Opinión

Tormenta perfecta

El excelente diario español El País dedica un documentado editorial al estado en que se encuentra la atormentada Venezuela y a la forma como se exhibe su dictadura, despojada por fin de antifaces y vestiduras democráticas. El mundo ha descubierto dramáticamente la naturaleza del régimen gobernante, o des-gobernante, sea preferible decir. Luis Almagro, el valiente secretario general de la OEA –devoto del derecho, cual reconociera su compatriota Pepe Mujica- acaba de advertir a Maduro que no impida la instalación de la nueva directiva de la Asamblea Nacional en los próximos días. Sus palabras parecen sugerir que un zarpazo destinado a terminar de una vez el valiente Poder Legislativo acarrearía consecuencias extremadamente graves para el deplorable gobierno madurista.

La reactivada solidaridad internacional inyectará sin duda entusiasmo a los venezolanos, encargados de resolver con sus manos la tragedia del país. Para lograrlo deben combinar con acierto la pasión y la razón, el máximo heroísmo y la inteligencia indispensable para ganar más espacios y no malbaratar momentos. El pavoroso caos madurista parece haber alterado la relación entre ambas facultades del espíritu. Dícese metafóricamente que la pasión reside en el corazón, y la razón en el cerebro. Son dos factores imprescindibles. Sin el calor de una no hay iniciativa, riesgo o ímpetu, y sin la frialdad de la otra será difícil evitar el asalto de la anarquía y estéril pugna entre “salvadores”.

Durante los turbulentos años 60, en EEUU acuñaron la voz “hot headed” (intolerance, turbulense, explosion) para referir personas y movimientos ciegamente impulsivos. En esos mismos años, el presidente Betancourt llamó ”cabeza-calientes” a los jóvenes que protagonizaron la absurda guerra de guerrillas. El desastre que hoy padecemos revive esos conceptos. La totalmente justificada rabia colectiva podría dejar sin oficio la serenidad del juicio, sustituyéndolo por el desahogo emocional y la pérdida de formas de lucha que concurrirían al logro del resultado. El piano se toca con los diez dedos. Machacar una sola tecla produce ruido, no melodía. Elecciones, calle, activismo internacional, casa por casa, lo que sea, enmarcado en el propósito de impulsar un cambio democrático, incruento, pacífico y –ahora o al final– mediante el sufragio.

La fuerza de la unidad es también, paradójicamente, su debilidad. Una sola voz suministra rapidez, ciega obediencia y sumisión, pero su representatividad será igual a cero. Más vale “representatividad” que “pétrea unicidad”. Aquella es el futuro que va minando la aparente solidez autocrática. La MUD predicó correctamente apegarse a la vía pacífico-electoral y constitucional. Para eso fue creada bajo forma de frente. Desde ese ángulo alcanzó la mayoría del país, sin irrespetar la diversidad de sus componentes. Convirtió la meta democrática y la lucha contra la dictadura en causa mundial. Ser mayoría es reconocer el pluralismo, porque plural es toda sociedad. Unidad de lo diverso fue igualmente la unidad nacional que en 1958 derribó la feroz dictadura de Pérez Jiménez, por cierto menos ominosa que la actual.

Que cada líder aspire a la candidatura presidencial es estupendo pues con almas muertas o aspiraciones hipócritamente soterradas no se va a ningún lado. Rómulo Betancourt, Jóvito Villalba, Rafael Caldera y Pompeyo Márquez fueron las cuatro grandes personalidades de 1958. Pertenecían a corrientes universalmente enfrentadas. Se unieron sin desterrar sus idearios privativos. Socialdemócratas, liberales, socialcristianos y comunistas, entonces dirigidos por gente moderada como Márquez y Petkoff, quienes a la postre romperían con el partido comunista para volcarse a la causa democrática.

La diversidad determinó la victoria. Rómulo, Jóvito y Caldera nunca ocultaron –no había nada pecaminoso en ello– su deseo de convertirse en primer presidente de la democracia restablecida, pero si hubiesen antepuesto tal aspiración a la unidad nacional la dictadura quizá habría sobrevivido por tiempo indefinible, de modo que, entre otras cosas, ninguno de los tres hubiera entrado al Palacio de Miraflores. La historia les dio la razón: Betancourt y Caldera fueron presidentes, Jóvito estuvo cerca.

Hago esta reflexión para responder a quienes exigen que todos nos “enyuguemos” a un solo buey en busca de la “eficacia” del monolitismo, cuya debilidad, en cambio, es su escasa representatividad. Y para vencer a una fuerza inescrupulosa, vocacionalmente totalitaria, la premisa fundamental es la que ya se tiene: máxima representatividad traducida en aplastante mayoría. No es suficiente, lo sé, pero insisto: es la principal de las premisas, la condición sin la cual el resultado no se producirá.

Construida para actuar en el marco electoral, el desempeño de la MUD ha sido brillante; colocada a la brava fuera de ese marco, está siendo sobrepasada por la quemante lava social. El caso es que ahora todo está cambiando. El régimen le huye al sufragio. Sabe de cierto que perderá cualquier consulta colectiva, incluso –dicho sin hipérbole– en el Círculo Militar o en los cuarteles. Como su derrota está cantada le ha dado por cerrar el mecanismo electoral en una vorágine que destruye los últimos artificios usados por el ilusionista de feria, Hugo Chávez, para encubrir la dictadura con trapos democrático-formales. Se vislumbra una tormenta perfecta en los albores de 2017. Mandan los mariscales Hambre y Miseria. La disidencia crece en la generalidad de los ámbitos. Maduro es indefendible. Su renuncia o sumisión a comicios preservaría la amenazada paz. Es necesario seguir ampliando la unidad democrática. El enemigo no está aquí sino allá.

El notable matemático Pascal, en frase memorable, consagró en el siglo XVII el desencuentro entre razón y emoción. “El corazón tiene razones que la razón no entiende”.

¡Excelente don Blas¡ pero, invocando elementales reglas de su profesión, déjeme decirle que más vale sumar y multiplicar que restar y dividir

Analista político venezolano.

@AmericoMartin

  Comentarios