Sur de la Florida

Wish Book: Familia pide una computadora para empezar de nuevo

Rosa María Fernández cambió de continente para que su hijo autista de alta ingeligencia -quien puede aprender por sí mismo un idioma pero es incapaz de abrocharse los cordones de los zapatos, por ejemplo-, pudiera acceder a los programas y terapias que le permitan desarrollar todo su potencial y garantizarle un futuro cuando ella no esté.

Pero un año después de cruzar el Atlántico, Fernández, de 51 años, y su hijo de 14, Julio Muñoz, viven en un cuarto rentado en Kendall -la cuarta vivienda por la que han pasado desde que llegaron-, en la que una habitación hace las veces de comedor y dormitorio para los dos, se alimentan de lo que ella puede comprar con cupones federales y el muchacho no puede recibir terapia por carecer de seguro médico.

“A veces me pregunto dónde he metido a mi hijo. El me dice: ‘He perdido todo: mi colegio, mis amigos, mi país, y aquí no tengo nada’ ”, dijo Fernández fuera de la casa, mientras Muñoz juega a videojuegos o ve programas satíricos de actualidad dentro. Ella no quiere hablar delante del muchacho porque Muñoz se enfada y grita “¡No digas eso!” cuando hablan de él o de sus problemas. “Pero yo no puedo dar marcha atrás”, explicó Fernández. “Yo voy a sacar adelante a mi hijo como sea”.

Fernández dice que su hijo, además de adorar al equipo de fútbol del Barça -del que tiene posters en toda la pared- y ser fan de la Fórmula 1, admira a Vivaldi y aprendió inglés solo mientras vivía en España. Cuenta que Muñoz se inició en idiomas como el francés, el finlandés y hasta el euskera jugando a videojuegos de coches de carreras, memorizando primero la versión en español y luego repitiendo el juego en otros idiomas.

Fernández dice que una vez, cuando aún vivían en Málaga, estaban viendo un programa en catalán.

“Yo le pregunté, ¿pero tú entiendes lo que están diciendo? y el me dijo, ‘Claro, mamá’ ”, contó Fernández, quien explicó que su hijo no tiene hiperactividad, y es bastante pausado.

Recientemente se les descompuso su computadora, el aparato a través del cual Julio consigue aprender y entender un poco mejor todo lo que le rodea.

“Él busca toda la información ahí, noticias de España, del mundo”, dijo Fernández. Explicó que tuvo que pedir prestado un iPad porque su hijo no puede separarse de la internet y navega durante horas. A Fernández y su hijo les gustaría tener una computadora, una mesa de computadora y una silla, para que él pueda estar más cómodo durante las horas que pasa frente a la pantalla.

Muñoz tiene problemas para entender a la gente. Si le hablan muy rápido, no es capaz de entender el significado de las frases, si ve a niños jugando, no comprende las reglas del juego. Si se burlan de él, se marcha. Pero eso no implica que no quiera tener amigos.

“Quiere ayudar, y ver que puede hacer cosas por los demás”, dijo Fernández. “Un día me dijo: ‘Tú no te preocupes, que cuando tú seas viejita, yo soy quien te va a cuidar’ ”.

Una dura adaptación

Fernández, originaria de Cuba, se mudó a España hace 17 años con su nuevo esposo, español, padre de su hijo. Se divorció después de que su marido abusara de la hija que ella tenía ya de otro matrimonio. El psicólogo de su hijo le dijo que en España no había programas específicos para autistas de alto rendimiento, que allí no podría avanzar más, y que si podía venir a Estados Unidos y recibir ayuda aquí, ni se lo pensara.

Sin ahorros, Fernández llegó con sus dos hijos a Miami a través de México. Dice que aunque a ella le dieron ayuda, el Departamento de Niños y Familia le negó a su hijo un seguro médico y cualquier otro tipo de asistencia porque él es español.

La denegación implicó que su hijo no pueda recibir los servicios del Centro de Autismo, porque no tiene seguro y ella no tiene dinero con el que pagar ni una evaluación o las medicinas que él ha empezado a necesitar ahora que está en una época de crisis. Muñoz necesita estabilidad y ya ha pasado por tres colegios y cuatro casas.

Él y su madre viven gracias a los cupones de comida que le dan a ella, a regalos ocasionales de amigos, y a una pensión de unos $550 que Fernández recibe de España, donde trabajó varios años antes de partirse la cadera.

Muñoz puede asistir a la escuela pública, pero no a las clases que él necesita. Varios psicólogos le dijeron que su hijo debe asistir a clases normales, pero con un asistente. En su escuela, sólo puede ir a una clase de niños con autismo y de menor rendimiento.

“No quiere ir a la escuela. Dice que no soporta esta clase, que los niños gritan, le molestan”, dijo Fernández, quien asegura, ha tenido que llamar a la policía en tres ocasiones para que lleven al muchacho al colegio y algún día no le ha quedado más remedio que dejarle que no vaya.

Fernández dice que pedagogos tienen que analizar cómo él aprende solo y aplicar esa técnica para ayudarle a aprender.

Ella espera que cuando pida la residencia, en enero, a su hijo le den todas las ayudas para acceder a los programas que él necesita, aunque, de todos modos, acudió a la oficina de su congresista, Joe García, donde le dijeron que no le debería haber denegado la ayuda, y que van a trabajar en su caso.

“Ya tendrá su dentista y todo”, dijo Fernández.

Ella hace planes. Dice que cuando pueda enviar a su hijo a un colegio adecuado y a terapia, será hora de buscar un trabajo. Le gustaría trabajar como técnico en epidemiología, lo que estudió y en lo que trabajó unos años. Pero tras trabajar muchos años como gobernanta de hoteles y limpiando bancos, no cree que tenga muchas oportunidades.

Dentro, Muñoz juega a las carreras de autos. Se le encienden los ojos cuando dice preguntan que si quere un ordenador: “Un laptop, por favor, por favor, por favor”.

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