Séptimo Día

Israel, una aventura del espíritu: Tras las huellas de Jesús

Altar del Gólgota en la basílica del Santo Sepulcro.
Altar del Gólgota en la basílica del Santo Sepulcro. Cortesía Sharif K. Abdo

Israel –la herencia cultural y el país, la historia y la geografía– es siempre una evocación de arraigo. Está en nosotros, en los millones que formamos parte de esa entidad que es Occidente, en las lecciones seminales con que se funda una idiosincrasia: los relatos que narran los mayores, las primeras lecturas, las tradiciones fundadoras… Desde temprano, desde que tenemos memoria, está presente ese territorio entrañable –sujeto hoy a una arbitraria partición– y la herencia que nos lega, inseparable de la fe y la ética que definen el carácter de una civilización. Gústenos o pésenos, en Occidente todos somos judíos.

Viajar a Israel es siempre una expedición a las raíces. País deslumbrante y lleno de tesoros históricos, pero en modo alguno exótico. En él nos sorprende, más bien, una grandeza familiar: espacio cuya realidad no vamos a descubrir, sino a constatar –palpando las piedras venerables– un ámbito que siempre ha convivido con nosotros, que es parte de nuestra memoria y nuestra aspiración; por eso ir a Israel, aunque se trate de la primera vez, bien puede definirse como un reencuentro con nosotros mismos.

Los peregrinos que acuden por decenas de millares en estos días –a la conmemoración anual de la pasión, muerte y resurrección de Jesús– empiezan su peregrinación en el sitio donde Jesús concluyó su ministerio: Jerusalén, la ciudad tres veces milenaria y santa para los tres grandes monoteísmos. En Jerusalén, según el relato evangélico, Jesús entró triunfalmente, y allí se despidió de sus amigos en una cena memorable, y allí fue arrestado, juzgado y ejecutado. Allí también, según la misma tradición, Dios le levantó de los muertos.

La Vía Dolorosa

Los lugares asociados a los acontecimientos capitales de este maestro judío, a quien casi un tercio de la humanidad tiene por la encarnación de Dios, han sido frecuentados por los cristianos durante muchos siglos y, necesariamente, han sufrido las inevitables transformaciones y desfiguraciones del tiempo. El punto focal es, desde luego, la basílica del Santo Sepulcro, dedicada al culto el 14 de septiembre del año 335, que alberga bajo su techo lo que, tradicionalmente, se ha tenido por la tumba de Jesús y también la roca sobre la que se alzó la cruz de su suplicio.

A la basílica llegan los peregrinos en procesión todos los viernes haciendo un recorrido, de aproximadamente medio kilómetro, que serpentea a través del bazar del barrio árabe por la llamada Vía Dolorosa, la cual se inicia en el lugar donde una vez estuvo la Torre Antonia, al norte del monte del Templo, residencia de los gobernadores romanos en tiempos de Jesús y donde se cree estaba el tribunal de Pilato –en la actualidad hay allí una universidad musulmana (Umariya School). A lo largo de esta ruta, la piedad cristiana ha consagrado –con tarjas conmemorativas y varias iglesias y capillas– los hitos de ese camino al Calvario, algunos de los cuales se citan en el registro evangélico y otros –las tres caídas, el encuentro con su madre y el de la mujer que le enjuga el rostro en el que deja impresa su imagen [el vero icono; de ahí verónica]— se derivan de la tradición.

En el área inmediata de la Torre Antonia, se encuentra el arco del Ecce Homo [“he aquí el hombre”], las palabras con que Pilato presenta a Jesús ante la multitud acusadora después de la flagelación, un momento antes de lavarse las manos y enviarlo a la cruz. Adyacente al arco está el convento de las hermanas de Nuestra Señora de Sión, debajo del cual los peregrinos pueden ver un salón enlosado de piedra (lithostrotos) que se tiene por el piso del recinto donde Pilato celebró el juicio de Jesús. Aunque su autenticidad se discute –como tantas otras cosas en una ciudad que ha sufrido tantas mudanzas a través de la historia–, es uno de los sitios que más suscitan la devoción y la meditación.

Dos gólgotas y dos sepulcros

La basílica, que ha sido destruida y reconstruida varias veces en sus 17 siglos de existencia, ostenta –y sobrepuja– la profusión ornamental de los templos bizantinos. La capilla del sepulcro se levanta debajo de la altísima cúpula, cuya última restauración, obra del artista norteamericano A. F. Normart, se concluyó en 1996. Sin embargo, la sensación de pesantez puede abrumar al visitante como las plegarias y continuos rituales de las cinco iglesias cristianas –Ortodoxa Griega, Católica Romana, Siríaca, Armenia y Copta– que se disputan el lugar y tienen celosamente parcelada hasta la última pulgada del famoso santuario. A la capilla ortodoxa griega de la crucifixión se asciende por una escalera de 19 peldaños y su altar se levanta sobre la roca donde una vez se alzaron las tres cruces.

El lugar, no obstante, tiene autenticidad de origen, pues los romanos, para disuadir a judíos y cristianos de frecuentar sus lugares sagrados, construyeron un santuario pagano sobre las ruinas del Τemplo de Jerusalén y otro, dedicado a Venus, en el sitio que se tenía por el sepulcro de Jesús al pie de la colina del Calvario. Cuando Elena, la madre del emperador Constantino, quiso rescatar este último, le bastó orientarse por la presencia del templo pagano que mandó a demoler y en cuyo sitio erigió la basílica. Es de lamentar, sin embargo, que la enorme iglesia haya servido no solo para conservar, sino también para desfigurar el ámbito original que solo puede rehacerse por vía de la imaginación.

Los peregrinos que aún aspiren a ver un escenario más natural, menos alterado por la edificación, tienen la alternativa de visitar la llamada Tumba del Jardín, un típico sepulcro judío de la época de Jesús, labrado en la roca y que aún conserva esa especie de pequeño canal por el que se deslizaba la piedra redonda que le servía de puerta, tal como describe el Evangelio la tumba que José de Arimatea facilitó la tarde de aquel viernes para sepultar a Jesús. La tumba, descubierta en 1867 y desenterrada unos veinte años después, se encuentra al pie de una colina de piedra que, bien mirada, tiene forma de calavera (la palabra Gólgota en hebreo significa “lugar de la calavera”). Desde hace más de un siglo, el sitio, cuya antigüedad sólo se ve comprometida por unos anacrónicos letreros en inglés, se ha convertido en punto de peregrinación de protestantes, sobre todo del mundo de habla inglesa, muchos de los cuales lo tienen por el auténtico sepulcro de Jesús, aunque no hay ninguna prueba arqueológica definitiva que respalde este aserto.

El Monte de los Olivos

El Calvario y el sepulcro (ya sea cubierto o a la intemperie) no son los únicos lugares que atraen a los peregrinos cristianos, que acuden también a visitar el Aposento Alto o Cenáculo –donde Jesús celebró la última cena y donde descendió el Espíritu Santo sobre sus seguidores el Día de Pentecostés– y el Monte de los Olivos: una eminencia que se levanta al este de Jerusalén y que debe su nombre a los olivos que, desde tiempo inmemorial, crecen en su falda. El monte ofrece una visión única de la explanada de las mezquitas (donde alguna vez estuvo el Templo) y de la ciudad vieja de la cual lo separa el valle o garganta del Cedrón, que es un inmenso cementerio.

En la falda del monte se encuentra el huerto de Getsemaní donde, según el Evangelio, Jesús oró y fue consolado por un ángel, donde Judas le dio el beso traidor y donde lo arrestaron para llevarlo a casa de Caifás. Es un sitio pequeño y sobrecogedor, en el que hay algunos olivos que se cree ya estaban allí la memorable noche del primer Jueves Santo y que aún producen aceitunas. Contiguo al huerto está la basílica de Getsemaní, también llamada de La Naciones o de la Agonía. El templo actual, construido a principios del siglo XX por el arquitecto Antonio Barluzzi, contiene la roca sobre la cual, según la tradición, Jesús oró la noche de su arresto. El templo neobizantino (edificado en el mismo lugar donde ha habido iglesias desde el siglo IV), al igual que el huerto, está al cuidado de los frailes franciscanos.

Galilea, donde empezó esta historia

Pero si el último capítulo de la vida de Jesús está asociado a estos lugares de Jerusalén, el comienzo de su extraordinario ministerio hay que ir a buscarlo al norte, a la región de Galilea, a un par de horas en auto desde Jerusalén: en Nazaret –que ya no es la aldea de hace 20 siglos– o junto al mar de Galilea –o lago de Genesaret–, donde Jesús reclutó a sus primeros seguidores. En sus riberas abundan los sitios que recuerdan las palabras y los milagros del “Hijo del Hombre”: Cafarnaúm, Tiberias, el monte de las Bienaventuranzas; Tabgha, donde se conmemora el milagro de la multiplicación de los panes y los peces y la Primacía de San Pedro: la responsabilidad que el Maestro resucitado le impone a Simón, el viejo pescador, al hacerlo cimiento de la Iglesia.

No lejos del mar de Galilea –antes de que el Jordán se adentre en los embalses responsables de que la mayor parte de su cauce esté hoy seco– en un hermoso remanso del río, se ha habilitado un sitio –Yardenit– para los que quieren tener, o renovar, la experiencia del bautismo. Millares de peregrinos de todas las denominaciones cristianas acuden todos los años a bautizarse en ese pequeño paraíso, pese a no ser el sitio donde Jesús se bautizó, que apenas existe hoy, pobre y contaminado, mucho más al sur. No obstante, aquí se recuerda –en casi todas las lenguas– el pasaje de su bautismo y aquí, sin duda, empieza para muchos una renovación de la aventura de la fe.

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