Opinión

El arte de ser Kellyanne

El presidente Donald Trump (der.) se reúne con líderes universitarios afroamericanos mientras su asesora Kellyanne Conway se sienta en un sofá del Despacho Oval, el 27 de febrero.
El presidente Donald Trump (der.) se reúne con líderes universitarios afroamericanos mientras su asesora Kellyanne Conway se sienta en un sofá del Despacho Oval, el 27 de febrero. AP

Kellyanne Conway es la asesora presidencial más famosa del mundo, sobre todo esta semana tras sentarse en uno de los dos sofás del Despacho Oval en la Casa Blanca con las rodillas aplastadas y las piernas separadas mientras escribía un tweet. Nunca antes habíamos visto algo así en el Despacho Oval. Mi entrenador Ramón, un joven español muy educado, intentó describirme esa postura como “si quisiera hacer un “puente” pero con las piernas aplastadas y la puerta del puente….”, como es tan educado prefirió no terminar la frase. De seguro lo mismo le habrá pasado a los líderes de las universidades y colleges afroamericanos que presenciaban el momento: no sabían como describirles a sus esposas como se había sentado la asesora.

Kellyanne es Donald Trump pero en mujer, que en estos tiempos de igualdad es algo que puede suceder. Es igual de agresiva, de ruda, seguramente también de machista y sobre todo con esa soberbia que le permite hacer lo que le da la gana y siempre ganar. Lo único que la diferencia del presidente es que sabe algo de protocolo y política presidencial y por eso es tan necesaria en su equipo. Y también que tiene un pasado atleta. Me recuerda una amiga de mi internado en Solebury School en Pennsylvania, que se llamaba también Kelly y era super atlética, con una energía desbordante, piernas sin celulitis y una manera franca, espontánea a veces pelín irritante de vivir como si el mundo, por ser blanca, americana y republicana, fuera suyo y si no lo era pues ella lo reconvertía y hacía suyo.

Otra cosa que me recuerda la señora Conway es a esas llamadas “señoras que almuerzan” que la mayoría de las veces son anglosajonas y con apellidos donde nunca ha entrado un Martínez ni un Rodríguez ni que vinieran de Navarra. Y que, por lo general, gustan de expresarse agresivamente hacia los que consideran inferiores, como por ejemplo nosotros los latinos. No todas las grandes damas de la sociedad americana son así pero a alguna se le ha escapado en entrevistas a revistas de sociedad la típica frase de que “lamento no hablar más español porque la única ocasión en que lo practico es con el servicio”. Este tipo de comentarios ha sido criticado y seguramente muchas de esas señoras se cuidan mucho de no volver a equivocarse pero cuando ves a Kellyanne sentada de esa forma en el sofá del Despacho Oval, empiezas a sospechar si lo que estaba escribiendo en ese tweet no sería algo similar.

Pero hay que reconocerle a la asesora y su sentada que también demuestra que los nuevos ocupantes de ese despacho no tienen nada que ocultar. Mucha gente se horrorizó de que se tratara de esa forma a ese sofá emblemático pero algunos no pudimos evitar recordar que Bill Clinton y Mónica Lewinsky también estuvieron cerca de ese sofá. En la administración Trump se está gestando un tipo de comunicación nueva: no se ocultan los errores, las equivocaciones prácticamente se celebran. Y ese Despacho va a empezar a acostumbrarse a pequeñas ocurrencias como la sentada de la señora Conway o ver a Ivanka detrás del escritorio presidencial.

Al día siguiente de esa imagen. Donald Trump asombró a sus críticos con su discurso ante el Congreso. Mi teoría es que después de ver el fiasco en los Oscar, donde se burlaron de él todo lo que quisieron, él, como buen americano, tuvo la última palabra. No seré de tu agrado pero soy el Presidente. Y mi asesora que se siente como quiera.

Escritor y presentador venezolano.

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