Sur de la Florida

El drama de los estudiantes sin hogar en Miami

Miami-Dade encabeza el estado en el número de estudiantes desamparados con 2,382, más que 
suficiente para llenar toda una escuela, según las cifras estatales. La cifra constituye un 
aumento del 8 por ciento en comparación con el año escolar 2006-2007. En la foto, Pricilla Diaz (izq.), de 10 años, y Annesha Smith, de 5, juegan con un Gameboy.
Miami-Dade encabeza el estado en el número de estudiantes desamparados con 2,382, más que suficiente para llenar toda una escuela, según las cifras estatales. La cifra constituye un aumento del 8 por ciento en comparación con el año escolar 2006-2007. En la foto, Pricilla Diaz (izq.), de 10 años, y Annesha Smith, de 5, juegan con un Gameboy. MIAMI HERALD STAFF

En el downtown de Miami, decenas de niños salen del mayor albergue de desamparados del condado para ir a la escuela primaria.

En Homestead, una estudiante de secundaria esconde la cabeza en un pasamontañas cada vez que entra en su casa provisional --avergonzada por tener que vivir en un albergue-- mientras que en un refugio de Pompano Beach, un niño de 8 años trata de acostumbrarse a su nuevo medio ambiente.

Y en el NW de Miami-Dade, una niña de 12 años que vive en un puesto de frutas sin paredes --y se baña en una pila-- hace su tarea en un mercado de pulgas cercano.

Todos se encuentran entre el creciente número de estudiantes desamparados del sur de la Florida, niños que viven en albergues, moteles, autos, casas de parientes y en las calles porque sus padres han perdido sus casas.

Miami-Dade encabeza el estado en el número de estudiantes desamparados con 2,382, más que suficiente para llenar toda una escuela, según las cifras estatales. La cifra constituye un aumento del 8 por ciento en comparación con el año escolar 2006-2007.

Broward ha experimentado una ligera disminución en el número de estudiantes desamparados con 1,642 identificados en el último año escolar, en comparación con más de 1,200 estudiantes, hasta el momento, en este año. Pero los funcionarios esperan que el número va a ser mucho mayor.

"Creo que vamos a ver alrededor de 3,000 estudiantes este año o ciertamente 2,500'', dijo Dianne Sepielli, coordinadora del programa de estudiantes desamparados de Broward.

A escala estatal, los expedientes muestran un agudo incremento en el número de estudiantes identificados por sus distritos como desamparados. Fueron 34,375 en el último año escolar en comparación con los 16,430 de 2003-2004. La cifra de estudiantes desamparados del 2006-2007 fue de 30,878 en comparación con los 29,545 de 2005-2006 y los 28,805 del 2004-2005.

Y no todos los estudiantes reportan que están desamparados, manifestaron los administradores.

Para muchos de ellos, el verse sin un hogar ha trastornado su mundo.

Los muchachos de los albergues dicen apreciar tener un techo. Pero también reconocen que tienen que enfrentar un ambiente extraño lleno de regulaciones estrictas, temperamentos explosivos y pequeños robos. Además está el estigma de no tener casa propia y, según dicen los adolescentes, el temor de que se sepa y se burlen de ellos.

"No quiero que mis amigos lo sepan'', afirmó un joven de 14 años que se mudó a un albergue de Overtown el mes pasado cuando su padre perdió su trabajo de chofer de rastra y luego su apartamento en la Pequeña Habana. El jovencito de octavo grado en la escuela intermedia Jose de Diego, en Wynwood, declinó decir su nombre.

"Si lo supieran, se reirían de mí'', indicó.

En cuanto a los padres, tienen que vestir a sus hijos, llevarlos a la escuela a tiempo y resolver otras necesidades básicas. Algunos se las han arreglado para mantener sus empleos, pero otros tienen que buscar trabajo en un clima económico que no muestra síntomas de rápida mejoría.

"La depresión me afecta todos los días'', señaló Wilson Santiago, de 50 años, chofer de rastra desempleado que vive en un albergue de desamparados de Pompano Beach con Mathew, su hijo de 8 años. "Mi hijo me pregunta qué pasa y no tengo respuesta. Sólo puedo decirle, ‘No eres un adulto' ''.

Un reciente viernes por la tarde, Santiago estaba en la puerta de su albergue esperando por que su hijo, que está en segundo grado, regresara de la primaria Charles Drew. Cuando llegó el autobús, se bajaron cuatro niños, seguidos por Mathew.

"Para un niño de 8 años, lo está tomando muy bien'', dijo Santiago, que pasó del Economy Lodge a un albergue de Hollywood antes de llegar al albergue de Pompano Beach a principios de enero. ‘‘Mientras tenga un techo sobre la cabeza, está bien'', dijo.

Al igual que dos docenas de otros niños del albergue, varios maestros ayudan a Mathew después de clases en sus asignaturas y la preparación para el FCAT.

Mathew ve su nuevo hogar con sentimientos encontrados: le gusta su litera pero los ronquidos de un compañero de cuarto lo despiertan por la noche.

"No es buen lugar para dormir'', expresó Mathew. "Ronca mucho'', manifestó señalando a su padre.

El centro de Pompano Beach ha convertido un edificio de almacenes en un dormitorio familiar que alberga hasta seis ocupantes. Han arreglado un patio para juegos y han introducido clases de paternidad desde la pasada primavera.

"Fue cuando empezamos a oír sobre una llegada de familias'', sostuvo el director del centro, James Whitworth.

En uno de los mayores albergues de Miami-Dade, el Community Partnership for Homeless en Overtown, los niños de primaria van llegando a media tarde y pasando a través de un detector de metales. Un guardia de seguridad vigila la entrada.

Madeleine Paige y sus dos hijos su mudaron para el Community Partnership for Homeless --más conocido por "el HAC'', un acrónimo para homeless assistance center-- tras haber perdido su trabajo como asistente de tráfico escolar. Se atrasó en el alquiler y le llegó el aviso de desalojo. Fue a vivir con su madre en el Pequeño Haití, hasta que el casero le dijo que se tenía que ir, o se iba a tener que ir su madre.

Ella y sus dos hijos, de 11 y 9 años, durmieron una noche en su auto y dos noches en un motel.

"No teníamos absolutamente ningún lugar a donde ir'', dijo Paige, 36.

Un día no pudo más.

Paige canceló el tutoreo de FCAT de su hijo James, de 11 años, en la escuela primaria Orchard Villa en Model City. La razón fue el costo de la gasolina y la incapacidad para pagar las reparaciones del auto.

"Esa mañana me eché a llorar'', dijo Paige, que hace poco consiguió un trabajo temporal para la Oficina del Censo de Estados Unidos. "Tuve que decirle, ‘No estamos en nuestra propia casa'. Fui muy duro para mí''.

Para estudiantes mayores, el desamparo es algo que es mejor esconder.

"Al principio me daba vergüenza'', dijo Nicole Ayala, de 16 años, que pasó cuatro meses viviendo en un albergue de Homestead el año pasado. "No quería estar allí''.

Nicole se cubría la cabeza con un pasamontañas cuando entraba en el albergue, un lugar que detestaba por sus reglas, sus interdicciones y su connotación.

Nicole ahora está tratando de conseguir su GED y vive con sus padres en un apartamento de Naranja provisto por Carrfour Supportive Housing, una organización no lucrativa que se especializa en conseguir hogares estables para gente que vive en la calle.

Aunque algunos estudiantes desamparados dejan de prestarle atención a sus calificaciones, otros brillan en las aulas.

En un albergue de Overtown, donde un programa después de clases mantiene en forma a los estudiantes, 40 de unos 100 niños que viven allí llegaron a puestos de honor en el último trimestre, según el director de mercadeo del centro.

En otras partes, los estudiantes desamparados afrontan retos mayores.

Como una niña de 12 años que duerme con su madre en una delgada colchoneta en un puesto de frutas al aire libre cerca del mercado de pulgas bajo techo en la NW 79 St. y 27 Ave. Guardan sus ropas y zapatos en cajas de cartón y se bañan en una pila.

El pasado semestre, el niño de sexto grado de la escuela intermedia de Madison, en el NW de Miami-Dade, recibió dos A, tres B y dos C y tiene un GPA de 2.57, dijo Laura Peña, la coordinadora de estudiantes desamparados. Número total de ausencias: 3.

La jovencita de 12 años, cuya madre no quiere que se publique su nombre, no encaja en el estereotipo de los desamparados. Vestida con una camisa amarilla estilo polo, pantalones caqui y brazaletes blancos se comporta con una madurez insólita para su edad. Su indigencia no parece molestarla pero tampoco quieren hacerle publicidad.

"No iría a la escuela si lo descubrieran'', afirmó.

Su madre se jacta de que ambas viven una vida convencional aunque sin cuatro paredes e instalaciones sanitarias. "Vivimos como gente normal, pero sin casa''.

Cuando una familia pierde su casa, los administradores escolares hacen lo más que pueden para mantener a los estudiantes en sus escuelas de origen. Subrayan que es importante mantener la escuela como un ambiente estable.

Mientras tanto, los administradores escolares están trabajando para acomodar las necesidades de los estudiantes. Peña ya ha repartido todos sus suministros escolares y bolsas de libros, artículos que generalmente duran hasta marzo. También acaba de trasladar a dos tutores de un albergue del Ejército de Salvación a un albergue de Overtown debido a la abundancia de niños. Y ha aumentado la frecuencia de las clases de paternidad de una vez cada tres meses a una vez al mes.

Peña dijo que no es probable que su trabajo vaya a disminuir.

"Probablemente esto va a empeorar antes de que mejore'', expresó. "Probablemente voy a estar muy ocupada durante un buen tiempo''.

tdaniel@MiamiHerald.com

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