Sur de la Florida

BERNADETTE PARDO: La cruzada de los niños

Recuerdo haber aplaudido al Presidente Jimmy Carter en 1980 cuando les abrió “los brazos y los corazones” de este país a los 125,000 cubanos que llegaron de repente en el verano procedentes del puerto de Mariel. En 1994 lloré en la base de Guantánamo al ver a los niños que habían sobrevivido traumáticas odiseas en el mar hacinados en campamentos desolados y atrapados en un limbo migratorio. Este año, los que llegan en masa son los niños centroamericanos que cruzan solos la frontera del suroeste. Se calcula que antes de que termine el año, 90,000 de estos menores estarán aquí y nadie sabe qué hacer con ellos.

Este año los brazos americanos están cansados y muchos de sus corazones cerrados a cal y canto. Lo que para algunos es una crisis humanitaria para otros es una grave amenaza. Todos tienen razón, y es cierto que hay miles de niños americanos viviendo en condiciones infrahumanas de violencia y pobreza y que no invertimos miles de millones de dólares en rescatarlos. Pero nada justifica los actos de repudio frente a los autobuses que transportan a estos niños, que no tienen la culpa de haber nacido donde nacieron ni de ser protagonistas y víctimas de este drama monumental.

Muchos piensan que esta crisis humanitaria es prefabricada, parte de un complot maquiavélico. Aunque no comparto esa opinión la respeto porque es difícil entender cómo surge semejante tsunami.

Surge porque un país de inmigrantes sin leyes de inmigración coherentes y bien pensadas, en un continente con muchos problemas políticos económicos y sociales, reúne todas las condiciones para la tormenta perfecta.

Nuestras leyes de inmigración son una madeja de contradicciones. Acogemos a algunos como refugiados aunque nadie les haya tocado ni un pelo. Rechazamos el asilo político para los verdaderamente perseguidos por los gobiernos de sus países como los venezolanos. En el casino de la inmigración algunos corren con suerte y se ganan la lotería, pero en los países con más vínculos familiares con Estados Unidos no hay ni lotería ni visas.

No hacemos nada por atraer inversionistas y trabajadores temporales que tanto necesita la agricultura. Los que llegan sin permiso para trabajar y sostener sus familias dejando a sus hijos atrás, quedan atrapados y no pueden regresar nunca a abrazar esos hijos.

Mi amigo David que es hondureño y trabaja a toda hora para mantener a su familia en San Pedro Sula es uno de estos padres. Vive aterrado pensando en la suerte que correrá su hijo de 12 años a quien no ve desde hace 10 y que vive en el país más violento del planeta, con el mayor número de asesinatos per cápita en el mundo. Las calles están en manos de peligrosísimas y violentas pandillas bajo el mando de mafias internacionales. Honduras y el Salvador son considerados “el triángulo de la muerte”.

El senador Ted Cruz insiste en que este éxodo masivo se debe a la orden ejecutiva del presidente Obama que en el 2012 les extendió beneficios temporales a los “dreamers” los hijos menores de indocumentados que se han criado aquí.

Pero lo que verdaderamente ha alentado este singular éxodo infantil es la ley aprobada por el congreso y firmada por el presidente George W. Bush en el 2008. Por motivos humanitarios esa ley exige que los niños centroamericanos que llegan solos tengan protección especial y que los jueces de inmigración determinen lo que es mejor para el bienestar de cada menor antes de ordenar su deportación. O sea que estos niños no pueden ser deportados en masa. Cada caso requiere un largo proceso legal. En efecto es imposible deportarlos mientras no existan acuerdos, como el que tenemos con México, que garanticen que los menores deportados van a ser cuidados y entregados a familiares responsables en sus países de origen.

Es vergonzoso que el presidente Obama no le haya hecho frente a esta crisis cara a cara, visitando la frontera, y que no haya previsto lo que se veía venir implementando algún tipo de estrategia preventiva tanto aquí como en los países del triángulo de la muerte.

Más vergonzoso aun es que la Cámara de Representantes en Washington, por miedo a las minorías vociferantes, no se atreva a poner a votación la reforma migratoria sensata y realista aprobada de forma bipartidista por el Senado. Podemos estar orgullosos de cómo han reaccionado ante esta crisis nuestros congresistas del sur de la Florida, como Joe García que ha visitado varios centros de detención y la zona fronteriza y Mario Díaz-Balart que ha criticado públicamente a sus colegas republicanos por no actuar sobre la reforma migratoria. “Es muy irresponsable no hacerle frente al problema”, dijo el congresista republicano en un comunicado.

Como asegura el conocido artista y disidente chino Ai Wei Wei: “Si no actúas, la amenaza se hace más grande”.

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