Opinión

Sacerdotes con tendencia homosexual

¿Existen, por ventura, sacerdotes con tendencia homoerótica? Sin duda alguna. Algunos lo han dicho públicamente, saliendo así, como dicen ahora, del closet. Si ellos lo afirman, habrá que creerles.

¿Ha sido válida la ordenación sacerdotal de esos presbíteros? Perfectamente válida, pues esa orientación no los priva de su naturaleza masculina.

¿Pueden esos pastores de almas hacer algún bien espiritual a los feligreses? Por supuesto que sí, con tal de que tengan fe profunda, vida espiritual y fidelidad al celibato y a los demás compromisos inherentes al sacerdocio ministerial.

¿Habrá la Iglesia canonizado o beatificado a alguna persona con esa preferencia sexual? Es posible sólo si se trata de alguien que vivió heroicamente las virtudes cristianas incluyendo la castidad perfecta propia del celibato eclesiástico.

En otros tiempos no se percibía la homosexualidad como algo muy arraigado en la personalidad. En el pasado lo único que importaba era la virtud sólida, no las inclinaciones. Se decía que la moral, y por tanto la santidad, se movían en el terreno de la libertad. Las apetencias o deseos no son libres; pertenecen, por tanto, al plano pre-moral. Lo que cuenta no es sentir, sino consentir. Si alguien lleva seis horas sin probar bocado y sin beber ni gota de agua, no es culpable por sentir hambre y sed. Tampoco el apetito sexual es libre.

Hubo un seminarista jesuita, Emerio de Bonis, que sentía una atracción morbosa hacia los muchachos a quienes daba clases. Tenía 25 años de edad y estaba próximo a ordenarse de sacerdote. Le escribió al superior general, todavía Ignacio de Loyola, pidiéndole consejo. El santo le respondió por medio de su secretario, P. Juan A. Polanco, el 23 de mayo de 1556; fue una de sus últimas cartas. Le dio los consejos de rigor, a saber, cuidar las miradas, no recibir visitas a puertas cerradas, no tocar a nadie, y por supuesto, mucha oración y mortificación. Pues bien, Emerio se ordenó, y vivió casta y santamente hasta su muerte habiendo hecho mucho bien espiritual con sus prédicas, clases y escritos.

Los tiempos han cambiado. La Iglesia no es un organismo momificado en el siglo primero, sino que vive siempre animada y renovada por el Espíritu Santo. Ahora la Iglesia comprende mejor que la homosexualidad sí afecta profundamente a la personalidad humana. Por tanto, no conviene admitir a las órdenes sagradas a candidatos que no puedan representar bien a Cristo Esposo y ejercer cabalmente la paternidad espiritual hacia los hombres y mujeres confiados a su cuidado pastoral.

El sacerdocio depende de una llamada (vocación) sobrenatural, que recibe quien puede libremente dar respuesta, porque contempla la alternativa entre el sacerdocio y el matrimonio. No debe ser ordenado quien no pueda casarse, y opte por el ministerio sagrado sólo por vivir honestamente en forzosa soltería.

Los candidatos al sacerdocio no pueden presentarse a las puertas del seminario exigiendo un derecho. Se trata de un don sobrenatural o vocación que no es para todos. Toca al sujeto, ayudado por los formadores del seminario, discernir la autenticidad de su vocación.

En el evangelio de San Lucas tenemos a un geraseno a quien Jesús liberó de sus demonios mediante un exorcismo. Agradecido por esa liberación, el beneficiado, ya en plenitud de juicio, le pidió a Jesús que lo acogiese entre sus más cercanos seguidores. Pero Jesús no lo aceptó, sino que lo despidió diciéndole: “Vuelve a tu casa y cuenta todo lo que Dios ha hecho contigo” (Lc 8, 38-39). Ese buen hombre tenía otra vocación o misión en la vida. Jesús no llamó a todos al seguimiento radical al que llamó a los doce apóstoles.

Con fecha 4 de noviembre de 2005, la Congregación para la Educación Católica publicó, con la aprobación del Papa Benedicto XVI, una instrucción prohibiendo taxativamente que fuesen ordenados hombres “con tendencias homosexuales profundamente arraigadas”.

Al Beato Isaac de Stella, abad del siglo XII, le gustaba decir que la Iglesia y Dios iban de acuerdo. Se entiende que cuando la Iglesia toma importantes decisiones no lo hace sin contar con Dios, es decir, sin discernir su santa voluntad. Ella sólo quiere hacer lo que Dios quiera. Por eso la Iglesia ahora no quiere ordenar a hombres con ese trastorno de personalidad.

Sacerdote jesuita.

ebarriossj@gmail.com

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