Sur de la Florida

Sobrevivió las cárceles en Cuba. Las calles de Miami pudieran ser ahora su último hogar

Cuando Ed Goldfarb se detuvo ante la modesta casa de tres habitaciones a pocas cuadras de la Calle Ocho, sabía que probablemente tras esas paredes le esperaba una triste historia. Las casas en camino a la ejecución hipotecaria casi siempre tienen una, y como agente de bienes raíces que se especializa en los llamados short sales –donde un banco trata de vender rápidamente una casa embargada para sacarla de sus registros – Goldfarb ya había escuchado de todo: trabajos perdidos, muertes en la familia, divorcios, drogas y alcohol. Dicho de otra forma: mala suerte.

Goldfarb generalmente simpatizaba con los ocupantes de las casas que vendía, pero nada podía hacer por ellos. Él no era un asesor financiero (de todos modos, los habitantes de esas casas ya habían dejado atrás esa etapa) o un consejero de duelo. Solo era alguien que estaba allí para tomar algunas fotos que mostraría a los posibles compradores. Nunca se quedó más tiempo del necesario tomando fotos.

Pero esta vez fue diferente. Cuando una anciana abrió la puerta, la mirada de Goldfarb se detuvo fascinada en la cubierta de un libro: Diario de una sobreviviente: diecinueve años en una prisión de mujeres cubanas. La cara solemne, aunque elegante, de una mujer joven se podía ver en la esquina de la portada.

“¿De qué trata?”, preguntó Goldfarb, incapaz de contener su curiosidad. “Es sobre de mí”, contestó Ana Rodríguez, de 80 años. Habían pasado seis décadas o más desde la foto en la portada. “Sobre el tiempo que pasé en las cárceles de Fidel Castro”.

Y en los 45 minutos siguientes le contó todo: todo lo que Ana Rodríguez, la prisionera política más antigua de Cuba, soportó durante sus casi dos décadas de encarcelamiento. Las palizas. Las huelgas de hambre. Los días brutales de trabajo forzado bajo el tórrido sol cubano, los meses interminables en la sofocante oscuridad de las celdas selladas. Los guardias brutales, las ratas astutas, las cucarachas eternas.

Tras escuchar su historia, Goldfarb se fue a casa con una copia del libro y la firme convicción de que no podía ayudar a que un banco le quitara la casa a esta mujer.

“Oh, Dios mío, ella ha pagado lo que debía en la vida, con creces”, dijo Goldfarb a un reportero la semana pasada. “Creo que es más que una heroína. Su vida no puede terminar de esta forma, viviendo en un auto...

“En dos ocasiones estuve un día en la cárcel por hablar demasiado en casos de divorcio. Y puedo decirte que no quieres pasar un día en la cárcel. Veinte años, nadie debería tener que soportar eso. Tenemos que ayudarla”.

Goldfarb ha escrito cartas, llamado a banqueros y difundido comunicados de prensa tratando de lograr un acuerdo para que Rodríguez siga en su casa, que tiene gran cantidad de préstamos incobrables.

La semana pasada, en un último esfuerzo, le abrió una cuenta de Go Fund Me. Goldfarb calcula que a Rodriguez le tomaría $300,000 recuperar el control de su hogar y evitar su Plan B, que es vivir en su carro.

“Sé que es mucho”, dijo. “Pero tengo la esperanza de que algunas personas acomodadas en la comunidad cubana puedan ayudar”.

Rodríguez aprecia la ayuda de Goldfarb, pero parece resignada a que pronto se quedará sin hogar. “La prisión me enseñó que siempre hay esperanza”, dijo. “Pero esto requerirá mucho más que esperanza”.

Lo primero que la gente siempre pregunta cuando se enteran de que Rodríguez pasó 20 años en prisión es: ¿qué hiciste? La respuesta es –para su eterno arrepentimiento – no mucho. Como adolescente idealista, harta de la corrupción y el autoritarismo en la política cubana, se puso a conspirar, llevando mensajes y recaudando algunos pesos aquí y allá para el ejército rebelde de Fidel Castro.

Y cuando Castro tomó el poder en Cuba y encaminó su revolución hacia el comunismo, Rodríguez, ya estudiante de Medicina, se rebeló nuevamente. Distribuyó folletos de propaganda desde las azoteas y las ventanillas de los autobuses y usó el sistema de audio de la escuela para pronunciar ardientes discursos.

El acto revolucionario más ambicioso que jamás intentó fue mezclar ácido sulfúrico con cápsulas de gelatina tratando de desencadenar incendios en tiendas habaneras confiscadas por el gobierno. Pero Rodríguez nunca entendió bien el proceso y casi todos sus dispositivos incendiarios terminaron en el fracaso.

“Mi gran golpe al gobierno fue chamuscar unos abrigos en una tienda por departamentos”, recordó secamente.

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Ana Rodriguez vivió por muchos años en su casa de Miami junto a su amiga, pero ahora su situación ha cambiado. Emily Michot emichot@miamiherald.com

Cuando un espía en su grupo los delató al gobierno en 1961, Rodríguez esperaba pasar solo unos meses en la cárcel, tal vez un año o dos. Se quedó atónita cuando, al final de un juicio en el que los fiscales le informaron de la sentencia incluso antes de que la declararan culpable, la enviaron a la cárcel por 30 años.

“Ni siquiera podía mirar la sala del tribunal cuando los jueces anunciaron la sentencia”, dijo. “Tenía miedo de ver a mi familia, tenía miedo de ver las miradas en sus caras”.

Durante las siguientes dos décadas, mientras la mayoría de los ojos del mundo estaban fijos en una Guerra Fría entre La Habana y Washington que siempre parecía estar a punto de estallar – la invasión de Bahía de Cochinos, la crisis de los misiles, la guerra en África– unas 600 prisioneras políticas libraban en Cuba una guerra mucho más silenciosa pero igualmente feroz.

Los guardias golpeaban brutalmente a las mujeres, las mataban de hambre, las encerraban con sociópatas desquiciados y depredadores sexuales en las celdas de los delincuentes comunes. Las presas, más que dispuestas a luchar contra los guardias, lo pensaron durante mucho tiempo antes de enfrentarse a una demente que había cortado a su marido en pedazos y lo había cocinado, como lo haría una delincuente común realmente loca.

Las tapiadas

Durante semanas, a las mujeres las metieron en diminutas cajas sin ventanas, tan oscuras y sin aire que llegaron a conocerse por las “tapiadas”. Apenas tenían agua suficiente para sobrevivir, sin que nada les quedara para limpiar el polvo de cemento que cubría toda la superficie de las tapiadas.

“Cuando salimos de las tapiadas por primera vez, después de cerca de dos meses, teníamos la piel cubierta de fango, polvo, sudor e incluso sangre, porque allá adentro ni siquiera nos dieron algo para lavarnos la menstruación”, dijo Rodríguez. “Los guardias nos dejaron usar cuchillas de afeitar para rasparnos la piel”.

Sin embargo, para muchas de las mujeres, los momentos más sombríos no tenían nada que ver con el abuso físico. A medida que pasaban los años, vieron a sus familias alejarse y desaparecer. Los esposos encontraron a otras mujeres, los hijos se tornaron hoscos y hostiles bajo un torrente de propaganda en las escuelas donde les decían que sus madres eran gusanas, parásitos que se aprovechaban del valiente pueblo revolucionario de Cuba.

“Al principio nos encantaban los días de visita, porque podíamos ver a nuestras familias y recibir pequeños regalos de galletas o café”, dijo Rodríguez. “Pero con el paso del tiempo, también se convirtieron en algunos de nuestros peores días. Las visitas eran los momentos en que nos enterábamos de que los hijos de una mujer se habían puesto en contra ella y que ya no vendrían a verla...

“La mujer sollozaba y decía: ‘¡La única razón por la que estoy aquí es porque estaba tratando de lograr un mejor futuro para mis hijos! ¿De qué vale todo si me odian por eso?’, y nunca encontré una respuesta para eso, nunca”.

Rodríguez conocía su dolor; ella había elegido deliberadamente una pelea con su prometido poco después de entrar a la cárcel y la usó como una excusa para romper con él. “Estaba interesado en la medicina, no en la política”, dijo. “Yo había elegido esta vida, pero él no. No era justo dejarlo esperando por 30 años.

A pesar de todo el daño que sufrieron los presos políticos a manos del sistema penitenciario, su batalla no era tan parcializada como cabría esperar. Los prisioneros, que en gran parte provenían de familias de clase media donde una mano nunca se alzaba con ira, se convirtieron en luchadores callejeros sorprendentemente tenaces que dieron tanto como lo que recibieron. Una vez Rodríguez le aplicó a un guardia una llave durante una pelea y lo golpeó en la ingle tantas veces y con tanta fuerza que más tarde se enteró que el guardia perdió los testículos.

También aprendieron a interrumpir las operaciones de la prisión con huelgas de hambre y “toques de lata”, literalmente golpeando latas, martillando cubiertos y tazas de hojalata contra las barras de las celdas por horas, haciendo enloquecer a los guardias.

Los resultados a veces eran espectaculares. Una vez, cuando eran trasladadas de una prisión, Rodríguez y otras mujeres lograron dejar fuegos lentos en sus celdas que eventualmente causaron un incendio que destruyó el techo, las puertas y todo lo que era de madera.

Las florecientes comunidades de derechos humanos del mundo se unieron a la causa de los presos políticos en otros países, pero poca atención se prestó a los de Cuba. “Nadie se preocupó por nosotros ni por las condiciones en nuestras prisiones, las Naciones Unidas no formaron comités para exigir inspecciones”, dijo Rodríguez. “Nadie notó que una décima parte de la población de Cuba había huido a Miami.

“Habíamos cometido un pecado imperdonable: estábamos practicando el anticomunismo fuera de temporada”.

Finalmente, algunas de las mujeres se dieron por vencidas y se unieron a las filas de los “reeducados”, que juraron lealtad al gobierno de Castro. Otras completaron sus sentencias, las pusieron en libertad y empezaron a buscar una forma de llegar a Estados Unidos.

Libre, por fin

Las pocas que quedaron tras las rejas eran conocidas como las “plantadas”, las inflexibles. Poco se sabía de ellas fuera del sistema penitenciario, pero adentro eran objeto de admiración. Los guardias desconfiaban de ellas; las presas comunes que una vez las habían rechazado ahora las trataban como héroes. Ese día de noviembre de 1979, cuando Rodríguez y las otras dos plantadas que quedaban fueron finalmente liberadas como resultado de conversaciones entre Castro y el gobierno de Jimmy Carter, las prisioneras comunes atestaron las cercas de la prisión vitoreándolas.

Como muchas de las otras mujeres, Rodríguez finalmente llegó a Miami. Pero rehacer su vida le resultó más difícil de lo que ella esperaba. Fue difícil lograr que las autoridades de Estados Unidos aceptaran sus credenciales de la Escuela de Medicina en Cuba, y finalmente tuvo que ingresar en la universidad en la República Dominicana para volver a tomar algunas clases.

Luego hubo una disputa –posiblemente alimentada en parte por la desaprobación a la resuelta actitud anticastrista de Rodríguez – para obtener su diploma. El asunto se prolongó por años. Cuando se resolvió a favor de Rodríguez, ella ya tenía 50 años y era demasiado mayor para obtener la residencia que necesitaría para practicar medicina en Estados Unidos.

En su lugar, aceptó un trabajo de flebotomista, un técnico que extrae sangre, en una clínica de la Calle Ocho. Pero su trabajo primario seguía siendo el mismo que en la cárcel: hostigar al gobierno de Castro.

Rodríguez viajó por el mundo participando en conferencias sobre derechos humanos y presos políticos, denunciando a Castro y suplicando que se prestara más atención a las cárceles en la isla. También escribió todo lo que podía recordar sobre su vida en prisión y comenzó a distribuirlo a los agentes y editores con la esperanza de que sus recuerdos pudieran terminar en un libro.

Ahí es donde yo paso a ser un breve personaje de su historia. Algunas de sus viñetas de la prisión terminaron en el escritorio de mi agente literario de Nueva York, quien me preguntó si creía que eran dignas de un libro. Acepté, y Rodríguez, cuyo apartamento en Coral Gables estaba a solo una milla de mi casa, pasó gran parte del año siguiente en largas entrevistas donde relató lo que le ocurrió en la cárcel. La crueldad de sus historias a menudo me dejaba sin palabras, y algunas veces lloré al llegar a casa.

La rueda de la fortuna

En 1995, sin embargo, Rodríguez tuvo que repensar su idea de los casinos, al menos hasta cierto punto, cuando Mier ganó $95,000 en la reserva Miccosukee. Ambas pudieron comprar una casa, a nombre de las dos, cerca de la intersección de la Calle Ocho y Le Jeune.

Esa buena suerte fue seguida, dos años más tarde, por una época que fue francamente terrible. Mier fue diagnosticada con cáncer de mama. Con ayuda de la quimioterapia, pudo combatir la enfermedad.

Pero con el nuevo siglo, el cáncer reapareció. Y esta vez, la quimioterapia no detuvo la enfermedad, solo la desaceleró. Se le extendió al hígado y luego al cerebro.

Sin embargo, Rodríguez no lo sabía, o al menos no sabía todo. Mier era muy privada, incluso íntima, sobre su enfermedad y su tratamiento.

“Sabía que estaba enferma porque todavía la estaban dando tratamiento, pero no tenía idea de cuán grave era el cáncer”, dijo Rodríguez. “Si hubiese sido alguien a quien veía de vez en cuando, los cambios podrían haber sido obvios. Pero cuando estás con alguien así todos los días, es algo gradual y te acostumbras”.

No está claro si fue la enfermedad en sí o los potentes químicos tóxicos que los médicos usaban para tratarla… o ambos. Pero el cerebro de Mier comenzó a enloquecer. La primera señal fueron las mentiras, tontas e inofensivas, que desconcertaron mucho más a Rodríguez.

“Llegaba tarde a reunirse conmigo y decía que era el tráfico o algo así”, dijo Rodríguez. “Pero luego me enteraba que estaba charlando con uno de nuestros amigos. ¿Por qué? No había motivo ninguno. Era desconcertante”.

Luego estaban las referencias ocasionales al dinero que parecía andar mal. “Alguien diría mientras tomábamos café: ‘Oh, gracias a Dios por Mari. No sé qué habríamos hecho si ella no nos hubiera ayudado con la hipoteca’”, cuenta Rodríguez. “Y luego descubría que le había dado a alguien $3,000 para comprar una camioneta. ¿Teníamos $3,000 extra para una camioneta? No estaba segura de eso”.

Pero Mier había manejado con éxito las cuentas de la casa por 20 años, por lo que, cuando eludía ligeramente las preguntas, Rodríguez no la presionaba. Tal vez era solo la edad; ambas ya rondaban los 70 años.

Fueron las caídas las que finalmente la convencieron de que algo andaba muy mal. Rodríguez regresaba a casa del trabajo y encontraba muebles desordenados, o incluso rotos, por toda la casa.

Mier (que se había retirado en el 2002 cuando el cáncer le robó las fuerzas) le explicaba que no era gran cosa, que había tropezado con algo en el suelo. Pero nunca había nada en el suelo que pudo haber causado la caída, y a veces el desorden indicaba que debió haberse arrastrado 20 o 30 pies antes de levantarse.

En silencio, Rodríguez comenzó a revisar las finanzas cuando Mier estaba dormida. Lo que encontró la horrorizó.

“Era como si se hubiera vuelto loca”, dijo Rodríguez, sacudiendo la cabeza con desesperación, incluso ahora. “Tenía 60 o 70 tarjetas de crédito. Estaba comprando cosas que no necesitábamos o que yo nunca había visto. Regalaba dinero –mucho dinero – a evangelistas en televisión. Había pedido dinero prestado usando la casa y en algunos de los documentos había falsificado mi firma”.

Esos eran los días de las hipotecas alocadas, cuando los bancos estaban prestando montones dinero a personas que nunca podrían pagarlo. Uno de los préstamos que sacó Mier, el cual Rodríguez firmó debidamente, usando la casa como garantía, fue con Countrywide Financial, que se convirtió en un ejemplo de lo que fueron las prácticas de préstamos en esa época.

Rodríguez cree que Mier pudo haber tomado hasta media docena de préstamos usando la casa. Es difícil saberlo con certeza, porque sus cuentas fueron irregulares hasta el último momento, y los préstamos han sido comprados, vendidos y revendidos tantas veces que incluso al agente de bienes raíces Goldfarb le es difícil determinar quién los tiene ahora.

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