubano dice que ‘ella’ es una fabricación de la CIA y el exilio dice que su literatura es un arma contra los escritores que viven fuera de la isla. ¿Quién es mi protagonista en realidad? De eso trata esta corta pero dura novela que he cerrado este verano”, adelanta la autora, destacando que su generación aprendió a lidiar con la censura partiendo de lo vivido por los creadores cubanos que la precedieron.

“Aprendimos la moraleja desde la dura experiencia de nuestros padres, ‘hay que escribir’ aunque aquí no te editen y ‘hay que engañar al censor’ para colgar un cuadro en una galería o hacer una intervención pública en un barrio complicado, delicado, conflictivo. Lo que no podemos es autocensurarnos. Si la censura ha tenido años de veneno, nosotros estamos desarrollando sus antídotos y creo que cada vez más asuntos se estarán debatiendo en la medida que no le dejemos sillas libres al censor invisible”, afirma, trayendo a colación una anécdota de su madre, la fallecida poeta y comunicadora Albis Torres, cuando trabajaba en la emisora Radio Ciudad del Mar, en Cienfuegos.

En 1983, cuando la invasión de Estados Unidos a Granada, a Torres se le exigió que trasmitiera la noticia de que todos los cubanos que trabajaban en el aeropuerto en la isla, se habían inmolado defendiendo posiciones, envueltos en una bandera cubana. “¿Cuántos cubanos caben dentro de una bandera, de qué tamaño era la bandera y quién vio y permitió aquello sin hacer nada, sin avisar a nadie, con tiempo para redactar un texto en teletipo y enviarlo a La Habana?”, recordó Guerra, indicando que la negativa de su madre de leer esta noticia manipulada le costó el puesto de trabajo.

“A partir de entonces se hicieron famosos en el medio los estigmas ‘ideológicos’ de mi madre, una periodista de provincia que jamás volvió al mundo noticioso, aunque sí le permitieron seguir en la dirección de programas musicales mientras buscaba trabajo y casa en La Habana. Esta es una buena forma de censura en un punto tan álgido como la radiodifusión”, apuntó.

Mordaza a la prensa

A pesar del afianzamiento de una sólida blogosfera interna, crítica con la realidad de la isla, la prensa sigue amordazada en Cuba, porque los medios, tanto impresos como audiovisuales, se mantienen en control del estado. Un informe del Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés) emitido en abril, concluyó que Cuba se encuentra entre los países donde la prensa enfrenta mayores restricciones. La lista, para cuya elaboración se tiene en cuenta el empleo de tácticas que van desde el encarcelamiento y las leyes represivas hasta el hostigamiento de los periodistas y las restricciones al acceso a la internet, está presidida por Eritrea y Corea del Norte, como los países con más violaciones, ocupando Cuba el décimo lugar, siendo a su vez la única nación de Latinoamérica en dicha lista.

El informe también señala que aunque “la internet ha abierto algún espacio para el periodismo crítico, a los proveedores de servicio se les ordena bloquear el contenido considerado inaceptable”. El cubano promedio no tiene acceso a internet desde su casa, y por lo tanto no puede leer las notas escritas por los blogueros, que a su vez tienen que subir el contenido a la red desde embajadas u hoteles. Hay que señalar que posteriormente a la emisión del informe se han abierto zonas de acceso a internet a través de WIFI, a un costo de $2 por hora, en un país en que el salario promedio mensual es de $20.

La vigilancia a los periodistas independientes y blogueros y las detenciones cortas se han mantenido. El escritor y periodista Angel Santiesteban, autor del blog Los hijos que nadie quiso, fue objeto de una de esas detenciones en noviembre, por escribir un artículo en defensa del opositor Lamberto Hernández. Santiesteban había sido excarcelado en julio, en libertad condicional, luego de cumplir dos años y medio de la condena de cinco que le habían impuesto.

Por otra parte, la prensa oficial sigue limitando el acceso a la información del cubano, y pasándola por el filtro que le conviene al gobierno. “De la crisis migratoria en Costa Rica no se publica ni se dice casi nada en Cuba. Lo único que alegan es para culpar a los Estados Unidos (el país para donde esos emigrantes se quieren ir) sin decir las causas por las que toda esa gente nuestra se está escapando de Cuba”, dijo Cremata, indicando que la censura “ha evolucionado” porque ha encontrado su disfraz perfecto, “la máscara dorada que más le acomoda”.

La censura travestida

En muchas ocasiones, la censura se ha escondido detrás de cuestionamientos estéticos, como fue el caso del cortometraje PM, realizado en 1961 por Orlando Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante, la primera película censurada oficialmente por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). El material fílmico, que en otras circunstancias o país hubiera sido inofensivo, mostraba la noche habanera –“una fiesta sin luces”, como la ha calificado Jiménez Leal, porque el entusiasmo posterior a 1959 comenzaba a apagarse y a ser sustituido por el miedo.

“Lo más curioso del caso es que el cortometraje de Jiménez Leal y Sabá Cabrera Infante no fue censurado por razones políticas, sino más bien estéticas y, sobre todo, personales (el enfrentamiento entre Alfredo Guevara, director del ICAIC, y Carlos Franqui, director del diario Revolución)”, explica Santiago Juan Navarro, profesor de FIU, que imparte con frecuencia un curso sobre Cine cubano. “Fue el resultado de una lucha por el poder cultural dentro de la Revolución; lucha en la que salió triunfante Guevara, que pronto se hizo con el control absoluto de la industria cinematográfica nacional. Pero quien más resultó beneficiado de todo el conflicto fue, sin embargo, Fidel Castro, que lo convirtió en un asunto de Estado y pudo, no solo deshacerse de rivales molestos, sino establecer una línea divisoria entre lo que se podía y no se podía hacer y decir en Cuba a partir de entonces”.

Para señalar la trascendencia del caso PM en la cultura cubana de las décadas siguientes, Juan Navarro prefiere citar al director Fausto Canel: “PM fue el comienzo del fin de la independencia de la cultura cubana”.

Así quedó recogido en la Constitucion Cubana de 1976, en el Capítulo V, dedicado al tema de la educación y la cultura (inciso ch): “es libre la creación artística siempre que su contenido no sea contrario a la Revolución. Las formas de expresión en el arte son libres”.

Independencia vs censura

La censura ha sido fustigada por los artistas de manera directa, como es el caso del corto Monte Rouge (2005), de Eduardo del Llano, en el que el protagonista, Nicanor, interpretado por Luis Alberto Ramírez, recibe con resignación al agente de la Seguridad del Estado encargado de colocar los micrófonos en la vivienda, y incluso le da pautas sobre los lugares más efectivos –y menos molestos para esconderlos. El corto, gracias a la internet, fue difundido ampliamente fuera de Cuba.

“La censura se hace cada vez más difícil en un medio, como el cinematográfico, donde ya la producción no está (o al menos no por completo) en manos del Estado, sino en la de jóvenes cineastas que ruedan en formato digital películas independientes que tienen una distribución fuera de las cauces tradicionales del cine anterior”, explica Juan Navarro.

Uno de estos cineastas independientes es Diddier Santos, que reside en Miami desde el 2012, y que traía en su haber los documentales Al final del camino, una denuncia de la situación de los ancianos en la isla, y Artículo 53, el que en la Constitución cubana se refiere a la prensa.

“Lo que más les molesta [a los censores] es que te puedas autofinanciar tus proyectos”, dice Santos. “Cuando eres independiente y tienes la capacidad de producir es el primer problema. Le quitas el control sobre ti”.

En estos casos, los censores comienzan por dar consejos sobre el proyecto, qué se puede decir y qué no. El segundo paso es preguntar “de dónde sacas el dinero”, dice Santos, que comenzó produciendo un show independiente en los jardines del restaurante 1830 y luego trabajó en la producción del Festival de música Rotilla, junto a su fundador Michel Matos.

Santos apunta que la producción independiente prácticamente asegura el encuentro frecuente con agentes de la Seguridad del Estado. “Viene uno vestido de civil y te dice que te quiere ayudar”, dice Santos, a quien, en broma, uno de estos agentes le propuso cooperar con ellos. También pueden buscar a los artistas y productores y llevarlos a una casa apartada en la playa o en el campo, para una conversación.

“Solo se es independiente para conseguir los fondos o al hacer algo underground”, precisa Santos, indicando que para filmar en exteriores en la isla es necesario pedir un permiso en un centro que pertenece al Departamento de Estado. “El que te atiende es un mayor del Ministerio del Interior, que recibe los papeles”, cuenta el director, que define la política cultural de Cuba como lo que sea “conveniente para el momento”.

Por su parte, la activista y bloguera cubana Lia Villares, señaló desde la isla el cierre de espacios independientes y la condena a artistas que se manifiestan diferentes.

“Es lamentable ver cómo ‘explota’ algún artista por ‘atrevido’, cómo censuran una obra de teatro, una película, un libro: cómo esto sigue ocurriendo de manera sistemática sin que la totalidad de los artistas se pronuncien y sigan como si nada, silenciando la injusticia, tratando de no meterse ‘en candela’ para venderle al primer coleccionista americano que pise su galería, ‘portarse bien’ para ser parte de la Bienal, todo lo cual considero una competencia inmoral”, dijo Villares, quien fue una de las más activas en la campaña que pedía la liberación de El Sexto.

Los artistas siguen pidiendo independencia

El historiador y ensayista cubano Rafael Rojas, radicado en México, recordó que la Ley de Cine propuesta desde hace años por una veintena de cineastas, adscritos a instituciones oficiales, no ha sido aprobada por el gobierno de Raúl Castro. La ley busca reestructurar la industria fílmica y reconocer de manera legal al cineasta como “artista independiente”, dejando a la vez un lugar para la producción separada del estado.

“El temor del Estado a esa Ley de Cine es que sirva de precedente para una autonomización mayor de toda la cultura cubana”, apuntó Rojas, investigador del Centro de Investigación y Docencia Económicas (CIDE), en la Ciudad de México, y Global Scholar en la Universidad de Princeton.

“El debate sobre la Ley de Cine demuestra que, para que haya una contención de la censura y un mejoramiento sensible de la libertad de expresión en Cuba, deben cambiar constitucional y jurídicamente las relaciones de subordinación de la cultura al Estado. Lo que están buscando los cineastas es lo que, eventualmente, buscarán todos los artistas y escritores: una verdadera independencia de sus gremios con respecto al Estado, es decir, el Ministerio de Cultura, y con respecto, también, al aparato ideológico y político del Partido Comunista que subordina al propio Estado y a toda la sociedad”, dijo Rojas, añadiendo que mientras se mantenga un régimen de partido único, ideología de Estado y control gubernamental de la sociedad civil y los medios de comunicación no habrá cambios con respecto a la censura.

Por su parte Cremata coincidió: “Si el escenario sigue siendo el mismo, con las mismas estúpidas ideas, el mismo gastado discurso, la misma arbitrariedad barbuda, la indolencia machista, el nepotismo ilustrado y el fascismo imperante (llámese como quiera llamársele, estalinismo, comunismo o lineamientos) no hay entonces que abrigar ninguna expectativa”.

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