Séptimo Día

El dolor no distingue razas

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Varias personas, entre ellas el jefe de policía de la localidad californiana de Richmond (segundo desde la derecha), protestan contra la muerte de afroamericanos a manos de agentes.
Varias personas, entre ellas el jefe de policía de la localidad californiana de Richmond (segundo desde la derecha), protestan contra la muerte de afroamericanos a manos de agentes. AP

La pelea iba en las primeras rondas y era exactamente la distracción que yo necesitaba. Había pasado los días anteriores cubriendo el caso de Michael Brown, atrapado en el deprimente juego de conjeturas sobre lo que sucedería si un gran jurado decidiera no encausar al agente de policía que lo mató.

Ahora estaba en un bar, mirando el televisor con mi cuñada, que vive cerca. Hacíamos bromas con los extraños que nos rodeaban, analizábamos los golpes que veíamos en el televisor. Había una de esas vibraciones en las que a un tropezón accidental en un bar atestado le seguía un cortés “Disculpe”, un lugar donde los deprimentes pensamientos de inquietud se desvanecían bajo la banda sonora de una estruendosa música de rap. Todo se sentía bien.

Hasta que escuchamos el primer estallido.

En una fracción de segundo (que yo sentí mucho más larga) me volteé para mirar hacia la oscura distancia a través del salón y me tiré al suelo. Parecía que todo había quedado en silencio. El tiempo se detuvo por un momento. Y después, ¡pum, pum, pum, pum!

Eran disparos.

Mil ideas cruzaron mi mente. ¿Quién estaba disparando? ¿La multitud llegaría corriendo a donde estábamos nosotros y nos aplastaría? ¿En qué dirección volaban las balas?

Yo sabía que tantos disparos en un lugar tan abarrotado solo podían tener resultados fatales. Cuando después supe exactamente lo que había sucedido, quedé obsesionado y furioso.

Hay que admitir que es fácil perder la sensibilidad ante la violencia de las armas, especialmente en el caso de un reportero que suele cubrir crímenes. Afortunadamente, puedo agradecer que nunca he perdido a nadie cercano a causa de las armas. Pero nunca he subestimado su gravedad, ni ignorado el flagelo que constituyen para la sociedad, especialmente en comunidades de color como la mía.

Y ciertamente nunca he creído el trillado argumento que inevitablemente surge siempre que personas de la raza negra protestan cuando policías o civiles blancos les disparan a negros. El argumento es más o menos así: “¿Por qué los negros no se indignan tanto cuando un negro mata a otro negro?”

Como era de esperarse, la mañana posterior a la balacera en el bar, escuché a Rudolph Giuliani, ex alcalde de Nueva York, plantear esa misma pregunta en el programa de televisión Meet the Press. La había escuchado antes, a raíz de incidentes igualmente violentos, como el asesinato de Trayvon Martin, un adolescente negro desarmado que fue muerto a tiros en la Florida por un hombre blanco e hispano.

“Esto es tan ofensivo como cuando un extranjero pregunta por qué los estadounidenses se indignan tanto por los atentados en el World Trade Center cuando los estadounidenses matan a más estadounidenses de los que ha matado Al Qaeda”, observa Antonio D. French, concejal de St. Louis que participó en las protestas por la muerte de Brown. “Es así de ofensivo”.

Los que enarbolan ese argumento, agregó, suelen ser los mismos que no tienen ni idea de lo que sucede en los barrios negros.

“Nosotros hablamos de esto sin parar”, señala French, que es negro, acerca del problema de la delincuencia.

French encabeza una campaña para instalar cámaras de seguridad en toda la comunidad. Ha trabajado con agencias judiciales en iniciativas de seguridad comunitaria y suele ofrecerle a la policía información cuando ocurre un delito, pues los residentes generalmente confían más en él que en las autoridades judiciales.

Better Family Life Inc. es una organización de desarrollo comunitario que envía voluntarios de puerta en puerta los fines de semana para hablar con los jóvenes sobre los recursos comunitarios de que disponen. La organización ha realizado marchas contra la violencia y aportado servicios de apoyo a las familias que han perdido a seres queridos. También ofrece capacitación laboral, tutorías y programas culturales de arte.

“Todas estas cosas, naturalmente, tienen efecto en las zonas de mucha delincuencia, en cuanto a contener el flujo de violencia”, afirma Malik Ahmed, director ejecutivo y fundador de Better Family Life.

Aun así, comparar la reacción ante la violencia en la comunidad negra con el estruendo por el asesinato de Brown es como comparar manzanas y naranjas, aseguran líderes de la comunidad.

Cuando una persona de la raza negra mata a otra de la misma raza, se espera que si se encuentra al culpable, se le castigará con todo el peso de la ley. Pero para muchos afroamericanos, no siempre existe esa certeza cuando el que disparó el gatillo es un policía o alguien que no sea negro.

“La queja y la rabia es por el sistema, no por la muerte en sí misma”, explica French.

“Es especialmente irritante cuando los asesinos son policías”, asegura Ahmed, pues “ellos son una entidad dentro del estado mismo, por lo que cuando el estado muestra falta de sensibilidad, los miembros de la comunidad sienten que es un caso evidente de abuso”.

Lo que viví después del tiroteo en el bar constituyó un recordatorio emocional de la rabia y el dolor que acompañan las matanzas cometidas entre afroamericanos.

Al correr hacia una salida trasera vi a una mujer sollozando a quien otro cliente trataba de consolar. Lo que se difundió en los medios sociales fue que un guardia había sido herido y las reacciones fueron agudas.

“Hay idiotas en todas partes”, comentó una mujer en Facebook.

Otra mujer remató su comentario en Twitter invitando a rezar.

Al día siguiente quedó al descubierto la total falta de sentido del incidente cuando la policía emitió su reporte temprano en la mañana. Un hombre salió del bar para fumar un cigarrillo pero después le negaron la entrada, por lo que trató de colarse por la puerta de salida. Ahí el portero lo derribó de un empujón. El tipo se fue pero regresó con un arma, entró por la puerta de salida y le disparó al portero varias veces. Éste, de nombre Herbert Burnett y de 30 años de edad, falleció en el hospital.

Yo no hablé con Burnett, pero me obsesionó al pensar en mi breve encuentro con él, esa tarde, cuando me abrió la puerta de salida cuando fui a dejar mi abrigo en el auto. Cuando supe que él fue el único que murió, me sacudió la idea de que apenas unas horas antes había dado su último aliento.

Burnett dejó a su esposa –su novia de la escuela superior– y un hijo de ocho años. La madre de Burnett, Marnita Perkins, se desmayó al enterarse de su muerte, contó su marido, Lynee R. Perkins, padrastro de Burnett. No salió de su casa durante dos días. Perkins, destacado abogado penal de la región de St. Louis, dijo que su hijastro era aficionado al softbol, muy bromista y que quería ser bombero. Esa era apenas su segunda noche en el trabajo de portero, empleo secundario que tomó porque quería ganar un poco de dinero extra para las vacaciones.

“Simplemente me dominó una sensación de pérdida abrumadora”, recuerda Perkins. “Y me di cuenta del vacío que eso iba a dejar, y que el dolor que iba a causarle a toda la familia iba a ser insoportable”.

Lo que escuché de Perkins fue el mismo dolor que escuché de los padres de Brown y el mismo profundo anhelo de justicia. Y la indignación no era menor porque el asesino hubiera sido negro.

Unas 24 horas después del asesinato, la policía arrestó a un sospechoso, Jamal T. Martin, que en un irónico giro del destino, había sido cliente de Perkins en otro caso.

Perkins me dijo que la policía había entrevistado a unos cien testigos y que así había ido surgiendo la imagen de una víctima querida por mucha gente.

“Eso hizo que fuera más fácil hacer el trabajo”, le dijo un detective a Perkins, “pues ciertamente él merece justicia”.

Ese sentimiento tiene mucho efecto para reforzar la credibilidad del sistema de justicia entre los afroamericanos y para disipar las inconformidades.

© The New York Times 2014

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