Huracanes

Lecciones de un monstruo

Los sonidos nunca se olvidan. Veinte años después, puedo evocar el rugido del viento, el chirrido del metal raspando metal, los chasquidos y crujidos del techo al ser arrancado. El huracán Andrew llegó de visita con un gran estruendo: el sonido de un mundo que se acaba.

Hasta el día de hoy, aquellos de nosotros que sobrevivieron al Andrew — los que se acurrucaron debajo de colchones, los que temblaron bajo la lluvia implacable, los que abrieron la boca estupefactos al ver enormes robles arrancados de cuajo como si fueran brotes— hablan con sobrecogimiento de esa noche del 24 de agosto. Sobrecogimiento y miedo, por supuesto, porque pocas cosas nos hacen sentir tan indefensos como ver tejas atravesar volando el comedor de nuestras casas. Endurar un huracán, y luego salir de puntillas la mañana siguiente para ver un vecindario en ruinas, es una experiencia que marca nuestras vidas de un modo que sólo se entiende después de filtrarlo a través del recuerdo.

Antes de que el huracán Katrina devastara Nueva Orleans, antes de que un trío de tormentas— Katrina, Rita and Wilma — aplastara el sur de la Florida en el 2005, antes de que Mitch se quedara varado encima de Honduras en el 1998, el Andrew sirvió de rasero para las tormentas actuales. Descrito en una ocasión como el huracán más caro de la historia, Andrew costo más de $26,000 millones en daños, mató (directa o indirectamente) a unas 40 personas y convirtió en refugiados a otras 250,000, algunas de las cuales se mudaron al norte y jamás regresaron a sus hogares abandonados. Pero esas cifras apenas describen cómo Andrew transformó mi ciudad.

Aunque compacto, de rápido movimiento y relativamente seco para un ciclón de Categoría 5, Andrew expuso un secreto no muy limpio sobre el sur de la Florida, un secreto que sabíamos y habíamos decidido ignorar. Construcciones ilegales, corrupción en la aplicación de los códigos y chapucería en la construcción hicieron que los daños a las propiedades fueran peores de lo que debieron ser. Fuimos afortunados de que Andrew tocara tierra en una sección del sur de Miami-Dade — cerca de Homestead y Florida City — menos poblada que la megalópolis hacia el norte.

Pero esa noche yo no me sentí afortunada. Experimenté muchas emociones — terror, choque, incredulidad, pánico —; sentirme afortunada no fue una de ellas. Pasé la tormenta junto a mi esposo, nuestros cuatro hijos, su madre y su tía abuela. Yo estaba embarazada de mi hijo menor, pero no lo sabía, lo cual fue bueno porque no estoy segura de cómo ese conocimiento hubiera afectado mi conducta. Un mes antes, nos habíamos mudado a una casa grande y desparramada en un vecindario suburbano a lo Leave it to Beaver, una casa en la que esperábamos vivir por el resto de nuestras vidas. Cuando Andrew golpeó, ni siquiera habíamos terminado de desempacar.

El traqueteo de las ventanas nos despertó, y nos lanzó corriendo a la sala. Entonces una ventana se rompió, luego otra y otra. La casa se sacudió. Corrimos a refugiarnos a un pequeño baño sin ventanas. Hacía un calor sofocante allí, con muy poco espacio para que nueve personas pudieran moverse, pero nos sentimos seguros en aquel rinconcito. Hasta que el techo empezó a levantarse y la lluvia entró empapándonos.

Acabamos dentro de un vestidor. Allí, en una oscuridad absoluta, sudorosos y nerviosos, la tía rezaba su rosario y mi suegra lloraba en silencio. Callados, con los ojos muy abiertos, los niños se acurrucaron en una esquina, debajo de camisas y pantalones y vestidos.

Una voz baja y monótona nos hablaba es español desde la radio .

Pero yo no la escuchaba. En lugar de eso, lamentaba como una tonta una decisión hecha pocos días antes.

“No debí haber hecho limpiar los muebles al vapor”, le dije a mi esposo, todavía sin darme cuenta de lo que estaba ocurriendo. “Qué pérdida de dinero”.

Como si eso fuera lo único perdido en el ciclón. Un mes o cosa así después, los muebles fueron declarados pérdida total por nuestra compañía de seguros y reemplazados con facilidad. Nuestra inocencia, en cambio, no lo fue.

Pensemos en algunos de nuestros desastres más recientes. El maremoto del Océano Indico en el 2004 mató a unas 230,000 personas. En el 2005, más de 1,830 personas murieron en el huracán Katrina y las inundaciones que siguieron, con daños a la propiedad que se estimaron en alrededor de $80,000 millones, tres veces los del ciclón Andrew. Y el terremoto del 2010 en Haití destruyó gran parte de Puerto Príncipe, dejando más de 300,000 muertos y un millón de desamparados. El Andrew no puede comparárseles ni con mucho. Pero esa fue mi tormenta, mi desastre natural, mi frontera entre el antes y el después. Tras su paso — y la reconstrucción resultó ser tan caótica y enervante como la tormenta misma — aprendí algunas lecciones sobre mis vecinos, mi comunidad y el proceso mediante el cual armamos una vida nueva.

A pesar de toda la devastación que trajo consigo, Andrew me brindó un regalo que atesoro: la amistad. Una de mis mejores amigas en la actualidad es una mujer que compartió con nosotros el contenido de su congelador en esos primeros días en que no había tiendas abiertas, ni cocinas funcionando, ni ayuda alguna del gobierno. Cocinamos en la barbacoa juntas y nos fuimos uniendo. Lo mismo que yo, ella era una madre que acababa de mudarse al barrio. Nuestras hijas mayores tenían la misma edad, y sufrían de la misma insolencia adolescente. Sobre esta base, nació una amistad.

Si el Andrew hubiera evitado nuestra región, si hubiera tomado una ruta más hacia el noroeste, ¿hubiera florecido nuestra amistad?

Probablemente no. Refugiadas en nuestras cuevas con aire acondicionado, nos hubiéramos contentado con un cortés gesto de saludo desde el otro lado de la calle.

Nuestra historia no es excepcional. Muchos admiten que el Andrew les permitió redescubrir los lazos olvidados que unen a un vecino con otro y una cuadra con otra. Si alguna lección pudimos aprender del huracán Andrew, es el reconocimiento de que no podemos ser una comunidad de uno, que nuestros mejores recursos suelen ser las personas que viven al lado, y que la interdependencia es un lujo que se valora especialmente en los momentos duros.

También aprendimos del Andrew que nunca se está suficientemente preparado. De hecho, hacer caso a los consejos de los meteorólogos y el personal de emergencia es la mejor manera de evitar los dolores de cabeza y las privaciones de un desastre. Hagan caso a alguien que era relativamente descuidada sobre planificar para la temporada de huracanes antes de 1992.

Otra lección: no hay que encariñarse mucho con las cosas. Nuestras pertenencias nos definen demasiado a menudo, y se convierten en las cosas de las que alardeamos, las que más valoramos. Pero cuando hay que escoger entre la seguridad de nuestra familia y la preservación de las cosas materiales que poseemos… bueno, la decisión no es muy difícil. No existe un sentimiento mayor de gratitud, de alivio, que sobrevivir una experiencia horrible con nuestra familia, traumatizada, pero intacta.

Al sur de donde vivo los arboles han crecido altos y exuberantes, los vecindarios han sido reconstruidos, los negocios han cerrado o se han recuperado. De los cuatro adultos que pasaron la tormenta conmigo, soy la única viva. Mi primer esposo murió 29 meses después del Andrew, de un ataque al corazón. Su prima, su tía y su madre fallecieron poco después. Yo seguí adelante, y me alejé de la casa que recibió un castigo tan terrible.

Ya nadie habla del huracán. Ya nadie pasa en su carro señalando los signos de la destrucción, lo cual fue un pasatiempo favorito de los turistas a mediados de la década de 1990. Nadie, al parecer, quiere recordar los aullidos del infierno a 175 millas por hora.

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