Sur de la Florida

Bajo el puente del Julia Tuttle, desesperanza y temor

Jig baila mirando la ciudad desde su morada bajo el viaducto Julia Tottle.
Jig baila mirando la ciudad desde su morada bajo el viaducto Julia Tottle.

El trecho de arena cada vez más reducido debajo del Viaducto Julia Tuttle, tiendas de campaña y chozas que se llenan de personas que han violado o agredido sexualmente a otros. Una colonia de convictos que no tienen otra opción que crear una comunidad propia.

Ya hay 66, tres veces más que hace un año.

"A este lugar le dicen campamento, como si fuera bonito y divertido'', dice Osvaldo Castillo, de 29 años, convicto de haber abusar de un niño de 6 años. "No es nada divertido. Vivimos como animales y tratamos de sobrevivir como podemos''.

Ha habido colapsos nerviosos, intentos de suicidio y ataques cardiacos con el tranquilo trasfondo de la Bahía de Biscayne y el cambiante panorama del horizonte miamense, un lujo que los molesta tanto como la dirección del grupo en los registros estatales: "Transeúnte''.

Los 65 hombres y una mujer que viven aquí no tienen nada de transeúntes. Han comenzado a levantar estructuras de madera donde antes había tiendas de campaña. Un banco de levantar pesas es ahora sólo uno de muchos.

Cuando amanece los hombres abrazan a sus esposas --algunas llegan en carro por la noche-- y comienzan su día. Tienen que estar de regreso antes de que caiga la noche o los pueden enviar a prisión por infringir su libertad condicional.

En el 2005 la Comisión del Condado Miami-Dade se convirtió en uno de los muchos gobiernos locales que han aprobado ordenanzas que convierten a los delincuentes sexuales en parias. Se les prohíbe que vivan a menos de 2,500 pies de cualquier lugar donde se congreguen niños. El gerente adjunto de Miami-Dade, Pete Hernández, informó a los comisionados que no iban a quedar lugares para que los delincuentes vivieran, excepto en el lujoso Pinecrest.

Había otras opciones: que durmieran en el aeropuerto, acamparan en los Everglades o se congregaran debajo del viaducto que une a Miami Beach con el territorio continental.

O podían irse de Miami-Dade. Pero los condados Palm Beach, y este mes Broward, aprobaron ordenanzas similares.

Con tan pocas opciones, los delincuentes sexuales comenzaron a inscribirse ante las autoridades con la dirección del viaducto, a sabiendas de sus agentes de libertad condicional.

Hace unos tres años había unos siete, pero el grupo creció. Las impugnaciones de abogados de derechos civiles a estas restricciones permanentes han resultado infructuosas, así que la arena debajo del viaducto se convirtió en hogar oficial del grupo.

"Ahora somos nuestra propia ciudad'', dijo Juan Carlos Martín, hallado culpable de mostrar sus genitales a una joven de 15 años. "Todo lo que hemos hecho ha fracasado, de modo que tenemos que conseguir que esto funciones''.

Y esta ciudad también tiene sus reglas: los habitantes debe estar en casa a más tardar a las 10 p.m. Tienen que llevar sus localizadores GPS y no respetar el toque de queda puede significar el regreso a prisión. El lugar generalmente queda tranquilo pasada la medianoche para que puedan dormir. Nadie puede irse hasta las 6 a.m. Durante el día tienen libertad de entrar y salir cuando quieran.

Una vez a la semana o algo así, todo el mundo le da a Patrick Wiese, culpable de molestar sexualmente a una niña de 9 años, dos dólares para ayudar a pagar la gasolina del generador. A cambio, los más fuertes del grupo le construyeron al delgadísimo Wiese su propia choza de madera.

En la choza hay una litera, un reproductor de DVD y un televisor de 13 pulgadas. A veces él y Martín se reúnen para ver Family Guy.

Afuera, Héctor Alvarez y Roberto García pescan en un muelle que construyeron ellos mismos. Todos los días de los últimos cinco meses han salido a las calles en su camión gris para conseguir leña.

El dúplex de madera de Alvarez tiene tres hornillas, un televisor y una ducha: un recipiente plástico que llenan con agua de la bahía, la calientan y la usan para bañarse. Sueñan con el día en que tengan tubos suficientes para instalar agua corriente.

Unos familiares le compraron a Alvarez un pequeño bote rojo para pescar, que está en el portal frente a la bahía.

"Mi nieta cree que soy un monstruo'', dice Alvarez, quien se declaró culpable de haber mostrado sus genitales a los hijos de un amigo.

"No tengo razón de vivir'', dice García, quien se declaró culpables de haber besado indebidamente a una niña de 10 años.

El futuro es muy similar a hoy y ayer. No hay reloj público, de modo que 10 minutos pueden parecer una hora. La mayoría de los habitantes tienen trabajos esporádicos o ayudan a su familia en sus casas. Hay pocas personas dispuestas a colocarlos.

"Sí, trabajamos para aliviar el dolor'', dice Martín con una Miller High Life de 40 onzas en la mano. Tiene tres largas cicatrices en el brazo izquierdo, recuerdo de cuando intentó suicidarse. Encima tiene tatuada la palabra "outlaw". Tiene el brazo derecho lleno de corazones tatuados y un arco y una flecha con el nombre de su madre. "Si somos monstruos, ¿cómo podemos hacer esto?" pregunta, señalando las estructuras que construyen. "Tenemos muy poco que hacer que no sea nadar, pescar y pelear''.

Voncel Johnson prefiere las barajas, que juega cuando su pariente favorito, la tía Sophie, viene a visitarla desde Brownsville. Eso ayuda a crear una semejanza de normalidad en este lugar, donde Johnson es verdaderamente una isla.

En marzo Johnson se convirtió en la primera mujer de la colonia de delincuentes sexuales.

Dice que creció viendo violar a sus familiares y amigos. Su novio la obligó a tener relaciones sexuales con sus amigos, dijo. No tiene confianza en los hombres y por eso encontró amor en otra mujer.

Se declaró culpable de haberle mostrado sus genitales a los hijos de su amiga mientras estaban jugando póquer. Dijo que la acusó después que rompieron la relación.

El día en que salió de la cárcel, el agente de libertad condicional le dio dos opciones: mudarse para debajo del viaducto o regresar a prisión.

Dice que el primer día se echó a llorar.

Una mujer se le acercó. Era una mujer que muchas noches duerme junto a su esposo en un Camry. Prometió cuidarla y que todo saldría bien.

Uno de sus vecinos le ofreció su casa remolque. Se quedó allí pero con el tiempo decidió vivir en una tienda de campaña. Creía que no le debía nada a nadie. Pero usa el baño de la casa rodante para no hacer sus necesidades al descubierto.

"Me tratan como si fuera su hermana'', dijo Johnson. "Los tipos saben que no deben tocarme porque no quieren ir a la cárcel. Y saben que no estoy buscando a ningún hombre. Aquí he descubierto que no todos los hombres son malos''.

Su localizador GPS suena. "Salga fuera'', le ordena.

"¿Fuera?", se ríe. "Estoy fuera''.

Esperaban conseguir una vivienda más segura. La ACLU y los abogados de oficio que trabajan en su caso. Los servicios sociales sólo le han encontrado vivienda a una persona.

"Mucha gente viene y dice que quieren ayudar'', dijo Martín. "Vienen y dicen que la situación es horrible. Tres meses después no he vuelto a saber de ellos. Nadie quiere ayudar a un delincuente sexual. Piensan que todos queremos abusar de los niños''.

Una noche, a eso de las 9 p.m., un pastor se acerca al lugar Se llama Vincent Spann y dirige un campamento para indigentes y drogadictos en Liberty City.

Spann le dice a Martín que encontró un almacén cerca de los límites municipales de Miami que pueden albergar a 50 personas y que está cabildeando para que el condado le entregue $230,000 para convertir la instalación en un albergue para los delincuentes. Un reportero local lo sigue con una cámara, que Spann usa como oportunidad para una entrevista grabada.

Martín se para frente a Spann mientras le hace preguntas.

"¿Cuanto tiempo lleva aquí?"

"Tres años''.

"¿Qué edad tiene la persona más vieja que vive aquí?"

"Ochenta y tres años, señor''.

"Bueno, quisiera ayudarlo'', le dice Spann. "Cualquiera puede volverse loco aquí''.

Esto me recuerda la Biblia, cuando la gente tenía lepra...

"Usted ha cumplido su condena y debería integrarse a la sociedad'', dice, sin referirse a nadie en particular.

Unos 15 minutos más tarde, Spann y sus acompañantes regresan a su Expedition, que curiosamente todavía está lleno de mujeres y niños.

Martín dice que no ha sabido nada de Spann desde entonces.

"Lo mismo que los demás'', dijo Martín.

Artículos relacionados el Nuevo Herald

  Comentarios