Venezuela

Fincas venezolanas tienen que alimentar a sus trabajadores para que no pasen hambre

El agricultor Juan Daniel Arzola tiene que alimentar a los trabajadores de su finca en estado venezolano de Guárico.
El agricultor Juan Daniel Arzola tiene que alimentar a los trabajadores de su finca en estado venezolano de Guárico. Especial para el Miami Herald

Cuando los trabajadores de la finca de Juan Daniel Arzola en Guárico empezaron a llegar el año pasado demasiados débiles para trabajar debido al hambre, el dueño de la granja supo que tenía que hacer algo.

Este agricultor de 75 años decidió vender menos productos agrícolas para poder alimentar a sus empleados y sus familias.



"Tengo que escoger entre comprar gasolina para mis tractores o tener alimentos suficientes para mis hombres”, dijo Arzola, quien tenía puesto un sombrero de ala ancha en medio del calor del mediodía.

"Llegaban tan débiles que casi se desmayaban", dijo.

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El agricultor venezolano Juan Daniel Arzola, quien vive en Guárico, dijo que sus trabajadores llegaban a la finca demasiado débiles para poder trabajar debido al hambre. Humberto Duarte Especial para el Miami Herald

En un país donde el hambre se ha convertido en algo de todos los días, tanto que los venezolanos han perdido un promedio de 24 libras de peso, la idea de que los agricultores reduzcan la cantidad de productos que venden pudiera parecer ilógica e incluso inhumana.

Pero en momentos que el país pasa por una profunda crisis económica —y no se sabe cómo ni cuándo se solucionará— los agricultores y sus empleados tienen que sacar nuevas cuentas porque el costo de la producción agrícola se ha disparado. En noviembre del año pasado, Arzola pagaba 80,000 bolívares —en ese momento unos 75 centavos de dólar— por un litro de aceite industrial. El mes pasado, el precio se disparó a 1.6 millones de bolívares, unos $7 . Eso significa que Arzola no puede darse el lujo de hacer crecer su negocio. Y si lo hace, eso significaría no poder alimentar a sus trabajadores.

Si los empleados están demasiado débiles para trabajar, la finca de Arzola produciría mucho menos. Además, los empleados hambrientos, para sobrevivir, buscarían empleo en otra finca que los alimentara.

Otros agricultores de Guárico han tenido que adoptar la misma postura.

“La mayoría de nosotros ahora pagamos la mano de obra con alimentos, no dinero”, explicó Julio Hernández, de 50 años y dueño de una finca lechera. Todas las semanas, Hernández entrega dos litros de leche a cada uno de sus 10 empleados. En Venezuela, donde muchos niños padecen de desnutirición severa, la leche es algo que no tiene precio.

La calidad de vida de los trabajadores agrícolas también ha sufrido debido a la hiperinflación, que en este momento es de aproximadamente 2,600 por ciento, alegan legisladores de la oposicón. El Fondo Monetario Internacional pronostica que la inflación se disparará a 13,000 por ciento para finales de este año.

Según un reciente estudio de la Universidad Central de Venezuela y otras dos casas de estudios superiores, el 90 por ciento de los venezolanos viven ahora en la pobreza.

Como resultado, algunas personas de áreas urbanas se van a zonas rurales en un esfuerzo por sobrevivir porque en las ciudades hay mucha escasez de alimentos.

“Hay gente que se está mudando al campo porque allí más o menos se sobrevive con un pequeño terreno, del que se puede comer”, dice Phil Gunson, de International Crisis Group, una organización no gubernamental internacional con sede en Caracas.

"Pero eso no soluciona la situación de la salud. La gente no se puede medir la presión arterial, así que mueren de un infarto o de un derrame cerebral. No hay quimioterapia para los pacientes de cáncer. La gente que tiene enfermedades crónicas sencillamente no puede conseguir sus medicinas”, advirtió Gunson.

En Guárico, donde a las fincas remotas solamente se puede llegar en la temporada seca, los peligros para la vida son elevados debido a la falta de medicinas, que escasezan seriamente bajo el gobierno del presidente Nicolás Maduro.

Hernández, el dueño de la finca lechera, dijo que a su ahijada de 21 años se le acabó la insulina y hubo que llevarla al hospital. “Mi ahijada murió en una ambulancia a la que se le ponchó una llanta”, dijo Hernández. "Perdió la vida porque no había otra llanta para cambiar ni otra ambulancia".

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La venezolana Leydi Dorante dirige una de las pocas fincas productoras que quedan funcionando en Guárico. Humberto Duarte Especial para el Miami Herald

Ese tipo de historias son comunes, como los secuestros. Leydi Dorante, también dueña de una finca, tuvo que pagar un rescate de $300,000 cuando su hijo mayor fue secuestrado. Esta viuda de 39 años con tres hijos dirige ahora una finca grande en una región llamada Chaguaramal.

Su finca produce lo suficiente para vender. Eso es algo raro en las regiones rurales de Venezuela. En el camino entre Guárico y la capital, Caracas, se ven fincas deterioradas, campos desantendidos llenos de malas hierbas y carreteras llenas de baches.

“A cualquier lugar que uno va en Venezuela se ven estas cosas. Poblados con proyectos a medio construir, casas saqueadas y ruinas donde los vagabundos tratan de sobrevivir", dice Rubén Soffer, geógrafo y escritor caraqueño que ha escrito sobre Guárico y otras zonas rurales.

Soffer ha observado cambios significativos en Guárico durante la crisis económica y social que afecta al país. Además de la baja en la producción agrícola y una tremenda falta de efectivo, la inseguridad personal ha echado raíces en la mente de la gente en Guárico, dijo. A pesar de la característica hospitalidad de la región, los agricultores, recelosos, en los últimos tiempos tienen armas a la mano y no confían en nadie.

"Si usted de acerca mucho a una finca y no lo conocen, el dueño pudiera dispararle”, advirtió Arzola.

Pero muchos están demasiado desesperados para tenerle miedo a los agricultores armados. Dorante dijo que constantemente tiene que hacer frente a personas hambrientas que tratan de entrar sus campos para buscar maíz para hacer arepas. Otros vienen a sacrificar sus animales para comer o para vender la carne en los mercados.

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Ganado en la finca de Leydi Dorante en Guárico, Venezuela. Humberto Duarte Especial para el Miami Herald

“Yo pierdo aproximadamente el 5 por ciento de mis ganancias" por el robo, calculó Dorante, quien agregó que las grandes fincas como la de ella pueden absorber las pérdidas.

“Pero para los pequeños productores, ese nivel de robo afecta mucho el negocio” dijo.

Aunque a ella le gusta la vida de la finca —el trabajo, montar a caballo y la naturaleza— no quiere que su hija de 4 años siga sus pasos. Con los secuestros, la delincuencia, la dificultad para conseguir equipos agrícolas, la falta de medicinas y preocupaciones de que el gobierno les expropie las tierras, Dorante dice que espera que sus hijos encuentren otra forma de ganarse la vida.

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