Séptimo Día

‘Hamilton’, un exitazo boricua en Broadway

Lin-Manuel Miranda la noche del estreno de ‘Hamilton’ en el Richard Rodgers Theatre, el 6 de agosto, en Nueva York.
Lin-Manuel Miranda la noche del estreno de ‘Hamilton’ en el Richard Rodgers Theatre, el 6 de agosto, en Nueva York. Invision/AP

Con solo entrar en escena el protagonista y creador de Hamilton, Lin-Manuel Miranda: vital, atractivo y talentoso, el espectador se da cuenta de que esta obra no trata de Hamilton, el prócer de la república norteamericana, sino de los latinos. Y por extensión, de todo inmigrante o extranjero que vive en EE.UU., con toda su energía y sueños.

Señal de una buena pieza teatral son las múltiples interpretaciones que posibilita. El nivel musical, la letra de las canciones bien estructurada y elegante, la coreografía deliberadamente exuberante y el eclecticismo, es netamente Broadway, en el mejor sentido de la palabra. Como en todo musical exitoso, cada canción adelanta la acción, ninguna letra, ningún parlamento es superfluo. Del teatro se sale tarareando las canciones. Emocionados por la efervescencia de la obra.

No nos importa que Thomas Jefferson (el cómico y energético Daveed Diggs), ni Aaron Burr (el taciturno Leslie Odom, Jr.), ni el Marquis de Lafayette (también David Diggs), sean negros o latinos, tal como son estos actores en Hamilton. Lo que sí recordamos es la atmósfera bulliciosa y contenciosa de la Revolución Americana y los años que le siguieron cuando Hamilton abogó por el federalismo, más poder al gobierno central, entre otros detalles. Y por otra parte, Jefferson, que abogó por una unión donde los estados individuales tuvieran más poder. Somos testigos de la historia de este bastardo, inmigrante pobre proveniente de la isla caribeña de Nevis, que luchó en la Revolución, estableció el sistema bancario de la nueva nación y fue el principal arquitecto de Los Papeles Federalistas, que hasta el día de hoy definen la estructura legal y social de lo que somos como nación.

Todo el mundo sabe que Lin-Manuel Miranda es latino. No creo, sin embargo, que todo el mundo sepa que es puertorriqueño, de la cepa del patriota Gilberto Concepción de Gracia, y de familia de actores de primera, como son Ernesto Concepción y Cordelia González y de una gentileza, cariño y humildad que son características netamente boricuas.

Su Hamilton es un homenaje a la libertad, a la amistad, al amor puro y también el amor complicado, a la lealtad y a la traición. Un homenaje a la patria. En el escenario la patria es Estados Unidos. Postuló una lectura de Hamilton donde la patria es Puerto Rico. La antropóloga Dra. Geraldine Casey sugirió el enlace natural entre Hamilton y Las Antillas, entre Hamilton y el gran Betances.

Hamilton es una obra de y para inmigrantes. La trayectoria del boricua de la isla a la urbe es evidente. Solo es necesario escuchar la letra de la canción que abre el show: “En New York tú puedes ser un hombre nuevo. Ya verás’’, o la canción entusiasta, Levántate (Rise up!) o cuando un personaje canta “Los inmigrantes, cumplimos!” (“ Immigrants, we get the job done!”) y el público irrumpe en aplausos.

Con su Hamilton los críticos están de acuerdo en que Miranda redefine el musical de Broadway por muchas razones: porque no opta por lo fácil ni lo superficial, porque fielmente recrea la biografía sobre Hamilton de Ron Chernow, el ganador del cotizado Premio Pulitzer, que tanto le interesó a Miranda desde hace unos siete años. Chernow estuvo íntimamente envuelto en la elaboración de la obra y se maravilló de cómo Miranda pudo resumir páginas y páginas de su libro en aquella primera canción. Y así sucesivamente, capta y da vida a la palabra escrita, y es así como hace teatro del bueno.

Miranda se crió en Washington Heights, donde sus padres tocaban los discos de los musicales de Broadway aunque no tenían el dinero para ir a muchas de las obras. Hamilton refleja cabalmente esa influencia, tanto como su gusto musical ecléctico: el R&B, el Britpop y el hip-hop, que Miranda aprecia por ser “una forma musical que permite meter mucho contenido en las letras”.

La urgencia del momento revolucionario se refleja en las canciones que impulsan el desarrollo de los personajes. Las canciones revelan quién es Hamilton –listo, hábil, incansable, ingenioso. No quiero perder mi momento (My shot); Satisfecho (Satisfied); Por qué no para él? (Non-Stop); Quién vive, quién muere, quién cuenta tu historia? (Who lives, who dies, who tells your story?), la canción plañidera del prócer Aaron Burr, quien llega a matar a Hamilton en un duelo. Enojado y frustrado canta la máxima canción de los marginados, los excluidos, Quiero estar en la sala donde pasa todo (The Room Where it Happens).

Destacamos la canción dirigida a Hamilton, ¿Por qué escribes como si se te acabara el tiempo? (Why do you write like you’re running out of time?) que capta el apremio de todo extranjero por hacer su vida en el nuevo país y también la conmovedora canción del muy digno y sabio George Washington cuando rehúsa otro periodo presidencial y urge a su fiel compañero y ayudante de confianza, Hamilton, a que “Vamos a enseñarles a decir adiós”.

Recrea el ambiente turbulento de la revolución con las canciones, Al mundo al revés (To The World Turned Upside Down); con The Schuyler Sisters, quienes cantan a favor de la igualdad de las mujeres en la nueva república (con Elisa se casa Hamilton, y con Angélica tiene una relación intelectual); con la irónica canción ¿Qué me perdí?, del fanfarrón Jefferson, quien pasó la revolución en París y el comiquísimo King George (Jonathan Groff), quien pauta toda la obra con sus sardónicos comentarios desde Inglaterra “Volverán!” (You’ll be back!).

Otra contribución significativa de la obra de Miranda es pintar la revolución norteamericana envuelta en una manta de voces y acentos plurales. Todos los actores hablan tal como hablan en la calle. Ninguno cambia su acento ni su entonación. Observa la profesora Ana Celia Zentella, distinguida lingüista nuyorican, que para un público privilegiado que paga un mínimo de $167 para ver la obra, saldrá del teatro con sus oídos y corazones plenos de las voces y la música de las minorías jóvenes actuales que representan a los jóvenes forjadores de la patria, no los retratos fosilizados de hombres blancos sino hombres jóvenes de color que representan la audacia de aquellos fundadores de la nación, inmigrantes todos.

De los muchos momentos de gran vitalidad y fuerza escénica distingo uno pequeño que realza cuán completo es Hamilton como drama: cuando Eliza (Phillipa Soo) toma la mano de Hamilton en un acto de perdón por haberla engañado con Maria Reynolds. Aquel gesto, físicamente mínimo, sin embargo, es máximo en significado, y revela a Miranda como consumado dramaturgo quien maneja todos los elementos dramáticos a favor de la obra.

La sorpresa mayor de la pieza, de la cual nos damos cuenta en los últimos momentos, es que Hamilton es una obra feminista, y la protagonista es Eliza, la esposa aparentemente sumisa, que en realidad vive 50 años más que Alexander Hamilton y cuida y crea su legado, al fundar orfanatos, publicar sus escritos, abogar contra la esclavitud y forjar una vida de servicio y contribución que la marca como una temprana feminista. Su conmovedora canción, ¿Hice bastante? (Have I Done Enough?), plantea la pregunta desgarradora y universal que no solamente resume la vida de ella. Esto me lo confirmó el propio Lin-Manuel Miranda cuando me dijo sonriendo, “¡Claro que es feminista! Es su obra. Por eso se llama Hamilton. ¡Nunca dije cuál Hamilton!”.

Hamilton aparte, es evidente al hablar con Miranda que él lleva a Puerto Rico en su corazón. “Echo de menos a Puerto Rico. Tan pronto como pueda, quiero estar allá”, nos dijo. Me atrevo a decir que por el resonante éxito y las ventas sin precedentes de Hamilton, ese viaje no se dará hasta un futuro un poco lejano.

Gloria Waldman es autora de libros sobre teatro y feminismo en Puerto Rico y España, periodista en Puerto Rico y Nueva York y doctora en filosofía y letras.

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