Séptimo Día

El pueblo de Cuba ante el porvenir

El senador demócrata Patrick Leahy (der.), junto a los representantes Debbie Stabenow (centro) y Chris Van Hollen (izq.), habla a los medios el 17 de enero, a su llegada a un hotel en La Habana.
El senador demócrata Patrick Leahy (der.), junto a los representantes Debbie Stabenow (centro) y Chris Van Hollen (izq.), habla a los medios el 17 de enero, a su llegada a un hotel en La Habana. EFE

El 17 de diciembre, viajé a Cuba para acompañar a Alan Gross de vuelta a casa tras cinco años en una prisión en La Habana. Fue una experiencia jubilosa, y el catalizador para la decisión del presidente Obama, con el firme apoyo del Papa Francisco, de trazar un nuevo rumbo de reconciliación entre el pueblo de Estados Unidos y Cuba.

Como dijo el Presidente en su discurso del Estado de la Unión, ya es hora de poner fin al embargo, que no ha conseguido –durante ocho presidencias norteamericanas– ninguno de sus objetivos y ha sido usado por el régimen de Castro como una falsa excusa para su gobierno totalitario. También ha sido una excusa para otros gobiernos, entre ellos algunos de nuestros aliados democráticos, para evitar presionar a Cuba para que haga reformas, y ha dañado nuestras relaciones en el hemisferio.

El lunes, regresé de otra visita a La Habana. Hablé con cubanos en la calle, así como con reformistas y activistas que han pagado caro su valerosa oposición al paternalismo y la opresión del gobierno. Algunos se oponen a la decisión del presidente Obama, temiendo que pueda prolongar el poder de los Castro. Pero la mayoría abrumadora dijo que les ha dado esperanza, cosa que hacía mucho tiempo que no tenían.

No es extraño que algunas voces en el Congreso condenaran las acciones del Presidente. Sus argumentos se reducen a esto: Cuba sigue siendo un estado unipartidista cuyo gobierno castiga severamente la disidencia y patrocina el terrorismo.

En el primer punto tienen razón. Los disidentes políticos y los defensores de los derechos humanos son acosados y encarcelados. El cubano promedio tiene un acceso legal limitado a noticias que no sean propaganda gubernamental al estilo soviético.

Pero la solución de los críticos del Presidente es más de lo mismo, aunque no haya funcionado en cinco décadas, no haya hecho nada para ayudar a Alan Gross o al pueblo cubano, y ha permitido a los Castro culpar al llamado “bloqueo” de Estados Unidos por las penurias cotidianas que sufren 11 millones de cubanos debido a un sistema económico disfuncional.

Los críticos del Presidente también aplican un flagrante doble rasero. Dicen con razón que el gobierno cubano debe liberar a todos los presos políticos; dar acceso sin restricciones a la internet; permitir a los cubanos viajar libremente; permitir el periodismo independiente y celebrar elecciones libres. Como muchos de los que se oponen al embargo norteamericano, coincido con todo esto.

Pero ignoran que muchos amigos y aliados de Estados Unidos, con quienes no solo tenemos relaciones diplomáticas sino que les vendemos armas y les damos una ayuda costeada por los contribuyentes norteamericanos, no cumplen con las anteriores normas. Arabia Saudita y Egipto son dos ejemplos. Los críticos al parecer creen que las relaciones diplomáticas y el comercio en todas partes, excepto en Cuba –incluidos países cuyas fuerzas armadas controlan la economía– responden a nuestro interés nacional, a pesar de la represión y la corrupción de otros gobiernos.

Y cuando piden con razón al gobierno de Cuba que deje a sus ciudadanos viajar libremente –ignorando que los cubanos, incluidos los disidentes, están viajando con más libertad ahora que en los últimos 53 años– quieren evitar que los norteamericanos visiten Cuba. No hay otro país en el mundo al que los turistas norteamericanos no puedan visitar por la prohibición de su propio gobierno, pero los críticos del Presidente defienden este doble rasero absurdo.

El otro argumento de los críticos es que el régimen castrista patrocina el terrorismo, principalmente porque apoyó a los rebeldes de las FARC, que han cometido actos de terrorismo en Colombia. Lo que no dicen es que desde hace tres años Cuba es la sede de negociaciones entre el gobierno colombiano y las FARC para poner fin a un conflicto de 50 años. El presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, un estrecho aliado de Estados Unidos, ha elogiado el papel de Cuba.

Por último, los críticos del Presidente acusan con vehemencia a cualquiera que no comparta su fijación con las sanciones ineficaces y unilaterales de apologista, de ser culpable de “apaciguamiento” o de “legitimar” al régimen de Castro. Esto también podría aplicarse a otros países, incluso a aliados cercanos, que desde hace tiempo tienen relaciones diplomáticas con Cuba.

Como autor de muchos proyectos de ley sobre derechos humanos en las dos últimas décadas, sé que esas calumnias son tan inexactas como ofensivas. También sé que los Castro tratarán de mantener su control. La normalización será un proceso, y su ritmo dependerá en parte de las acciones de Cuba, incluida la solución de reclamaciones de propiedades.

Como en otros países con gobiernos represivos, nuestra embajada en La Habana defenderá el derecho de los cubanos a la libre expresión. Y apoyará los intereses comerciales de Estados Unidos, a los ciudadanos estadounidenses que visiten Cuba, a los empresarios privados cubanos, y los intercambios con el pueblo cubano, en el cual la mayoría de sus integrantes nació después de la revolución de 1959. Son el futuro de Cuba, y más que seguir aislándolos y aumentando su desesperación, debemos hacer lo que podamos para ayudarlos a prepararse para el porvenir.

Senador demócrata por Vermont, presidente pro tempore emérito del Senado y miembro del Subcomité de Asignaciones en el Departamento de Estado y Operaciones Extranjeras.

leahy.senate.gov

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