Sur de la Florida

A pesar de Parkland, las armas siguen cobrando vidas jóvenes en Florida

Estudiantes marchan en Parkland contra las armas

Hay más de 840 marchas programadas hoy en todo el mundo, incluyendo esta en Parkland y desde Miami Beach hasta Japón, bajo un tema común: reducir la violencia con las armas de fuego, especialmente en las escuelas.
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Hay más de 840 marchas programadas hoy en todo el mundo, incluyendo esta en Parkland y desde Miami Beach hasta Japón, bajo un tema común: reducir la violencia con las armas de fuego, especialmente en las escuelas.

Segunda de dos partes

Tanya Robinson está sentada en “la hilera de las víctimas” al frente de la sala del tribunal, a pocos pies del hombre acusado de matar a su hijo, y batalla entre la furia y las lágrimas.

Es así cada vez que viene al tribunal, la lucha por permanecer en calma ante una calamidad inenarrable, aunque ha pasado casi un año desde que su hijo, Christian Robinson, de 14 años, pereció de un disparo en la cabeza mientras estaba en el asiento trasero del auto de un amigo, a menos de una milla de su casaca.

Los hechos, en una terrible coincidencia, ocurrieron pocas horas después de la muerte violenta de 14 niños en una escuela secundaria de Parkland, a unas 200 millas de distancia, una de por lo menos 80 muertes por armas de fuego —incluidos los estudiantes de Parkland— de jóvenes de 18 años y menos en la Florida en el año transcurrido desde la masacre.

La muerte de Christian Robinson no generó muchos titulares. Si usted no vive cerca de Port Richey, al norte de Tampa, probablemente no se enteró de nada, especialmente después de la masacre en la secundaria Marjory Stoneman Douglas en Parkland.

Pero su mamá quiere que todos conozcan el nombre de su hijo.

“Siempre voy al tribunal porque le prometí a Christian que yo sería su voz”, dijo Robinson, de 35 años. “Voy a contar a todos cómo era él. Quiero que todos lo sepan porque era una persona fabulosa”.

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Steven Marin ha sido acusado de abrir fuego en una calle en el ataque dejó muerto al hijo de Tanya Robinson.

En los tristes meses transcurridos desde que perdió a su hijo, Robinson ha aprendido lo que es ser parte de una marcha ritual hacia la única forma de justicia que los tribunales pueden otorgar. Ha visto los casos demorarse, cada vez con nueva agonía. Una vez perdió el control en el tribunal al gritarle “asesino” a Steven Marin, el hombre acusado de abrir fuego con una pistola de 9 mm contra un auto de adolescentes. Una noche, desesperada, Robinson recorrió caminando la distancia entre su casa y la del acusado a las 3 a.m., incapaz de dormir mientras pensaba en el peligro que había a solamente 67 pasos de su casa.

La mujer ha jurado asistir a todas las audiencias, incluso las que no tienen mucha importancia. Comparte en Facebook la fecha de cada audiencia y pide a la gente que la acompañe —y la acompañan— porque ha aprendido una cosa.

“Tengo que estar allí para asegurar que se haga justicia con Christian”, dijo, tocando un relicario de plata que lleva al cuello.

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Tanya Robinson, quien perdió su hijo en un tiroteo el 14 de frebrero del 2018, el mismo día de la masacre de Parkland, mandó a hacer relicarios en forma de alas de ángeles para ella y sus otros hijos. Cada relicario tiene una pequeña cantidad de las cenizas de su hijo. Tiffany Tompkins ttompkins@bradenton.com

El relicario tiene forma de alas de ángeles y contiene cenizas de Christian. Mandó a hacer el relicario para ella y para los tres hermanos de Christian, para que pudieran tenerlo cerca de corazón. No se lo ha quitado desde el día en que se lo puso.

No tiene muy claro lo ocurrido la noche de la muerte de Christian, hay cosas de las que no se acuerda. Por ejemplo, recuerda regresar a a casa de un juego de baloncesto de su hijo menor y encontrar la casa oscura y en silencio, cuando Christian ya debía haber llegado.

Antes del juego, le había dado permiso, a regañadientes, para ir con un amigo de la familia a recoger a su mejor amigo, Adrian, a poca distancia de la casa. Christian estaba castigado —la mujer no recuerda exactamente por qué cosas— pero él le rogó que lo dejara ir, y ella accedió.

Entró a la casa, y no había acabado de encender las luces cuando su hijo menor le envió un texto: llama a la mamá de Adrian. Pasó algo.

Antes de poder reaccionar, alguien tocó a la puerta. Eran policías. Alguien había baleado a Christian.

Del hospital sólo recuerda que a Christian lo estaban operando y lo inflamado que parecía después, a medida que se fueron reduciendo sus probabilidades de sobrevivir.

Christian falleció el 17 de febrero. Robinson donó sus órganos, a beneficio de cinco personas, como un niño de 20 meses con problemas de los riñones hasta una mujer de 70 años con problemas en un pulmón. Es lo que Christian hubiera querido, dijo la madre. Si él no podía vivir, quería dar vida a otros.

Pero sentada en el banco de madera del tribunal a finales de enero, con Marin a poca distancia en su uniforme naranja de preso y el día del juicio fijado definitivamente para el 22 de julio, Tanya ya se había convencido. No importaba a cuántas audiencias asistiera, el tribunal podía darle algo que se pareciera a la justicia, porque Christian no iba a regresar nunca.

Aunque ha tenido docenas de muertes, la Florida no se destaca a nivel nacional en materia de muertes de jóvenes por armas de fuego, ocupando el lugar 21 en la clasificación de esas muertes por estado, según un análisis realizado por el Miami Herald de información compilada por la organización noticiosa sin fines de lucro The Trace, que se centra en la violencia con las armas de fuego. The Trace usó información del Gun Violence Archive, un grupo de investigación sin fines de lucro que le sigue la pista a los tiroteos a través de noticias y reportes policiales, de manea que los totales quizás no incluyen incidentes que la policía no dio a conocer o no se reportaron en las noticias.

Las muertes ocurrieron en ciudades grandes como Miami y Jacksonville, y en pequeñas, como Bowling Green en la zona central de la Florida, con solamente 3,000 habitantes. Un puñado se consideró accidental —cuatro— y 11 estuvieron relacionadas con la violencia doméstica. Muchas parecieron deberse incidentes o irritaciones menores, en casos en que los investigadores no pudieron identificar una causa.

La cantidad de menores muertos por armas de fuego en los últimos 12 meses no ha cambiado mucho en comparación con los 12 meses anteriores a la masacre de Parkland, en que murieron al menos 81. Pero es difícil saber en un año dado si un cambio en estas muertes se debe a menos incidentes o a que las víctimas se salvaron con atención médica de emergencia, dijo David Hemenway, investigador de la Universidad de Harvard especializado en la violencia con armas de fuego.

Pero el estudio de los casos muestra otras cosas, empezando por las consecuencias para las familias.

Han pasado 13 años desde que Tanya Fincher perdió a su hijo, Desmond, en un tiroteo en una tienda de alimentos en Liberty City, Miami, cinco días después de Navidad. Nadie ha sido acusado de su asesinato.

Cuando ocurrió la masacre de Parkland, Fincher pensó en su hijo. Desmond —conocido como “Smiley” por sus amigos— tenía 17 años cuando lo mataron, un jovencito a quien le gustaba jugar football y siempre contestaba “sí señora, no señor”. Desmond no pudo conocer a su hijo, que ahora tiene 12 años y que lleva su nombre.

Hace poco que Fincher ha comenzado a asistir a reuniones de un grupo llamado Florida Parents of Murdered Kids [Padres de Niños Asesinados en Florida], donde encuentra alguna medida de consuelo tratando de ayudar a otros padres que han perdido hijos a manos de la violencia con armas de fuego. Dice que son las únicas personas que pueden saber por lo que ella pasó, y por lo que todavía pasa.

“Es como si alguien te arrancara de repente el corazón”, dijo Fincher, de 53 años. “El dolor no acaba”.

Tangela Sears, quien dirige el grupo de apoyo y defensa al que Fincher asisten, dijo que el dolor es el mismo para los padres, no importa si perdieron a sus hijos hace un año o hace un decenio.

“Parkland realmente no tiene nada que ver con las cosas que tenemos que enfrentar. Tengo un padre que perdió un hijo hace 23 años, pero también tengo otro que perdió un hijo hace tres meses”, dijo Sears. “Todos pasan por lo mismo”.

Fincher dice que sabe quién mató a su hijo. El hombre está en prisión ahora bajo otros cargos, dijo, pero eso no alivia su dolor, y la sensación de que a su hijo no se le ha hecho justicia. Fincher no ha ido a su tumba, no ha recogido su certificado de defunción y demoró 10 años en visitar el lugar donde lo mataron.

En el caso de su hijo, no enjuiciaron a nadie por su muerte, algo común. El Washington Post reportó que en Miami no se hacen arrestos en aproximadamente 60 por ciento de los asesinatos. En Tampa no se hacen arrestos en poco menos de la mitad de todos los casos, indicó el reporte.

Pero Fincher también se sintió excluida de la investigación. Nunca le dieron el nombre del detective y cree que el asesinato de su hijo no recibió la atención que merecía.

“No me dieron ninguna información”, dijo la mujer. “Fue simplemente otro joven negro muerto”.

Luther Campbell, leyenda miamense del hip-hop convertido en activista comunitario, dijo que ha visto la forma en que la violencia con las armas ha aterrorizado a algunos vecindario, en parte porque muchos asesinatos quedan impunes. Él y otros, dijo, han contado durante años a la policía y los fiscales sobre el miedo que invade a algunas comunidades, pero tal parece que las conversaciones nunca han resultado en asistencia práctica, como más alumbrado público y cámaras de seguridad en los puntos más peligrosos.

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Luther Campbell, leyenda del hip-hop y activista comunitario de Miami, entiende las razones por las que algunos en vecindarios problemáticos tienen armas. Campbell dijo que tienen miedo perder la vida y dicen que muchos homicidios en sus barrios no se resuelven. Miami Herald file

“Lo primero que dicen es: ‘Mire, sabemos quién es el asesino pero nadie quiere decir nada’ ”, dijo Campbell. “Y cuando uno habla con las familias y las personas en la comunidad, lo primero que dicen es: ‘Sí, sabemos quién es el asesino, pero no va a ir a la cárcel, ¿y qué pasa con la gente que habla? El asesino va entonces y le cae a tiros a la casa’. Es una situación terrible”.

Y mientras el debate sobre la armas después del incidente de Parkland se centró en lo fundamental en restringir los fusiles AR-15 rifles —del tipo usado en la masacre en la escuela— las personas que viven en zonas violentas quieren conservar sus armas, dijo para protegerse. Esa es una desconexión que Campbell no está seguro que los líderes cívicos entienden.

“Cuando no encarcelan al asesino, la gente tiene que protegerse”, dijo Campbell, quien ha estado presionando por más acciones policiales, especialmente de las autoridades federales, que pueden usar leyes contra la delincuencia organizada como parte de la respuesta a la violencia.

En algunos de los vecindarios más violentos de Miami, agregó la gente no se siente segura ni en el supermercado, ni siquiera en el parque con sus hijos. “La gente no quiere leyes más estrictas contra las armas, lo que puede parecer una locura a los que viven en una buena zona donde pueden salir a pasear con el perro sin miedo”.

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Tashawn Gallon pereció en un fuego cruzado cuando tenía 7 años, en Jacksonville, Florida, en un código postal (32209) conocido como uno de los más peligrosos de la Florida. Nadie ha sido acusado en su muerte. Jacksonville.com

Pero tener un arma para protegerse no es la respuesta para todos los afectados por la violencia. Ciara Smith, una madre de 27 años de Jacksonville, hace poco estuvo pensando en hacerse de un arma después que a su hijo de 7 años, Tashawn Gallon, lo mataron en un fuego cruzado mientras jugaba afuera de la casa de la familia donde creció. El incidente ocurrió en un código postal —32209— conocido por la violencia, como reportó el Jacksonville Times-Union en el 2016. Ese código postal también quedó entre los primeros del país en el índice de jóvenes ultimados por armas de fuego, según un análisis del Herald.

Smith dijo que nunca había visto el tipo de violencia que cegó la vida de su hijo. La zona es peligrosa, pero la calle donde vivían no lo era, dijo la mujer.

“Aquí nunca pasaba nada malo”, dijo, y agregó que al final decidió no comprar un arma.

Pero el código postal 32209 sigue siendo peligroso. Un investigador de UF Health Jacksonville, quien estudió a los pacientes del centro de traumatología, también concluyó que la violencia con armas de fuego en Jacksonville estaba concentrada en esa zona, que incluye algunas de las partes más pobres de la ciudad. A lo largo de un período de 20 años, los pacientes de trauma con heridas de armas de fuego en ese código postal tuvieron una “mayoría significativa” en el estudio reciente, dijo la Dra. Marie Crandall, presidenta adjunta de investigaciones en el Departamento de Cirugía y profesora de esa especialidad.

Ella y otros investigadores estudiaron los 898 pacientes de 19 años y menos tratados en el centro de traumatología de Nivel 1, que presta servicios en el noreste de la Florida. Los investigadores realizaron el estudio sin fondos. Los fondos federales para investigar la violencia con las armas de fuego son escasos.

Crandall observa el flujo de pacientes jóvenes como un síntoma de la falta de inversión en la comunidad y dijo que tratar a las victimas de armas de fuego sin investigar las causas equivale a una negligencia médica.

“Es como colocar una curita sin evitar que se repita”, dijo Crandall.

Antes de la muerte de Christian, la violencia con las armas no era algo en lo que Tanya Robinson pensaba mucho. Pero en Miami-Dade, un joven pastor llamado Free Balbona se preocupaba por eso constantemente.

Balbona, de 39 años, y su esposa, maestra, habían visto la violencia de primera mano en su calle en el Pequeño Haití. En la casa de la esquina consumían drogas, dijo, y su casa y su auto recibieron impactos de bala. Uno de los proyectiles atravesó la puerta de la calle y perforó un trofeo en la habitación de su hija de 12 años.

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Isaiah Balbona, de 18 años, murió cuando el auto en que iba fue emboscado por un agresor armado en Opa-locka, Florida, dijo su padre. Una hermana de Isaiah también estaba en el auto pero sobrevivió.

Ya vivía con miedo cuando recibió la llamada el 28 de diciembre. Su hijo de 18 años, Isaiah, había sido baleado en Opa-locka, en lo que Balbona dice que fue una emboscada. Tan pronto como el auto —donde iba también la hermana de 17 años Isaiah, y otra persona— dobló la esquina, varios hombres abrieron fuego, disparando al menos 30 proyectiles. Había ocurrido exactamente lo mismo en que tanto empeño puso en tratar de evitar.

Balboa dijo que “los disparos sonaban como el infierno mismo. No sé en qué punto hirieron a mi hijo en la cabeza, pero puedo decirle que la manera en que tirotearon ese auto, dijeron los propios detectives, es un milagro que alguien haya sobrevivido”.

Después, Balbona hizo una exhortación pública a la paz, que no hubiera venganza, en CBS4, diciendo: “Ojo por ojo no es la respuesta”.

También hizo algo que sería impensable para la mayoría de los padres. Sabiendo que sus palabras no iban a detener la violencia, pidió a un amigo que empezara a grabar un video de él junto a su hijo en la cama del hospital para mostrar la dura realidad —en primeros planos— de este tipo de incidentes.

“Esto es violencia con armas de fuego”, le dice a la cámara, con la voz ronca por el dolor, de pie al lado de su hijo, que tiene la cabeza envuelta en gasa blanca.

Balbona dijo que planea publicar el video en Internet. Quiere asombrar a las personas, que tomen conciencia, hacerles entender el dolor que sintió al ver el rostro cenizo de su hijo y lo tantos otros padres han sentido cuando las violencia de las armas les ha arrebatado un hijo.

“Si la gente no ve las escenas reales, es más de lo mismo. Nadie se acuerda de lo que le sucedió a mi hijo, sencillamente es otro muerto. Pero entonces, también ... lo que todos quieren hacer es vengarse. Estoy haciendo este video para que puedan decir que han visto la violencia de las armas, y este día le tocó a mi hijo. Eso los toca. Pero un día puede ser tu hermano, tu hijo, puede ser otra persona. El ciclo no se acaba”.

Detectives de la Policía de Miami-Dade dijeron que tienen pistas en el caso, pero nadie ha sido arrestado todavía.

Balbona no quiere arriesgarse a la hora de proteger a su familia. Desde la muerte de su hijo tiene un fusil tipo militar en una mesa junto a la puerta de la calle. Al otro lado de la mesa, los tenis Nike blancos y azules de su hijo están en una vitrina convertida en una ermita, rodeados de velas, fotos de un Isaiah sonriente y una cruz. Su casa todavía tiene por fuera los impactos de bala, al igual que el Dodge Charger estacionado al frente.

Ahora está planeando mudarse del vecindario, al que llama una “zona de guerra”, con poco alumbrado público y una presencia policial mínima. Se horroriza ante los que buscan la justicia con las armas, “los que tienen la filosofía de que si hay un problema te matan. No hay términos medios”.

Isaiah es la víctima más reciente de la violencia de las armas, pero Balbona sabe que habrá más, más muertos, más familias de luto y más delincuentes sueltos que se enorgullecen de esos asesinatos en las redes sociales.

“Estos animales todavía andan por ahí matando, es lo que hacen. Y lo hacen como si fuera un honor ... para ellos es divertido. Llenan los cargadores, se suben al auto y matan. Es como un videojuego, Encienden la televisión, la consola, no es nada”.

Chuck Rabin, redactor del Miami Herald, contribuyó a este reportaje.

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