Séptimo Día

El éxodo de los sirios resalta el fracaso político de Occidente

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Llamativas imágenes de desesperación a la puerta de Occidente han hecho que, por el momento, Siria vuelva a tener la atención mundial: refugiados apiñados en estaciones ferroviarias y brincándose las bardas fronterizas; niños sirios ahogados, a los que el mar arrastró a las playas, una niña con vestido de lunares, un niño con unos zapatitos.

Nunca fue un secreto que, tarde o temprano, una marea en aumento de refugiados sirios rompería las líneas de Oriente Próximo y se dirigiría a Europa. No obstante, poco se hizo en las capitales occidentales para detener o mitigar el desastre en cámara lenta que le acontecía a los civiles sirios y provocaba que huyeran.

“La crisis de los inmigrantes en Europa es, esencialmente, autoinfligida”, comentó Lina Jatib, una investigadora adjunta en la Universidad de Londres y, hasta hace poco, jefa del Centro Carnegie en Oriente Próximo, en Beirut. “Si los países europeos hubiesen buscado soluciones serias a los conflictos políticos como el de Siria, y hubieran dedicado suficiente tiempo y recursos a la asistencia humanitaria en ultramar, Europa no estaría en esta posición hoy”.

Las causas de la crisis actual son suficientemente claras. A los países vecinos, como Líbano y Jordania, los abrumaron los refugiados y cerraron sus fronteras a muchos, en tanto que los fondos internacionales humanitarios se fueron quedando cada vez más cortos en términos de la satisfacción de las necesidades. Luego, las pérdidas del gobierno sirio y otros cambios en el campo de batalla provocaron que nuevas oleadas de personas huyeran del país.

La estampida incluye a la clase media y acaudalada

Algunas de esas oleadas se pensaba, en un principio, que se la jugarían en Siria, y son diferentes a refugiados anteriores que tendían a ser pobres y vulnerables, o que los buscaba el gobierno, o eran de zonas duramente golpeadas al inicio de la guerra civil. Ahora, quienes parten incluyen a más personas de clase media o acaudaladas, a más partidarios del gobierno y más habitantes de zonas que al principio eran seguras.

Uno de ellos, Rawad, de 25 años, partidario del gobierno y egresado de la universidad, salió rumbo a Alemania con su hermano más chico, Iyad, de 13 años, quien, por ser menor, podría ayudar a que toda la familia obtenga asilo.

Caminaron desde Grecia para ahorrar dinero, Rawad informó en un mensaje de texto, durmieron en los bosques y en las estaciones ferroviarias junto a familias del norte de Siria que se oponían al presidente Bashar Assad.

A personas como Rawad e Iyad se le unieron cantidades crecientes de refugiados que, por algún tiempo, habían encontrado refugio en países vecinos. Líbano –donde una de cada tres personas ahora es un refugiado sirio– y Jordania han tomado medidas enérgicas para las políticas de ingreso y residencia para los sirios. Hasta en Turquía, un país más grande, más dispuesto y con mayor capacidad para absorberlos, las nuevas tensiones políticas internas hacen que su destino sea incierto.

A medida que aumentaba la cantidad de sirios desplazados –en este momento asciende a a 11 millones–, en comparación con unos cuantos en el 2011, los esfuerzos por llegar a una solución política ganaron poca tracción. Estados Unidos y Rusia discutían en el Consejo de Seguridad, mientras que aviones de combate del gobierno sirio seguían bombardeando en forma indiscriminada; el Estado Islámico tomó nuevas áreas, otras organizaciones insurgentes combatieron contra las fuerzas gubernamentales y entre sí, y se colapsó la economía siria.

Ayuda humanitaria en quiebra

Durante años, Yacoub el Hillo, el más alto funcionarios humanitario de Naciones Unidas en Siria, ha estado advirtiendo que, con la crisis siria –la “peor de nuestro tiempo”–, el sistema internacional de ayuda humanitaria ha “llegado al punto de quiebre”, en especial, a medida que los prolongados conflictos se apilan en todo el mundo, en Afganistán, Irak, Somalia y otras partes.

“Es el precio del fracaso político”, dijo en Beirut, en marzo, y declaró que el fallo del sistema de ayuda es el resultado del estancamiento estratégico respecto a Siria. “Es una afrenta directa a la paz y la seguridad internacionales”.

Dijo que a Estados Unidos le cuesta $68,000 la hora volar los aviones de combate que se utilizan para atacar al Estado Islámico, mientras que Naciones Unidas ha recibido menos de la mitad del dinero que necesita para hacerse cargo de la mitad de la población desplazada de Siria antes de la guerra.

Tan solo para los países vecinos, se han recibido solo $1,670 millones de los $4,500 millones que se necesitan. Se han dado $908 millones de los $2,890 millones que se necesitan para los desplazados en Siria. Se cancelaron esta semana los beneficios del Programa de Alimentación Mundial para 229,000 refugiados sirios en Jordania.

“Realmente, no es una cuestión de dinero”, dijo El Hillo. “Es una cuestión de en cuál olla se coloca el dinero”.

Son pocos los refugiados a los que han aceptado los actores regionales y mundiales que han apoyado a los combatientes en el conflicto. Los Estados árabes del golfo y, en menor grado, Estados Unidos han armado y entrenado a los grupos rebeldes, en tanto que Rusia e Irán han armado y financiado al gobierno de Assad, pero esas potencias han dedicado mucho menos a la asistencia humanitaria. La política también se entromete en la ayuda, y los combatientes tratan de restringirla en zonas que controlan sus oponentes.

En una reciente reunión de donantes en Kuwait, El Hillo dijo el miércoles, que tuvo que enfatizar que “se puede hacer más, no solo por parte de los donadores tradicionales, sino por donadores nuevos, principalmente Arabia Saudita, los Emiratos Arabes Unidos y Catar, para apoyar los esfuerzos humanitarios en Siria”.

Los sirios tienen tan poca esperanza de una solución en el futuro cercano que las conversaciones, entre partidarios y oponentes por igual, en la capital, Damasco, se han convertido en planes para llegar a ultramar, en especial a Europa. Es una ruta que toman todos, desde los acaudalados, cuyo dinero no siempre compra visas, hasta los pobres, los que es frecuente que vendan todo para financiar el viaje. Mientras que muchos, ricos y pobres por igual, se arriesgan en transportes ilegales en barcos a Grecia desde Turquía, quienes tienen dinero pueden ir por aire o tierra en distintos trechos del viaje –al optar por una especie de boleto de primera clase–, en tanto que los pobres caminan durante días.

Por todas partes hay signos de que no todos los que suben a las embarcaciones están económicamente desamparados. En vuelos de Beirut a la ciudad turca de Adana, que cuestan cientos de dólares, las azafatas piden por el intercomunicador a los pasajeros que no se quiten los chalecos salvavidas. Los transbordadores para turistas que salen de las islas griegas rumbo a Atenas, en los que los boletos pueden costar $100, van llenos de sirios.

Líbano está expidiendo visas de tránsito a sirios que toman autobuses de la frontera al puerto de Trípoli y trasbordadores comerciales de allí a Turquía. Hace poco viajaba Yamal, un partidario del gobierno que huyó después de que los extremistas del Estado Islámico tomaron Palmira, donde era dueño de un café. Como los otros sirios entrevistados, solicitó que solo se usara su nombre de pila para evitar poner en peligro su intento de obtener el asilo.

Al principio, se había mudado de un lugar a otro dentro de Siria, vivía “como un vagabundo”, dijo, pero “sin trabajo, sin dinero, sin casa”, decidió dirigirse a Turquía para trabajar en un café y contemplar irse más allá.

Hace poco, los barcos de Grecia que salen de Turquía transportan a numerosos activistas formados en universidades y a insurgentes que combatieron tanto al gobierno como al Estado Islámico, pero que, por ahora, se han rendido y buscan una vida nueva en el extranjero. En algunas de las mismas embarcaciones, van jóvenes que provienen de familias pro gobiernistas, pero evaden la conscripción.

Ahmed, un agrónomo de 36 años, dijo que en la oficina gubernamental donde trabajaba en Damasco se había reducido el personal de 23 a siete empleados porque los hombres en edad de ser reclutados salieron del país, en su mayoría, rumbo a Europa.

El costo del viaje

Hasta los acaudalados comerciantes sunitas de Damasco están haciendo planes, incluidos algunos que, si bien no son los grandes partidarios de Assad, han puesto los negocios por encima de la revolución y lo han ayudado a permanecer hasta ahora.

Abu Moaz, de 45 años, y sus dos hermanos son dueños de una fábrica de galletas, justo afuera de Damasco, y perseveraron cuando las fuerzas gubernamentales ocuparon la zona a su alrededor y exigieron cada vez más sobornos. Mudaron la operación al barrio Miden en la capital, pero los milicianos gubernamentales seguían parando sus camiones de reparto para recibir los sobornos.

“Ahora solo trabajamos para los retenes”, dijo Abu Moaz justo antes de salir. “Es mejor empezar una vida nueva en Alemania”.

Pagó $3,500 por persona, por su esposa, sus dos hijos y él, para seguir la ruta de lujo en el transbordador de Líbano a Esmirna, en Turquía; continuar a Grecia en una embarcación inflable de contrabandistas, y llegar a Alemania en un camión refrigerador, en lugar de caminar durante un mes.

Al llegar a Alemania, reportó buenas noticias: algunos de sus amigos tenían empresas nuevas que ya estaban prosperando.

“Uno de mis amigos abrió un restaurante damasceno”, contó. “El otro abrió una tienda de dulces”.

Sin embargo, no todas las familias tienen tanta suerte. Se encontró a Aylan Kurdi, de tres años, boca abajo en el oleaje en una playa turca, uno de por lo menos 12 sirios que se ahogaron cerca.

Abdulá Kurdi, el padre del niño, dijo en una entrevista que la familia había huido primero de Damasco y después de su hogar ancestral, la ciudad kurda de Kobani, a la que el Estado Islámico ha atacado repetidas veces. Estaban tratando de emigrar a Canadá, pero no podían obtener el permiso para viajar legalmente. También se ahogaron su hijo Galib de cinco años y sus esposa Rehan.

“Si no pueden trabajar juntos para salvar a estos niños”, escribió en Twitter Adnan Hadad, un activista de la ciudad siria de Alepo, mientras la imagen del niño se hacía viral, “los dirigentes mundiales deberían encontrar otro planeta que gobernar”.

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