Sur de la Florida

Al sentir libertad de expresión en Miami, nicaragüenses dudan de diálogo con Ortega

(Centro) Fanny Molina grita mientras algunos protestan contra el régimen de Ortega, en la NW 17th Avenue y W Flagler Street, Miami, el viernes 15 de marzo de 2019. Por lo menos tres veces a la semana, durante la mañana, a las 8, o en la noche, de 6 a 9, un grupo de nicaragüenses se reúne cerca del consulado de Nicaragua en Miami, ubicado en 1332 W Flagler St.
(Centro) Fanny Molina grita mientras algunos protestan contra el régimen de Ortega, en la NW 17th Avenue y W Flagler Street, Miami, el viernes 15 de marzo de 2019. Por lo menos tres veces a la semana, durante la mañana, a las 8, o en la noche, de 6 a 9, un grupo de nicaragüenses se reúne cerca del consulado de Nicaragua en Miami, ubicado en 1332 W Flagler St. el Nuevo Herald

Dereck Velázquez iba en bicicleta a comprar ropa para su nuevo trabajo de construcción —labor muy diferente a la de manejar una compañía de transporte que es la que tenía en Nicaragua— cuando las pancartas rechazando a Daniel Ortega entre la NW 17th Avenue y Flagler Street llamaron su atención.

Ortega es el presidente de su tierra natal. También es a quien Velázquez, de 33 años, culpa por haber estado encarcelado durante 18 días hasta que representantes de los derechos humanos lo sacaron de El Chipote, una prisión en Managua conocida por su tenebrosidad, en junio del año pasado.

Eran poco más de las 8 a.m. del viernes cuando Velázquez se detuvo para leer los mensajes contra Ortega, recordando cómo fue capturado, retenido y golpeado por la Policía Nacional tras la protesta del Día de la Madre en Nicaragua.

Junto a las pancartas en Miami, manifestantes trajeados de azul y blanco exigían paz en su país. Una señora nicaragüense que hace 31 años se mudó a los Estados Unidos notó a Velázquez y presintió que era un paisano.

“Y usted de donde es?” le preguntó Fanny Molina, de 51 años, a Velázquez.

No tardó mucho para que Molina invitara a Velázquez a unirse al plantón. Le contó que por lo menos tres veces a la semana, durante la mañana, a las 8, o en la noche, de 6 a 9, un grupo de nicaragüenses, que varía de tan pocos como 10 pero a veces llega hasta 60, se reúne cerca del consulado de Nicaragua en Miami, ubicado en 1332 W Flagler St.

Lo han estado haciendo desde abril del año pasado, cuando una gran parte de la población nicaragüense respondió a unas reformas del seguro social, ahora revocadas, alzándose en contra del gobierno. Las protestas desataron la crisis sociopolítica actual en Nicaragua, que según la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, ha dejado más de 300 muertos, más de 2.000 heridos y al menos 500 detenidos.

Velázquez, que llegó a Miami hace dos meses, inmediatamente se negó a asistir a los plantones que Molina describía. “Lo que siento es mucho miedo”, dijo, mientras derramaba lágrimas. “Eso de andar libre diciendo lo que uno piensa me da miedo”.

“Este es otro país”, le aseguró Molina. “No te van a hacer nada. Vos vení hoy en la noche y vas a ver.”

Esa noche, alrededor de las 8, Velázquez volvió en su bicicleta y con mucha trepidación observó la escena de sus compatriotas frente a el. Por una parte, unos ondeaban sus banderas hacia el tráfico y recibían una respuesta positiva de muchos carros que pasaban y sonaban sus bocinas en apoyo.

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Algunos nicaragüenses protestan contra el régimen de Ortega en NW 17th Avenue y W Flagler Street, Miami, el viernes 15 de marzo de 2019. A veces son tan pocos como 10 pero a veces llega hasta 60 el número de manifestantes cerca del consulado de Nicaragua en Miami. Alexia Fodere el Nuevo Herald

Algunos niños pequeños corrían vestidos con el uniforme del equipo nacional de fútbol. Algunas mujeres portaban faldas largas de su traje típico y bailaban. Y algunos hombres conversaban entre ellos con pañuelos en sus rostros, costumbre que adoptaron en Nicaragua por protección y aún no han abandonado.

Poco a poco, Velázquez se incorporó al evento y empezó a explorar lo que significa poder decir lo que quiera sin represalias.

Como Velázquez, muchos nicaragüenses recién llegados a los Estados Unidos están aprendiendo de nuevo, o algunos por primera vez, lo que es la libertad de expresión. Es una experiencia refrescante, pero al mismo tiempo les sirve como recordatorio de la cruda realidad que vivieron en Nicaragua, donde dicen que a los derechos civiles se les respeta muy poco o nada.

Estos inmigrantes centroamericanos pasean por las calles de Miami y se quedan asombrados ante los manifestantes que a menudo expresan su opinión cándidamente por una u otra causa. Luego recuerdan a sus amigos o conocidos que han sido apresados por lo mismo en Nicaragua o se dan cuenta de noticias sobre más personas que han muerto allá por la misma razón.

La clara desigualdad entre ambos países ha llevado a los nicaragüenses nuevos y a los que ya llevan décadas residiendo en el sur de la Florida a pensar que las negociaciones entre los líderes de la opositora Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia y el régimen de Ortega en Nicaragua no tienen validez. Su esperanza que el diálogo será fructuoso se diluye cada vez más.

El primer intento fallido para dialogar en Nicaragua se dio en mayo y junio del 2018. Se reanudó a finales de febrero de este año.

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Un nicaragüense se cubre el rostro con un pañuelo, costumbre que muchos adoptaron en Nicaragua por protección y aún no han abandonado, durante una protesta en la NW 17th Avenue y W Flagler Street en Miami el viernes 15 de marzo de 2019. Alexia Fodere el Nuevo Herald

Ahora la oposición pide, entre otras cosas, que el gobierno libere a los cientos de presos políticos, deje de perseguir a miembros de la prensa y adelante las elecciones del 2021. Ortega ha descartado adelantar las elecciones, y aunque ha liberado aproximadamente a 150 presos políticos de los alrededor de 700 que se calculan, mantiene su posición que las protestas del año pasado fueron un intento de golpe de estado, llamando a los reos “terroristas”.

Este sábado, después de meses de silencio, la oposición convocó una manifestación. El régimen de Ortega reaccionó reprimiéndola con ataques de la policía antimotines y deteniendo personas involucradas.

“El diálogo no va a resolver nada. Eso es un circo”, manifestó Ozni Rene Mendoza Ruiz, de 18 años. “Eso es una farsa”.

Como el, muchos nicaragüenses se preguntan cómo podrían negociar con un gobierno tan autoritario. Creen que si el diálogo se llega a dar, sería más como un monólogo.

“El pueblo está un poco escéptico porque no cree que Ortega va a ceder”, dijo Ariel Montoya, miembro de la Junta Directiva de la Fundación Diáspora Global Nicaragüense, fundada en enero en la Florida. “Ven el diálogo como una patraña, una burla más de parte del gobierno”.

Mendoza Ruiz piensa así. El joven se unió a las protestas del abril pasado marchando en Estelí, su ciudad en el norte de Nicaragua, pero sufrió consecuencias.

No solo una bala que rozó su rodilla, sino también el acceso a su educación. En ese entonces, el estaba terminando su último año de bachillerato en el Instituto Nacional Pablo Antonio Cuadra, pero después de enterarse de su conexión con la oposición, los administradores le cerraron las puertas.

“Ya no te podemos tener aquí”, fue la explicación. Mendoza Ruiz no se rindió. Ttrató de registrarse en el Liceo Catolico Maria Auxiliador pero no tuvo éxito.

Unos meses después, con una orden de captura de la Policía pesando en su contra y recibiendo amenazas por medio de redes sociales y mensajes de texto, Mendoza Ruiz sintió que no tenía otra opción más que huir del país. Llamó a su papá, quien vive en los Estados Unidos, y le pidió que lo ayudara. Llegó a Miami en octubre y ahora está gestionando asilo político.

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Eneyda Torres participates on a protest against the Ortega regime at 17th. ave and W Flagler, Miami on Friday March 15th., 2019. Alexia Fodere el Nuevo Herald

Asiste a los plantones de los nicaragüenses cerca del consulado en Miami con frecuencia. Ahí no solo encuentra lo que ahora llama su familia, sino que también una oportunidad de alzar su voz en contra de Ortega y continuar luchando por cambio en su país.

Orlando González, de 30 años, llegó a Miami en octubre, también debido a persecución por marchar contra Ortega, y también es otro de los nicaragüenses que encuentran refugio en las manifestaciones del consulado cada semana.

Las descubrió por medio de una transmisión en vivo en Facebook. Al llegar a los Estados Unidos, González abrió de nuevo las cuentas en redes sociales que había cerrado por seguridad en Nicaragua.

González había estado teniendo mucha dificultad adaptándose al nuevo país. Perdió más o menos 18 libras y el sueño. Apenas vió el agrupamiento de sus compatriotas, deseó con muchas ganas participar y averiguó la dirección en Google

Lo primero que hizo al llegar fue cantar su himno. Desde entonces es lo que más disfruta de los plantones, dijo.

“Lo más bonito es cantar mi himno nacional a todo pulmón, es algo que te sale desde lo más profundo. Sacamos todo lo que teníamos oprimido“, dijo sonriendo. “Yo canto hasta quedar ronco.”

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Algunos nicaragüenses protestan contra el régimen de Ortega en la NW 17th Avenue y W Flagler Street, Miami, el viernes 15 de marzo de 2019. Alexia Fodere el Nuevo Herald

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