Cuba

El Capitolio: un gigante habanero a la espera de nueva vida

El Capitolio se encuentra en reparaciones, como muestra la foto de enero de este año.
El Capitolio se encuentra en reparaciones, como muestra la foto de enero de este año. AP

Desmesurado, sin nada en común con la arquitectura tradicional cubana y escasa influencia sobre lo que se construyó después, el Capitolio se convirtió en un edificio emblemático de La Habana a fuerza de tamaño y símbolo.

El Capitolio es una pieza tangible de la corta y turbulenta temporada democrática cubana del siglo XX, una figura descollante que roba la atención de los visitantes y sirve como punto de referencia a los habaneros de todas las edades.

Inaugurado en 1929 –a un cuarto de siglo de la Independencia– como la sede del Congreso, la masiva arquitectura del Capitolio, sus suntuosos interiores, esculturas monumentales y cuidados jardines surgieron como una exageración, incongruente con el tamaño de la joven república (apenas 3 millones de habitantes), en medio de una ciudad que recién comenzaba a salir de los límites de su pasado colonial.

Pero en la Cuba de aquella época –una especie de Kuwait de azúcar caribeño–, las exageraciones eran la regla. Basta hurgar un poco para encontrar obras desproporcionadas, como el sorprendente teatro Arechabala de Cárdenas (desaparecido), o el Vicente Mora de Guanajay (en ruinas), levantados cuando allí vivían 25,000 y 6,000 personas. O los leones de mármol italiano a la entrada del cementerio de Consolación, al final de una alameda de dos cuadras, colocados allí cuando el pueblo tenía solo 3,000 almas y si acaso un entierro a la semana.

Las obras del Capitolio comenzaron en 1910, pero fueron periódicamente demoradas, a veces paralizadas, demolidas hasta el cimiento y reiniciadas por numerosas razones de presupuesto, arquitectónicas o políticas. No fue hasta 1926, en la primera administración del presidente Gerardo Machado (1925-1929; 1929-1933), que un empujón final coronó lo que es sin dudas –junto con la Carretera Central– la construcción civil más importante de Cuba en el siglo XX. Las obras finales duraron poco más de tres años hasta que fuera oficialmente inaugurado el Día de la Independencia, el 20 de mayo de 1929.

Costó $17 millones (unos $236 millones de hoy), suma equivalente a casi el dos por ciento de todas las exportaciones cubanas entre 1927 y 1929. Más de 8,000 trabajadores (tanto como el 6 por ciento de toda la fuerza laboral de La Habana entonces) fueron contratados para trabajar en el proyecto de los arquitectos Raúl Otero, Evelio Govantes y Félix Cavarrocas, encargados de las obras en las etapas finales.

Los elegantes interiores despliegan una amplia variedad de mármoles casi exclusivamente italianos y de ónix africano, elaboradas tallas en maderas preciosas, monumentales estatuas de bronce y un diamante de 25 quilates hundido en el piso del Salón de los Pasos Perdidos, justo debajo del ápice de la cúpula y a los pies de la estatua de la República (la ‘Inmensa Mujer’ de El Recurso del Método), marcando el Kilómetro 0 de la Carretera Central, también acabada ese año.

Durante tres décadas el Capitolio sirvió como la sede de la legislatura cubana, que se reunía en los hemiciclos de la Cámara y el Senado, situados en los extremos opuestos del edificio. Legisladores, políticos, funcionarios, empresarios, lobistas, intelectuales y activistas sociales se daban cita en sus muchas salas para trabajar en las leyes que manejaron la corta vida de la República. La Constitución de 1940, redactada en ese año con un fuerte acento social, es quizás la más importante de las leyes que se elaboraron en el Capitolio Nacional.

Treinta años después de su inauguración, la suerte del Capitolio cambió radicalmente.

En 1959 un gobierno ajeno a la discusión y el compromiso reemplazó las estructuras de la República, y las funciones del Congreso cubano cesaron. El edificio quedó vacío, como un elefante blanco, hasta que se fundara en él la Academia de Ciencias en agosto de 1962. Sus amplias salas se convirtieron en escenario de eventos académicos y albergaron las extraordinarias colecciones del Museo de Ciencias Naturales Felipe Poey, hoy casi perdidas después de décadas de abandono.

Parte del patrimonio del Capitolio desapareció o se dañó con el tiempo, incluyendo su exquisito mobiliario, el diamante del Salón de los Pasos Perdidos (supuestamente guardado en las bóvedas del Banco Nacional), muchos bronces, vitrales, mármoles y la admirable elegancia de sus jardines.

Pero quizás el más dañado de todos sus tesoros sea el archivo del Congreso de la República, depositado en los sótanos del monumental edificio. Desatendido por años, inundado en ocasiones y también –por qué no– saqueado, muchos documentos históricos y hasta los retratos al óleo presidenciales pueden haberse perdido. El desprecio por la República y sus instituciones, para la cual nunca se escatimó en abominación y escarnio, inutilizó cualquier barrera que protegiera su legado físico.

Por fortuna, este magnífico edificio, recordatorio tangible para todos los cubanos de su historia reciente, está sometido por fin a una extensa reparación dirigida por la Oficina del Historiador de La Habana. Se reemplazarán algunos mármoles, quedará limpia y segura la cúpula, desaparecerán las goteras, volverá el brillo a los bronces, los cristales a las ventanas, la luz a ciertos vitrales y el cuidado a los jardines, pero el Capitolio sigue en espera de que le sea devuelta su razón y que la isla de todos se maneje desde allí con tino, respeto y cordura. Mientras tanto será como un elefante disecado: grandísimo, llamativo, pero sin vida.

Eusebio Leal no puede cambiar eso.

Artículos relacionados el Nuevo Herald

  Comentarios