El abuelo y su camioneta cargada de frutas
Se celebra el Mes de la Hispanidad y a mi hija de 10 años le piden en la escuela que haga un dibujo conmemorativo de la fecha. Ese día, cuando llego a casa, me lo muestra orgullosa. La felicito por el dibujo, pero no le digo que me parece la versión mejorada del mismo que hizo el año pasado, y el año anterior a ese, y el año anterior al anterior. Lo más significativo es que el protagonista de su ilustración es siempre el mismo: “Abú”, su abuelo materno, su abuelo cubano. En el dibujo Abú aparece de pie junto a su camioneta roja, con una gorra de los Miami Marlins y una maraca en cada mano –Abú siempre toca las maracas en los días de fiesta. La camioneta está cargada de mangos, mameyes y aguacates: frutos todos del paraíso guajiro que es el patio de la casa del abuelo en el South West de Mami.
Abú se llama Ibrahim González y nació hace 83 años en Vega Redonda, una localidad rural próxima a Encrucijada, municipio de la provincia de Las Villas. Llegó a Estados Unidos en 1960 y se radicó en Union City, donde desde hacía unos pocos años ya vivían sus hermanos mayores, Oscar y Delio. Escuchar a los hermanos González hablar de aquellos tiempos es como ver una de esas viejas películas de Hollywood donde al final siempre triunfa el espíritu humano; donde los hombres y mujeres se miden por sus acciones y no por las apariencias, por los hechos concretos y no por las promesas. Gracias a esas cualidades en poco tiempo los tres hermanos lograron fundar sus propios negocios: tres bodegas que prosperaron rápidamente mientras la familia trataba de acostumbrarse al frío del Norte y al idioma inglés, que a veces podía ser tan cruento como una nevada en enero. La bodega de Ibrahim estaba situada en West New York y llevaba por nombre “Santa Bárbara”. Él aún recuerda la fecha exacta en que terminó de saldar el préstamo con que pudo iniciar el negocio: el 30 de diciembre del mismo año que lo fundó.
De los tres hermanos sólo Oscar se resignó al frío del Norte, donde aún reside con su familia después de haberse retirado. Hacia finales de los años 1960 Ibrahim y Delio se establecieron en Miami, donde el primero abrió otra bodega mientras que su hermano mayor se dedicaba a los bienes raíces. En 1979, admirado por la ética laboral de Ibrahim, un cliente de su establecimiento le propuso ser su socio en una empresa de construcción que recién había fundado. Con la misma entrega que antes acometiera sus funciones de bodeguero, en poco tiempo Ibrahim y su socio, un arquitecto recién graduado de la UM, convirtieron a su constructora en un próspero negocio con operaciones en los condados de Miami-Dade y Broward. Tres décadas después, a sus 83 años, Ibrahim sigue saliendo cada mañana en su camioneta a supervisar las obras de la compañía.
Historias como las de los tres hermanos González hay muchas en nuestra nación, en nuestra ciudad. Sus vidas son un testimonio de hasta dónde pueden llegar los inmigrantes en este país, no importa cuán humilde sea su origen, y cuánto pueden contribuir a esa misma sociedad que un día los recibió con los brazos abiertos. Hoy en día la semilla que estos tres hermanos sembraron bajo la nieve de Union City se ha convertido en un frondoso árbol a cuyo tronco le han crecido ramas colombianas, puertorriqueñas, afroamericanas, guatemaltecas e irlandesas. Entre sus descendientes hay abnegadas educadoras, destacados profesionales de la salud y de las finanzas. Uno de estos, la hija mayor de Delio, es una generosa filántropa y empresaria cuyo negocio le da empleo a muchos residentes de nuestra ciudad.
Pero a pesar de sus logros, los hermanos González no van por la vida como triunfadores. Para ellos, hombres de campo adentro, el término “triunfador” resulta una categoría social demasiado sofisticada. En todo caso, el triunfo para ellos significa que en la mesa familiar siempre haya un buen plato de comida, que sus hijos reciban la mejor educación y tengan los mejores servicios médicos. La austeridad ha sido siempre la norma en sus vidas, una actitud que parece basarse en su sabiduría campesina: aprovechar “las vacas gordas” para cuando lleguen “las flacas”. Tal vez por eso la camioneta de Ibrahim, en la ilustración de mi hija, siempre está cargada de mangos, de mameyes y aguacates. Ojalá nunca deje de perfeccionar el dibujo. Ojalá algún día aprenda a conducir la “camioneta de su vida” como lo ha hecho su abuelo.
Escritor residente en Miami.
Esta historia fue publicada originalmente el 14 de octubre de 2016, 7:43 p. m. with the headline "El abuelo y su camioneta cargada de frutas."