Cuba

Abogado de Washington atesora valiosa colección de objetos cubanos

Emilio Cueto en un rinconcito de su monumental colección.
Emilio Cueto en un rinconcito de su monumental colección. María Valero

El 14 de mayo, la Universidad Católica de Santo Tomás en Miami Gardens le otorgó a Emilio Cueto, exiliado cubano desde hace más de medio siglo, un doctorado honorífico en humanidades, como reconocimiento a “sus notables logros como abogado, autor, actor, entusiasta coleccionista de objetos cubanos y como ex alumno de [la Universidad] de Villanueva”, dice la carta en que el presidente de esa casa de estudios le anuncia el galardón. Todos estos logros son, sin duda, legítimos y meritorios, pero el diverso y vastísimo fondo que respalda su categoría de coleccionista descuella notablemente por encima de sus otros muchos talentos. En el ámbito de dos apartamentos contiguos en Washington, DC, Emilio ha reconstituido de manera que sólo puede definirse como exhaustiva y, al mismo tiempo, abrumadora, la integridad de una nación.


Hace por lo menos medio siglo que el joven que era entonces Emilio, escindido de Cuba como tantos otros exiliados, se propuso –mediante la búsqueda y el atesoramiento de libros, grabados, documentos y obras artísticas y artesanales relacionadas con su país de origen– el rescate de un mundo que, sacudido por la tormenta revolucionaria, se había descoyuntado a la vista de todos. Una desesperada voluntad de afirmación y un apego a sus raíces dio inicio a esta empresa que parece, al que se asoma a ella, como el resultado incesante del empeño ininterrumpido de varias vidas.

En la sala se destacan estanterías con vajillas inglesas, holandesas, españolas que, en su mayoría, reproducen escenas costumbristas de Miahle

¿Cómo conciliar este hobby con una exitosa carrera de abogado corporativo y una vocación de actor aficionado? Trabajando sin cesar, movido por un impulso incontenible de reunir todo lo que tenga que ver con esa “cultura” que define su propia identidad y que bien resume en una divisa que podría campear al frente de su colección “Nada cubano me es ajeno”. Ese nada tiene un desafiante sentido absoluto.


Centenares de mapas del país de su obsesión y otros tantos grabados antiguos de Cuba o inspirados en Cuba reposan en grandes carpetas horizontales, cuyas reproducciones, para facilitar su manipulación, se alinean, con riguroso orden alfabético, en otras carpetas más pequeñas. Súmese a esto todos los libros de referencia sobre Cuba, historia, geografía, ensayo, literatura desde luego. Un par de estanterías contienen todo lo relativo al tabaco, incluidos diseños y marquillas; un clóset lo ocupa enteramente el azúcar con un folder por cada uno de los ingenios que alguna vez hubiera; otro, el deporte; otro mayor, la música, clasificada por géneros, por compositores, por intérpretes, por instrumentos… En la sala se destacan amplias estanterías con vajillas inglesas, holandesas, españolas que, en su mayoría, reproducen escenas costumbristas de Frédéric Miahle. Es curiosa la difusión que tuvieron estas escenas –que a los cubanos nos son tan familiares– en ambientes tan distantes y ajenos a nuestra insularidad antillana.

Un par de estanterías contienen todo lo relativo al tabaco, incluidos diseños y marquillas; un clóset lo ocupa enteramente el azúcar con un folder por cada uno de los ingenios que alguna vez hubiera

Emilio cuenta, con la sencillez y la gracia que lo caracterizan, como en una modesta tienda de Manhattan, que alternaba las antigüedades con la venta de quesos, descubrió un plato mediano de factura holandesa que reproducía “El casero” de Miahle. Este hallazgo lo llevó a la búsqueda en Ámsterdam de otros congéneres de aquella pieza que irían, no sin la intervención de azares favorables, a integrar una de las colecciones que adornan hoy su sala. Miahle, sin duda, es una presencia tutelar en lo que ya hay quien llame “Emilioteca”, tanto como para llevarle a editar un libro que contiene todas las láminas del famoso grabador, a la izquierda de las cuales aparecen muestras de otros objetos (cerámicas, botellas, cubiertas de libros, programas de teatro, etc.) donde esa lámina se ha reproducido. Emilio no duda en calificar esta obra “como el libro cubano más bello del siglo XXI” y quien lo ve no duda de su aserto.


Pero hay libros bellos y raros de otro siglos que han llevado a este coleccionista a incurrir en lo que alguien menos apasionado catalogaría de temeridad o de dispendio. En esta categoría descuellan dos: un ejemplar de la edición príncipe de Los ingenios de la isla de Cuba, del hacendado Justo German Cantero, primorosamente ilustrado por Eduardo Laplante (sin duda lo más hermoso que haya salido jamás de una imprenta cubana) y la Historia natural de Antonio Parra, con 75 láminas (la mayoría de especies marinas) editado en La Habana de 1787 y que se tiene por uno de los primeros libros con ilustraciones a color de América Latina. En ambos casos, Emilio confiesa que tuvo que recurrir a un préstamo bancario para hacerle frente a la compra, aunque lo justifica graciosamente, “pero si hay quienes piden préstamos para comprarse un auto, que en definitiva no es más que un trasto de latón con cuatro ruedas de goma”.


Detrás del abigarramiento aparentemente caótico que, a primera vista, impresiona al visitante, rige un riguroso orden epistemológico que hace posible que Emilio tenga en la mano, tras breves instantes de búsqueda, lo que se propone encontrar, ya sea un libro, un mapa, una condecoración, el fragmento de un periódico, la bibliografía pasiva de un escritor vivo o difunto, una curiosa partitura… La música, que es otra de sus grandes pasiones, lo ha llevado a rastrear las huellas de su patria en las composiciones musicales de medio mundo y él no deja de sorprenderse de la resonancia –nunca mejor dicho– que el pequeño país caribeño ha tenido fuera de sus fronteras naturales, si se le compara con otros de la zona con extensión y recursos semejantes. (Una búsqueda suya de José Martí en la música arrojó más de 700 composiciones¡¡!!).

¿Qué destino ha de tener una colección como ésta? Emilio no duda en responder que ir a instalarse, en algún momento del futuro, en el país que la define, tal vez al amparo de la Iglesia Católica. Todo su empeño de coleccionista, investigador y divulgador de lo cubano –que desde su jubilación se ha convertido en tarea permanente– para él no es más que el intento de contribuir a la integración de una cultura fracturada atrozmente por el acontecer político. Noble propósito, como generoso de su parte el permitir que compartamos su singular universo precisamente en este 20 de mayo en que, hace 114 años, Cuba surgiera como nación independiente.

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