Sur de la Florida

Habla quien se dice víctima de una denuncia del pelotero Aroldis Chapman

Cada vez que Aroldis Chapman sale a cerrar un juego para los Rojos de Cincinnati, gran parte del mundo del béisbol pone atención, porque no todos los días se tiene la posibilidad de apreciar una recta de 105 millas por hora.

De esa multitud, sin embargo, pueden sacar a Danilo Curbelo García, quien regresó el 24 de mayo a Estados Unidos después de sufrir un vía crucis en el cual perdió parte de su vida debido a una delación falsa de Chapman, de acuerdo con una demanda presentada en una corte federal.

“Lo que ese hombre me ha hecho a mí es un daño irreparable, algo que no se lo deseo a nadie y por gusto”, explica Curbelo, quien por primera vez expone ante la prensa su versión, luego de pasar cuatro años y varios meses en un prisiones de la isla. “Chapman es un brote de esas semillas de odio sembradas por el gobierno de Cuba de generación en generación”.

Gracias al impulso del abogado Avelino González, la demanda contra Chapman –que busca una indemnización de $18 millones– logró que el lanzador de Grandes Ligas se siente en un juicio el próximo 17 de noviembre, donde Curbelo podrá mirarlo a la cara por tercera vez en su vida.

La demanda contra Chapman y su padre José Alberto Chapman Bennett, similar a otra que prosigue contra el también pelotero Yasiel Puig, se sustenta en la Ley de Protección a las Víctimas de la Tortura (Torture Victim Protection Act), que abre una ventana para encausar a personas involucradas en acciones contra ciudadanos extranjeros fuera del territorio de Estados Unidos.

“Francamente, no quiero ni verlo’’, indica Curbelo, quien nació en Holguín. “Ya una vez en el juicio en Cuba, la segunda vez que nos cruzamos, él no pudo sostener mi mirada, porque sabía que mentía y se atragantaba en sus palabras, al punto que tuvieron que leerle la denuncia original, pues ya ni se acordaba de la mentira”.

Hoy en día Curbelo trata de recuperar los pedazos de su vida rota, luego de perder su finca y la cría de animales que eran el sustento de su familia en Hialeah, a punto de que el banco le arrebate la casa que no pudo seguir pagando por estar en prisión y recuperándose de una parálisis facial que le sucedió un día después de conceder esta entrevista.

El no quisiera, pero no le queda más remedio que echar la vista atrás y recordar aquel 28 de julio del 2008, cuando fue en su carro a dejar a una mujer con su hija, junto a un amigo, al poblado de Frank País, en la provincia de Holguín.

Cuando se marchaban del pueblo, el amigo le dijo que detuviera el vehículo pues quería saludar a Chapman, el pelotero que tiraba tan duro como un trueno y que estaba sancionado por un intento de salida ilegal, quien venía por la calle principal en una bicicleta.

“Solo le dije mucho gusto y luego medio en broma y en serio le comenté que ‘cuándo te vas’”, afirma Curbelo, que rememora a Chapman como un muchacho alto y flaco, en chancletas y short. “Nunca pude imaginar todo lo que vendría después”.

Pero no mucho después, sino exactamente unos 20 minutos, cuando la policía de Frank País lo detuvo para preguntarle que hacía allí y por qué había conversado con Chapman, a quien pudo ver en una oficina de la estación.

Al día siguiente, el 29, fue citado a inmigración y allí le retiraron todos los documentos oficiales y le pidieron que no saliera de casa de sus padres, donde estaba de visita desde el 18 y ya entonces algo le decía a Curbelo que las cosas no estaban bien.

“Lo peor se confirmó por la noche, cuando fueron a buscarme en un carro cerrado y me llevaron a una prisión de la cual no saldría hasta cuatro años más tarde’’, dice Curbelo. “Durante los primeros días pensé que se habían equivocado, que me soltarían en cualquier momento, pues ni siquiera me decían de qué se me acusaba. Solo a los tres meses supe que se me acusaba de tráfico ilegal de personasy que Chapman era quien me acusaba”.

Hasta hoy, Curbelo está convencido de que Chapman lo utilizó a él como el instrumento para volver a caer en buena con el régimen cubano con el propósito de que le permitieran volver al equipo nacional y lograr su objetivo de escaparse.

El juicio tuvo lugar en enero del 2009, siete meses después de su arresto, y según Curbelo no se podía imaginar una farsa peor, con el padre de Chapman y el propio jugador expresando mentira tras mentira, contradiciéndose, al punto que debían ser ayudados por la fiscal del caso.

A Curbelo le prohibieron hacer uso de la palabra para defenderse, su abogado era apenas un mimo incapaz de articular un gesto, una frase y al final la fiscalía se despeñó en una diatriba política donde se mencionaban las reflexiones de Fidel Castro, citas de Simón Bolívar y José Martí, y la infaltable crítica al imperialismo yankee.

Todo duró menos de una hora y a Curbelo sólo le quedó grabado una cifra temporal: 10 años.

“Saqué mi cuenta. Tenía 44 años en ese momento y les sumé 10 más, era el fin del resto de mi juventud’’, rememora Curbelo. “Pero pensé sobre todo en mi esposa y mi hijas solas, luchando contra tantas cosas y yo sin poder estar junto a ellas por culpa de una mentira, de un invento de alguien a quien no conocía”.

En la prisión de Holguín a Curbelo trataron de doblegarlo y para los carceleros no era el cubano sino el “americano”, el “traidor”, y desde comida podrida hasta celdas de aislamiento dejaron huella en su organismo, ya afectado por problemas de una hipertensión que no podía atenderse por falta de medicamentos.

Pero como no pudieron quebrarlo, trataron de hacerlo con sus padres, a quienes castigaban con negación de visitas, y luego, al ser trasladado a la cárcel de Granma, mucho más lejos, les avisaban que fueran a verlo para luego decirles que había sido un error.

Después de cuatro años, Curbelo fue trasladado a una granja y luego puesto en prisión domiciliaria junto a sus padres, donde debería estar hasta el fin de su condena, pero sin documento legal alguno ni de Estados Unidos ni de Cuba. Era un paria.

Tras mucho tiempo de discutir y pelear, de muchas humillaciones y espera, a Curbelo le otorgaron un permiso especial a fines de marzo para venir a Estados Unidos y atender los asuntos urgentes de su familia en un intento desesperado de salvar su casa.

En la Oficina de Intereses en la Habana le negaron la visa y tuvo que sacar pasaje a Ecuador, país que no exige visa a los cubanos, a donde su hermano le envió un pasaje para viajar a Miami.

Pero ni en sus últimas horas antes de llegar a esta ciudad tuvo Curbelo un respiro.

“El día antes de venir, el 23 de mayo, me retuvieron en Ecuador, pues habían recibido una comunicación de Estados Unidos alegando que yo transportaba drogas”, afirma con una risa sarcástica. “Me llevaron a un hospital, me hicieron pruebas de rayos X para revisar mi estómago y al final tuvieron que pedirme disculpas. Quieres saber lo último, aquí estoy en estado de deportación”.

Finalmente el 24 tomaba el avión rumbo a Miami y por la noche podía abrazar a su esposa y su hija para comprobar que si su mundo material estaba en crisis, el afecto de los suyos seguía intacto.

Resignado a perder su casa, un día justo antes de esta entrevista Curbelo había comenzado a trabajar como ayudante de plomería y en espera que la justicia le devuelva, si no los años perdidos, al menos la calma que se le escamoteó a su familia y que quede el acusador en el banquillo de los acusados.

“Chapman es parte de esa enfermedad de odio sembrada por el gobierno, pero yo no quiero sentir odio, porque sería parecerme a ellos”, recalca Curbelo, quien ahora se recupera de su parálisis. “Chapman debe llevar en su conciencia el peso del daño que ha causado. Uno puede engañar a mucha gente pero no a uno mismo. Un día él se sentará a pensar lo que ha hecho. Tirar más de 100 millas y ganar todos los juegos del mundo no borra la maldad”.

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