Sur de la Florida

Se lanzó al mar desde Cuba a los 14 años con 32 familiares, los salvaron Hermanos al Rescate y los guardacostas

En esta foto, tomada 10 días despu;es que la autora llegó a Miami procedente de Cuba, se la ve con dos hermanas. (De izq. a der.) Yusneli Padrón, de 14 años; Yusmari Padrón, de 9, y Yadira Padrón, de 18.
En esta foto, tomada 10 días despu;es que la autora llegó a Miami procedente de Cuba, se la ve con dos hermanas. (De izq. a der.) Yusneli Padrón, de 14 años; Yusmari Padrón, de 9, y Yadira Padrón, de 18.

Fue en mayo de 1994. Todavía recuerdo el olor fresco y casi dulce a tierra de aquella tarde de viernes. El olor de la tierra cuando llueve. Es una fragancia especial que hasta este día solamente he experimentado en mi Puerto Esperanza.

Papi nos llamó a la mesa de la cocina, el lugar donde conversábamos todo, desde lo más sencillo hasta lo más importante. Podíamos ver la emoción en su rosto antes que abriera la boca. Ya sabíamos que era algo importante.

“Niñas, la familia se va para Estados Unidos”, nos dijo.

¿Qué? ¿Cuándo? ¿La familia? ¿Y nosotros?

Yo tenía 14 años y mi mundo se detuvo en ese momento, con el corazón tan abierto como mis ojos. ¿Significa eso que mis sueños se iban a convertir en realidad?

Yo tenía sueños, desde lo mundano hasta lo sublime. Soñaba con comerme una gallina cualquier día de la semana. Soñaba con un baño de burbujas y pasar la luna de miel en Hawai. Soñaba con estudiar Derecho para combatir la injusticia. Soñaba con decir lo que quisiera y practicar mi fe sin temor a la persecución.

Entonces la voz seria de mi padre interrumpió y mis pensamientos, y los hizo trizas.

“Lo siento mis niñas, pero no nos vamos de Cuba con el resto de la familia. Es un viaje muy peligroso. Domingo [primo de mi madre] va a ‘tomar prestado’ el barco de pesca que ha capitaneado para el gobierno toda su vida. Si nos sorprenden escapando, a los adultos nos acusarán de salida ilegal o piratería, y en el mejor de los casos nos condenarán a 10 años de prisión. En el peor de los casos, a lo mejor nos matan a tiros ahí mismo. ¿Cómo voy a poder vivir conmigo mismo después de eso? ¿Qué pasaría entonces con mis niñas? Esta decisión me está destrozando, pero no estoy dispuesto a arriesgar a toda nuestra familia”.

Todos mis pensamientos se convirtieron en signos de interrogación.

¿Qué? ¿Quién hace eso? ¿Cómo lo pueden castigar a uno por querer una mejor vida? ¿Qué país te mantiene prisionero? ¿Y qué quieres decir con eso de que no nos vamos? Mis abuelos, tíos, tías, primos, todos se van. ¿Ellos se arriesgan y nosotros no?

Mientras trataba de digerir todo esto, la cabeza me daba vueltas. Mi juventud e inexperiencia sabía que era una oportunidad de esas que se dan una vez en la vida. Yo tenía que hablar. Tenía que convencer a mi papá de que estaba cometiendo un gran error.

No tenía mucho tiempo para elaborar argumentos, de esos que estaba acostumbrado a escuchar de mí. Tenía que pensar rápido.

Me puso de pie y le dije: “Papi, entiendo tus preocupaciones, pero si no nos llevas, yo me voy con abuela. No me voy a quedar atrás”.

Quiero pensar que esas palabras hicieron que mi padre cambiara de idea. La verdad es que probablemente, después de estudiar los pros y contras, y una larga conversación con mi mamá, se dio cuenta que sus opciones para una mejor vida para sus tres hijas eran limitadas. De alguna manera se convenció él mismo de que era la mejor decisión para la familia en ese momento.

Después de un largo viaje en camión por el campo, una noche en unos manglares llenos de mosquitos, de tomar agua lodosa en una laguna, sin saber que los guardafronteras nos seguían, después que la embarcación casi se vuelva en mar abierto, y 36 horas de mareo y deshidratación, los divisé: Hermanos al Rescate y el Servicio Guardacostas de Estados Unidos.

Nos interceptaron, nos llevaron a Stock Island en Cayo Hueso y los ubicaron en el Hogar de Tránsito. ¡Mi oración había tenido respuesta! Lo habíamos logrado. Llegamos 52 personas, entre ellas 32 de mis familiares cercanos. ¡Estábamos en Estados Unidos de América!

YM 96 -Conpapi.jpg
La autora con su padre, Amable Padrón, en 1996, dos años despu;es de la llegada de la familia desde Cuba.

Me siento muy agradecida de haber podido llegar, algo que para muchos es casi imposible.

Así las cosas, entonces me tocó encontrar mi lugar en Miami. Ha sido un trayecto complejo desde ese éxodo hace 25 años ahora en mayo. Miami siempre me ha hecho sentir bienvenida, orgullosa y llena de esperanzas, aunque ciertos individuos me han hecho sentir excluida, avergonzada y desalentada. Pero no puedo culpar a Miami o a Estados Unidos por las acciones de esas personas.

Ahora nadie me puede ignorar. He aprendido que la libertad que conseguí viene con un gran compromiso. No doy las cosas por descontadas.

Siempre recuerdo una cita de Condoleezza Rice: “La esencia de Estados Unidos —la que realmente nos une— no es la etnia, ni la nacionalidad, ni la religión. Es una idea, una gran idea: que uno puede llegar de circunstancias humildes y conseguir grandes cosas”.

Yo he conseguido mi lugar en Miami

Un grupo de ocho balseros cubanos llegó el martes por la mañana a las costas de la ciudad de Bal Harbour, al norte de Miami Beach, en una embarcación rústica.

  Comentarios