Sur de la Florida

Tres madres en misión de vida

Virginia Román y su hijo Marcelo Andrés Dalto.
Virginia Román y su hijo Marcelo Andrés Dalto.

Virginia Román, Carmen Luisa Hernández y María Barreda son madres. Pero tienen, además, algo muy particular en común: son madres que luchan por salvar las vidas de sus hijos.

Lejos de sus países de origen, como Román y Hernández, o lejos de su hogar en Miami, como Barreda, estas mujeres suelen dormir en habitaciones de hospitales, en espera de la próxima señal de emergencia o el más leve signo de mejoría, sostenidas por una heroica fe en la recuperación de sus pequeños.

"Mírelo. El me da las fuerzas. ¡El es mi héroe!'', dice Román, abrazando a su hijo Marcelo Andrés, de 8 años, en una habitación del Hospital Infantil Holtz de la Universidad de Miami/Centro Médico Jackson Memorial.

Marcelo Andrés padece del síndrome de Prune Belly, que afecta el desarrollo de diferentes órganos internos. Aún cuando sonríe a su madre, la expresión de su rostro muestra una insólita madurez para un niño de su edad. Ha sido sometido a 26 operaciones, necesita constantes sesiones de diálisis y ocho medicamentos diarios.

Seguramente, hoy Marcelo Andrés le entregará a Román algún regalo, rodeado también por su padre, Marcelo, de 34 años, y su hermano Joaquín, de 5. Pero el regalo más importante para toda la familia lo hará Román en los próximos días: un riñón para Marcelo Andrés.

"Su sonrisa y ganas de vivir son lo que me impulsa'', dijo la uruguaya Román, de 31 años, quien se trasladó en agosto a Miami buscando una cura para Marcelo Andrés. "Fue difícil. Estaba muy sola y me costaba comunicarme por la diferencia de idioma, pero sabía que debía superar el temor y seguir adelante, por mi hijo''.

Dos pisos más abajo, en el mismo hospital y en la misma mañana del sábado, Hernández, una asistente de contabilidad de República Dominicana, entraba apresurada a la habitación número 20 con un envase plástico azul celeste que contenía todo un tesoro: puré de papas y queso frito, la comida predilecta de su hija Bialeska.

Hernández, madre soltera de 32 años, arribó a Miami hace cuatro meses. Bialeska, de 11, sufre de graves defectos congénitos del corazón. Apenas puede moverse en una silla conectada a equipos médicos. Su esperanza de una vida mejor dependerá de complejos procedimientos.

"Mi niña es obediente, tranquila y muy cariñosa'', dijo Hernández. "Me llena de besos y, aunque ya le han hecho cuatro cirugías [. . .] me ilumina cada día con su alegría y sus ganas de vivir''.

Tanto Bialeska como Marcelo Andrés fueron acogidos por el International Kids Fund (www.internationalkidsfund.org), un programa de la Universidad de Miami para niños cuyas enfermedades no pueden ser tratadas en sus respectivos países de América Latina y el Caribe. El Hospital Infantil Holtz, situado en los terrenos del Hospital Jackson Memorial, del centro de Miami, es uno de los principales polos de atención e investigación pediátrica de la nación y el que mayor número de niños trata en la Florida.

Para Barreda, el viaje fue menos dramático aunque las expectativas son igualmente tensas. Su hijo de 2 años, Víctor, padece de leucemia y fue recibido en septiembre en el Hospital Infantil St. Jude, de Memphis, Tennessee, otro importante centro de tratamiento e investigación estadounidense.

Barreda, cubanoamericana de 40 años, recibió la noticia de la enfermedad de Víctor hace un año.

"Mi vida se transformó por completo'', dijo. "Sentí que se abrió el piso bajo mis pies y caí por un abismo''.

En Target House, que alberga a los pacientes de St. Jude y sus familiares, Barreda va contando los minutos de los 18 meses que faltan para completar el tratamiento de Víctor.

"Mi hijo es un soldado gigante en la guerra contra el cáncer'', dijo Barreda. "¡El me da la vida!''

Tanto para ella, como para Román y Hernández, la palabra vida tiene una connotación particularmente urgente y esperanzada. Sobre todo, en el Día de las Madres.

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