Sur de la Florida

Le han ofrecido hasta $900,000, pero se niega a vender su casita en Coral Gables

Casita de Coral Gables sigue en pie

Orlando Capote, de 63 años, y su madre Lucía Capote, de 90, se niegan a vender su casa de Coral Gables a los constructores. El resto de vecinos ya las han vendido. Su casa es la última que queda.
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Orlando Capote, de 63 años, y su madre Lucía Capote, de 90, se niegan a vender su casa de Coral Gables a los constructores. El resto de vecinos ya las han vendido. Su casa es la última que queda.

Las manos de Lucía Capote, ágiles para una persona de 90 años vuelan sobre las teclas del piano mientras toca el clásico mexicano Bésame mucho.

Pero la música rápidamente queda ahogada por el pitido infernal de una excavadora que pasa de marcha atrás frente a la casa.

La mujer sale a dar de comer al gato, justo cuando un camión de concreto a 10 metros de su portal.

Capote y su hijo Orlando solían disfrutar de sentarse bajo la sombra de un majestuoso árbol de mango. Pero el polvo, el ruido de las herramientas y el peligro de que algo les caiga encima ha convertido el patio en una cámara de tortura.

Los Capote viven ahora en medio de una zona de construcción. Junto al patio hay seis letrinas portátiles. Los recuerdos de cristal que guarda en una vitrina tiemblan cuando un cilindro pasa cerca de la cocina.

“Esa máquina usa vibración para compactar el relleno, así que parece que hay un terremoto acá adentro”, dijo Orlando Capote, señalando hacia unas montañas de piedraque se ven desde las ventanas. “Yo les digo las montañas de Coral Gables”.

La pequeña y acogedora casa de techo de tejas, es ahora una pequeña isla rodeada de tierra, hormigón, un laberinto de cercas, montones de cabillas, otros materiales de construcción y equipos pesados.

Es la única casa que queda en pie en lo que una vez fue un agradable vecindario. Todas las demás viviendas fueron demolidas para dar paso al mayor proyecto de urbanización comercial en la historia de Coral Gables, The Plaza Coral Gables, una miniciudad de $600 millones a lo largo de Ponce de León Boulevard, cuatro cuadras al sur de Miracle Mile, que tendrá 1.1 millones de pies cuadrados de apartamentos, oficinas, tiendas, restaurantes, estacionamientos y un hotel de 242 habitaciones.

Lucía y Orlando se negaron a vender su propiedad a los urbanizadores o agentes de bienes raíces, que les han ofrecido un máximo de $900,000 por la casa de 1,300 pies cuadrados, dos habitaciones y dos baños, comprada en 1989 en $135,000.

“Esta casa era nuestro sueño”, dijo Orlando. Sus padres perdieron su casa en Cuba después de la llegada al poder de Fidel Castro, cuando huyeron a Miami para empezar de nuevo. “Uno echa raíces, crea recuerdos. No se puede ser avaro, o puede perder el alma”.

Los Capote se han negado 35 veces a vender, desde que Orlando padre enfermó y falleció a los 80 años en el 2005.

“Este es nuestro hogar. ¿Qué precio tiene eso?”, dijo Capote cuando se le preguntó qué suma estaría dispuesto a aceptar. “La gente dice que estoy loco, que soy un testarudo. Pero nos gusta vivir aquí. Mi padre adoraba esta casa. Todavía lo puedo ver haciendo cosas en el jardín”.

Otros propietarios en manzanas que fueron demolidas vendieron sus viviendas por cifras que oscilan entre $500,000 y $1.2 millones, dijo Capote.

“Un agente de bienes raíces llegó una noche cuando mi padre estaba en el hospital y le ofreció $650,000 a mi madre”, dijo Capote. “Ella ha recibido llamadas de teléfono anónimas, entre ellas una en que le dijeron: ‘Te van a a ahogar en hormigón, te vas a morir en esa casa y nadie se va a enterar’. La presión y las amenazas hacen que uno viva en un estado de temor”.

Lucía, maestra retirada de una escuela católica; Orlando padre, inspector eléctrico, y Orlando hijo, ingeniero eléctrico que trabaja en el Condado Miami-Dade, ahorraron para comprar la casa, ubicada en 2915 Coconut Grove Drive, hace 30 años.

“Trabajamos duro para ahorrar el dinero y comprar esta casa”, dijo Lucía, con los ojos llorosos. “No quiero perderla, como perdí a mi esposo. Usted puede imaginarse lo que estoy sufriendo”.

Cuando el proyecto The Plaza esté terminado, la casa de los Capote quedará entre un estacionamiento de siete pisos en el lado oeste y otro de 10 pisos en el lado este. Al frente tendrá un hotel y varias viviendas por la parte trasera.

La casita es un ejemplo de resistencia a la proliferación de proyectos en muchos vecindarios del sur de la Florida en una carrera que parece no tener fin por construir más y más: más condos, más apartamentos, más oficinas más cafés, más tiendas. El nivel del mar aumenta, pero las torres de lujos se construyen mucho más rápido. Las grúas se han convertido en algo normal en el paisaje arquitectónico de Miami y los megaproyectos son ahora parte del vocabulario local.

“El gobierno sigue aprobando construcciones en lugares que no pueden manejar ese nivel de densidad”, dijo Orlando Capote. “Hay algo que está generando la congestión intolerable y el tráfico que arruina [la calidad de vida en] Miami-Dade, y eso es el exceso de construcción”.

Más de 720 sombrillas coloridas se balancean suavemente sobre la recién transformada Plaza Giralda, el paseo peatonal ubicado en la cuadra 100 de la Avenida Giralda, en Coral Gables.

Los Capote culpan al gobierno de Coral Gables por aprobar un complejo que ahora es cuatro veces más grande que el original, autorizando excepciones de zonificación que han hecho aumentar el espacio dedicado al comercio minorista a la misma cantidad de pies cuadrados que todas las tiendas de Miracle Mile juntas. El crecimiento intenso y descontrolado ha afectados calles y estresado a los vecinos desde Sunny Isles hasta el sur de Miami-Dade, además de los planes que se ven en las ilustraciones arquitectónicas de nuevos proyectos en el distrito del río Miami, el Pequeño Haití y Wynwood.

“Cuando gente poderosa empieza a usar su dinero las reglas se van al diablo”, dijo Orlando. “La ciudad ha dado al urbanizador todo lo que desea a costa de nuestros derechos. Alguien tiene que decir basta. Hemos ganado algunas victorias parciales. Pero somos dos personas, no contamos para nada”.

Encima de la mesa de comer hay un volante electoral de la candidata a la alcaldía y ex comisionada Jeannett Slesnick, quien promete “LUCHAR contra los megaproyectos. Los edificios altos y de gran tamaño no son apropiados para Coral Gables. Nunca lo han sido. Pero durante los últimos años, el alcalde y la comisión municipal han permitido que los nuevos edificios sean cada vez más alto, lo que ha cambiado el carácter estético de nuestra ciudad y amenaza nuestra calidad de vida. Debemos hacer algo ahora, antes que sea demasiado tarde”.

Pero Orlando Capote cree que es demasiado tarde para él y su mamá.

Orlando ha dedicado muchas horas a estudiar los códigos municipales, normas condales y las leyes estatales. Ha asistido a reuniones, solicitado documentos y enviado correos electrónicos a funcionarios de zonificación, tráfico e ingeniería. Puede recitar las reglas y estatutos sobre numerosos aspectos que gobiernan las edificaciones. Pero su calle ha sido cerrada y cercada. Los muros que deben separar las propiedades residenciales de las comerciales fueron derribados el 11 de febrero. El callejón detrás de su casa ahora es una calle ciega, lo que le limita el acceso aún más, y le preocupa que los bomberos y ambulancias tengan problemas para llegar a la casa en caso de una emergencia. Su lista de objeciones de larga.

La ciudad insiste en que el proyecto, del la firma urbanizadora mexicana Agave Ponce —filial de la firma tequilera Cuervo— ha sido estudiado con cuidado desde la versión original del urbanizador Ralph Sánchez, que nunca se terminó.

“El proyecto Plaza Coral Gables ha sido sometido a un exhaustivo proceso de autorización que se ha aprobado en varias audiencias públicas realizadas a lo largo de una década en numerosas reuniones de la Comisión de la Ciudad, de planeación y zonificación, y revisiones de la Junta de Arquitectos, entre otros”, dijo la ciudad en un comunicado. “La preocupaciones del Sr. Capote se han abordado desde el principio del proyecto por personal municipal, así como por este urbanizador y el anterior. Los muros no estaban en la propiedad del Sr. Capote y su eliminación era necesaria para echar los cimientos”.

El urbanizador encargado del proyecto, quien se solidariza con la situación de los Capote, dijo que “ha quedado claro que el vecino no tienen interés en vender su propiedad y por lo tanto el proyecto se ha diseñado sobre esa base”, indicó Agave Ponce, que se comprometió a trabajar con los vecinos.

Orlando dice que es un asunto de principios, no de resistencia, y ciertamente no de lógica, lo que lo lleva a quedarse en su casa.

“¿Qué hago yo y qué hacía mi padre en nuestros empleos? Hacemos cumplir las reglas, sin favoritismo”, dijo. “Tenemos derecho a vivir en nuestro terreno”.

Antes de llevar a Lucía a una consulta con el médico, Orlando muestra sus árboles de mango y aguacate, los únicos que quedan. Los mangos son deliciosos, dice. Antes los regalaba a los vecinos. Este verano piensan dárselos a los trabajadores de la construcción.

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