Sur de la Florida

La crisis de las algas crecía, mientras Florida reducía el monitoreo de sus aguas

Rick Bartleson, investigador del Sanibel-Captiva Conservation Foundation, le practica una autopsia a una tortuga marina que se sospecha murió por envenenamiento con la marea roja el mes pasado.
Rick Bartleson, investigador del Sanibel-Captiva Conservation Foundation, le practica una autopsia a una tortuga marina que se sospecha murió por envenenamiento con la marea roja el mes pasado. The New Press

Cuando Karl Havens, director de la organización Florida Sea Grant y conocido experto en la calidad del agua que ha estudiando la contaminación en todo el mundo, comenzó a escuchar del aumento de una proliferación de algas a muy poca distancia de su casa en el lago Okeechobee este verano, le costó trabajo encontrar información que la indicara que sucedía.

Científicos estatales toman muestras de agua del lago, pero con muy poca frecuencia para poder seguir la pista a las proliferaciones de algas que avanzan rápido. En su lugar, Havens tuvo que depender de imágenes satelitales.

“Nadie va al lago a tomar muestras de agua en medio de la proliferación de algas”, dijo el mes pasado. “No sabemos qué sucede”.

Y no es la primera vez.

A lo largo de los últimos 10 años, mientras el estado combatía esfuerzos federales para proteger las aguas, decidió reducir sus agencias ambientales y de control de aguas, y eliminó fondos a un equipo especializado en las algas, lo que ha hecho que el monitoreo de la calidad del agua sea ahora mucho menor. Mientras la Florida sufría una crisis tras otras, los fondos estatales y federales que cubrían una enorme red costera se redujo de unas 350 estaciones a 115, según el Centro de Investigaciones Ambientales de la Universidad Internacional de la Florida.

Eso incluyó la zona de Pine Island Sound, el centro de la peor marea roja de los últimos tiempos, donde al monitoreo del agua se suspendió en octubre del 2007, y el cierre de una red de 49 estaciones establecida en la zona llamada Florida Shelf, ubicada junto a la Bahía de la Florida, entre los Cayos al sur y Ten Thousand Islands al norte.

En el 2014, el estado redujo en aproximadamente 30 por ciento los fondos para las estaciones en Biscayne Bay, donde la mitad de las hierbas marinas han muerto en los últimos seis años.

También se redujeron los fondos federales: en el 2012, la Agencia de Protección Ambiental eliminó 43 estaciones de monitoreo del agua en el Santuario Nacional Marino de los Cayos, donde una misteriosa enfermedad amenaza los arrecifes.

Un mejor monitoreo por sí solo no hubiera impedido el desarrollo de una proliferación de algas que ha durado todo el verano y que ha afectado el río Caloosahatchee con un cieno azul verdoso y una marea roja que ha matado peces, tortugas y otros animales marinos. Los dos fenómenos se deben al exceso de contaminación, pero un mejor monitoreo pudiera haber ofrecido más información de advertencia sobre el lago y para entender y combatir mejor la marea roja y otros problemas relacionados con el agua en todo el estado.

El gobernador Rick Scott —quien ordenó reducciones de presupuesto en las agencias de manejo de aguas durante cinco años consecutivos y desmanteló el Departamento de Asuntos Comunitarios, que regulaba el desarrollo de las proliferaciones y aceptó posponer una limpieza del lago— emitió un comunicado de prensa en que dijo que su gobierno ha invertido millones de dólares en la investigación de la marea roja, incluidos $5.5 millones otorgados al Laboratorio Marino Mote desde el 2013. El mes pasado, Scott declaró un estado de emergencia, ordenó que se tomaran más muestras de agua y levantó las restricciones a medidas para evitar descargas de agua contaminada del lago.

El senador Marco Rubio también presentó el mes pasado un proyecto de ley para dar a la Agencia de Protección Ambiental $5 millones para estudiar las proliferaciones de algas, mientras que el senador Bill Nelson ha pedido a los Centro de Control de Enfermedades que investigue los riesgos de salud de la exposición a las proliferaciones de algas en el lago y la costa.

“Hay que tener un programa de monitoreo para entender si hay una respuesta positiva al dinero que se invierte en combatir los problemas ambientales” dijo Jim Fourqurean, ecólogo marino de FIU, quien monitorea la salud de la hierba narina en Florida Bay. “Si un monitoreo más robusto no podemos saberlo”.

Como para el monitoreo con frecuencia se subcontrata a universidades o se divide entre varias agencias del gobierno, es difícil determinar exactamente cuántos fondos han eliminado. El Departamento de Protección Ambiental, el Departamento de Salud y la Agencia de Vida Silvestre también toman muestras de agua, pero los científicos contactados para esta historia concuerdan en que no hay mucho dinero para esas labores.

“El distrito de administración de aguas no está monitoreando tanto como antes”, dijo Larry Brand, experto de la Facultad Rosentiel de Ciencias Marinas y de la Atmósfera de la Universidad de Miami. “Tienen una red enorme y antes recopilaban una gran cantidad de información, pero ya no es así. Lo mismo ocurre con el Condado Miami-Dade”.

El distrito, que supervisa el proyecto de restauración de los Everglades, valorado en $16,000 millones, tiene una enorme base de datos con estaciones que opera desde los lagos al sur de Orlando hasta la punta de Florida Bay. Pero las estaciones funcionan con un plan anual que ha resultado en la toma poco uniforme de muestras y se centra básicamente en el nitrógeno y el fósforo.

“Cuando suceden fenómenos como las proliferaciones de algas, el plan original no contempla la toma de muestras adicionales”, dijo el portavoz Randy Smith. “Buena parte del monitoreo que hacemos es relacionado con casos juridiciales que incluyen ubicaciones específicas y la frecuencia con que debe hacerse”.

Los científicos del distrito toman muestras mensuales en 13 o 14 estaciones del lago para determinar el nivel de clorofila en el agua, una señal de que se está formando una proliferación, y envían los resultados a las autoridades normativas del estado, dijo Smith.

Pero eso no es suficiente para entender la evolución de una proliferación, ni cuándo y dónde se forma, dijo Havens.

“Una vez al mes, es un problema”, dijo Rick Stumpf, oceanógrafo de la NOAA que ayudó a desarrollar el modelo.

Siga a Jenny Staletovich en Twitter @jenstaletovich
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