Cuba

Nuevo libro propone un Martí más real

Francisco Morán aborda aspectos controversiales de la vida y escritos de Martí, como su rechazo a los inmigrantes, en ‘Martí la justicia infinita’
Francisco Morán aborda aspectos controversiales de la vida y escritos de Martí, como su rechazo a los inmigrantes, en ‘Martí la justicia infinita’

Con la misma vehemencia con la que en 1993 organizó en La Habana una serie de homenajes por el centenario de la muerte de Julián del Casal, y más adelante le dedicó los libros de ensayo Casal à Rebours (1996) y Julián del Casal o los pliegues del deseo (2008), el ensayista y profesor Francisco Morán ha acometido una enjundiosa investigación sobre la vida de José Martí en su libro más reciente, Martí, la justicia infinita (Verbum, 2014).

Exiliado desde 1994, Morán obtuvo en 2002 su Ph.D en Georgetown University con la tesis Guardarropías del deseo: los escondites del modernismo. Su trayectoria como profesor abarca cerca de 15 años, primero en George Washington University, y luego en Southern Methodist University, de Dallas, Texas, donde actualmente reside.

El fundador en 1998 de la revista literaria electrónica La Habana Elegante, conversó con El Nuevo Herald sobre varios de los tópicos que fundamentan su libro.

En este libro te detienes en la imagen del joven del grillete, y comprobamos que Martí nunca fue ajeno a un proyecto de reificación de su figura.

Eso es lo que sostengo: el involucramiento de Martí, desde muy temprano, en su propia reificación: mártir, héroe, significante de la comunidad nacional. Martí usó y explotó la narrativa del presidio para asegurar su autoridad moral. Porque como el de Jesús, el sacrificio de Martí resulta finalmente impagable: termina siendo el significante de una deuda que nos esclaviza.

A lo largo de todo el libro señalas a varios estudiosos que no pueden permitirse “salpicar la estatua” de José Martí.

El culto es el límite que entorpece la lectura crítica. Si Martí se cae del caballo, si de verdad una lectura crítica hace que se tambalee, los cubanos perderían el último referente de la república ideal que ningún gobierno ha conseguido. Se trataría del Apocalipsis simbólico para dos identidades que han sido pensadas como frentes de batalla: la de Cuba y la de Nuestra América.

Las ideas de Cuba y de patria han estado siempre ligadas al exilio y al destierro. Los últimos 55 años han exacerbado esta experiencia, el pathos, el dolor del arranque de raíz a un nivel sin precedentes, ni siquiera en las dictaduras de tan mala memoria como las de Machado y Batista.

En contraposición, tú propones una crítica “atravesada por la sospecha”.

En 1991, en Caracas, pedí que me llevaran a la estatua de Bolívar. Allí noté que estaba toda cagada de pájaros. No pude dejar de pensar en la de Martí del Parque Central [de La Habana]: siempre impoluta, sin una sola mancha. Luego un amigo me comentó que cada día, antes del amanecer, la limpiaban con una manguera.

Lo importante no es si esto es cierto. Se trata de que para sus creyentes –y él es una creencia, una fe– Martí es la pureza hecha hombre, y desde luego mármol. La sola idea de que alguien pueda dudar significa traición, ingratitud, deslealtad y. sobre todo, una mancha sobre la blancura de la estatua.

Si bien en México Martí instaba al gobierno a regular la entrada de extranjeros y prevenía del peligro de la “raza extraña”, ya en Nueva York, insta a las autoridades a resguardarse del “vulgar asedio de la inmigración”.

Lo cierto es que en ambos países promovió políticas de Estado específicamente contra los inmigrantes, a partir de principios racistas y eugenésicos. ¿Podría alguien dudar de que de haber sido nombrado Presidente de la República en 1902, habría tomado cartas en este asunto?

Por eso me gustaría que mi libro se publicara en Cuba, y que se debatiera, que se cuestionara, pero que se le concediera el derecho a existir y a llegar a todos los lectores.

En 1980, un documental sobre el Mariel realizado por Santiago Álvarez incluía la frase de Martí: “Hay que cargar los barcos con los insectos que le roen el hueso a la patria que los nutre”.

Por eso comento que la frase en el documental de Santiago Álvarez no es una distorsión de lo expresado por Martí en Nuestra América. En primer lugar porque tiene todos los visos de un pronunciamiento legislativo, y luego porque la metáfora eugenésica deja en manos del estadista la decisión de quiénes serán considerados insectos enojosos, gusanos, y en el caso nuestro, cubanos “impuros”. Contrario a lo que podría pensarse, a todos debería importarnos su postura sobre la inmigración.

Has visto a Martí en Nueva York oscilar “entre el deseo y el rechazo”. ¿Hablamos de una real historia de amor?

Si estamos conscientes que no hay amor sin tensiones, sin discusiones y hasta peleas... Pienso que Nueva York se le metió a Martí en los huesos. Un año antes de irse a Cuba, le escribe una carta a Valdés Domínguez en la que se refiere a Nueva York como “su casa”.

Y luego está la fundación de Martí City (esa especie de gueto virtuoso, exclusivo para cubanos, en pleno estado de Florida), las recaudaciones de fondos para la lucha en Cuba.

Está el constante cortejo de las bolsas de los capitalistas americanos de Ocala, el entusiasmo con que le comenta a Gonzalo de Quesada el agasajo que le brindaron, en paralelo a la incomodidad que le produjeron las ideas anarquistas que halló en el lugar. Mi estudio se completa en Martí City con el juego de pelota que allí se celebró para festejar el 10 de octubre, en el que se enfrentaron los equipos Patria y José Martí.

¿De haber sobrevivido, cuál crees que hubiera sido el posicionamiento de Martí de cara a esa República de virtuosos que tanto le obsesionaba?

Todo sugiere que Martí se hubiera opuesto a la eliminación de la propiedad privada. Y en cuanto al comunismo o al socialismo, ni soñarlo. Si el Martí del Parque Central de pronto empezara a agitar los brazos y a predicar otra revolución, pondrían el mármol con toda su pureza frente al paredón de fusilamiento.

El problema es no hacer de la tragedia de Martí una farsa. Porque en Martí hay una tragedia real, espantosa, que tiene consecuencias políticas no menos atroces. Por eso la película de Fernando Pérez es dolorosa de mirar y perturbadora para el pensamiento. Creo que lo mejor sería cambiar nuestra relación con él. Todo, menos la culpa. No más deudas. Por eso creo posible una reconciliación, aunque no basada en el olvido. A lo que hay que renunciar es a la viabilidad política de Martí.

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