Opinión

Trump: Un hombre contra el destino

El presidente Donald Trump, cuando estaba en la campaña electoral por el puesto, recibe el pasado 24 de agosto, en Jackson, Mississippi, al político británico Nigel Farage, partidario del retiro del Reino Unido de la Unión Europea.
El presidente Donald Trump, cuando estaba en la campaña electoral por el puesto, recibe el pasado 24 de agosto, en Jackson, Mississippi, al político británico Nigel Farage, partidario del retiro del Reino Unido de la Unión Europea. AP

Un hombre, ya de por sí poderoso por su riqueza personal, ha ocupado la jefatura de la mayor potencia del planeta, y con esa fuerza, desafía los designios de un mundo en marcha convergente. Pero ese hombre va en sentido contrario, quiere retrotraer al país a lo que era en los 60, hacia un nacionalismo cerrado y una economía autárquica, cerrar las fronteras, así como expulsar en masa a emigrantes que, según él, quitan empleos a los americanos, reitera su voluntad de devolver a la nación su grandeza y para ello, aumenta el presupuesto armamentista a costa de los recursos destinados al medio ambiente. Quiere repatriar las industrias que se fueron tras una mano de obra más barata y amenaza a aquellas que se nieguen con elevar los aranceles de sus productos cuando entren aquí, y anuncia su intención de erradicar tratados internacionales que según su consideración, perjudican a las industrias locales.

Ese hombre aplaudió el Brexit (la salida del Reino Unido de la Unión Europea), dice querer revisar el Tratado de Libre Comercio con México y Canadá, puso fin al Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP) y pone en la mirilla al TTIP (el Tratado Transatlántico de Comercio e Inversiones) firmado en París con países europeos.

Pero muchos críticos señalan que todo esto es como querer detener con los brazos la corriente de un río y que esas medidas, lejos de solucionar los problemas, los aumentan. Si eleva los aranceles a los productos extranjeros, los consumidores americanos tendrán que pagar mucho más por ellos, y se perjudicarán las propias empresas americanas asentadas en los Estados Unidos que envían sus piezas a países pobres para ensamblarlas con mano de obra barata. Pero además, los países afectados podrían responder con iguales medidas y entonces las empresas americanas tendrían que pagar altos aranceles por sus productos de exportación. Si se pide a las empresas americanas en el extranjero regresar, tendrán que pagar un alto costo en mano de obra, lo cual las dejará en desventaja en la competencia internacional. Si muchos países hicieran lo mismo con sus empresas en este país, se cerrarían muchos centros de trabajo, sobre todo en la industria automotriz, donde predominan inversiones japonesas y alemanas y millones de norteamericanos quedarían desempleados.

Paradójicamente, este tipo de nacionalismo coincide con el fundamentalismo islámico en su rechazo a ese proceso integracionista de los Estados conocido como globalización. Y no es que la globalización no tenga aspectos negativos, como la ruina de pequeños productores ante la avalancha de las trasnacionales y el derroche de recursos naturales por una excesiva ambición, pero las recetas propuestas han sido peores que la enfermedad. La verdadera solución está en proteger los intereses de esos productores, como concederles incentivos fiscales, el respeto a las diferentes culturas, y adaptarse a un mundo donde la protección de la naturaleza debe ser prioritaria.

Algunos analistas consideran que estos dos hechos: la nueva política exterior de Estados Unidos, y el Brexit, son tiros de gracia contra la globalización. Pero esto no parece nada probable. Antes bien, los Estados que se separen de estas integraciones regionales corren el riesgo de desarticularse. El propio Reino Unido enfrenta ahora el peligro de que países miembros que votaron contra el Brexit se independicen, como Escocia e Irlanda del Norte. La primer ministro de Escocia, Nicola Sturgeon, ha declarado la posibilidad de separar a Escocia del Reino Unido porque sería inaceptable desde el punto de vista democrático, irse de la Unión Europea cuando la mayoría de los escoceses votó por quedarse. Y es que los nacionalistas no se percatan de que los Estados nacionales, nacidos en el ocaso de la Edad Media, se encuentran en proceso de descomposición por dos grandes corrientes, una externa, centrípeta, a favor de las integraciones regionales, y otra interna, centrífuga, a favor de las autonomías y separatismos de las comunidades locales. Tampoco se percatan de que ciertas tendencias actuales llegaron para imponerse definitivamente, como el ambientalismo, el desarme, el pacifismo y la convivencia de hermandad entre diferentes pueblos, razas y religiones.

El Brexit, la nueva política estadounidense y el terrorismo, no son más que las reacciones finales de una mentalidad desfasada que se niega a desaparecer, los últimos estertores de un paradigma milenario destinado a morir.

Escritor e historiador.

concordiaencuba@outlook.com

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