Opinión

GLORIA LEAL: Ufanación

Llegó al poder con 32 años. Encontró una nación desarticulada políticamente y estructurada económicamente, bendecida por la naturaleza y con seis millones de habitantes eufóricos de esperanza cifradas en un mesías vitoreado por su pueblo.

Han pasado 50 años de aquellos días de gloria, de aquella semana de una memorable caravana de la victoria, de aquel mes de consignas, discursos interminables, himnos y marchas triunfantes, barbudos con rosarios, rebeldes armados de sonrisas, derroches de felicitaciones, celebraciones, vocinas, tribunas, abrazos, fotos, noticieros, encuentros.

Aquel joven en su plenitud de virilidad, hablaba y hablaba creando un lenguaje nuevo y repetitivo, de un histrionismo y una verborrea nunca vistos, gesticulaciones y manerismos paroxísticos, un actor con magnetismo de líder, con un carisma gigantesco, con un atractivo subyugante.

Los más viejos dudaban de su verbo, los más jóvenes vitoreaban ingenuos, los intelectuales definían su alcance, los sabios callaban, las mujeres enloquecían con el atractivo comandante churrioso y barbudo, los historiadores buscaban referencias, los sociólogos estudiaban comparables, los periodistas indagaban y los incautos se unían al coro de aduladores.

Pasaron los años y se fue incorporando la acción a la palabra, y el monstruo de la soberbia fue creciendo y alimentándose de ego y viejos resabios. El joven revolucionario se fue transformando en el Frankenstein del poder, creando vigilancias y represiones, aniquilando todo afán de progreso hasta convertir al pueblo en un universo uniforme de corderos, un rebaño de iguales y seguidores, un ejército de resentidos que terminarían con todo amago de individualidad.

El joven idealista fue madurando en un adulto pertinaz, hasta llegar al viejo caquéxico de hoy, puro deterioro y hueso, confusión y ausencia. El esplendor se fue opacando, las nubes oscureciendo, la piel coarteándose, las vísceras enredándose, la sangre coagulándose. Llegó la vejez incontrolable. Y con ella el mirar atrás a repasar la obra, aquella revolución prometedora y salvadora se fue plagando de plagas hasta culminar en total desgaste, las promesas se hicieron piedra y las piedras hambre.

A 50 años del triunfo de la revolución, ¿de qué se felicitará el comandante? ¿De la destrucción a la que llevó a la isla, de repartir la riqueza hasta convertirla en miseria, de quitar de su vista a toda persona que lo contradijera? ¿De qué se enorgullecerá el comandante? ¿De la desaparición de Camilo? ¿De Angola? ¿De Daniel Ortega, del Che Guevara? Cuando este viejo Comandante hace resumen de su vida, ¿de qué se sentirá orgulloso? ¿De cuál de sus logros? ¿De sus hijos? ¿De sus nietos? ¿Del legado que les ha dejado? ¿O de separar a las familias cubanas?

Cuando el Comandante repasa el inventario de su vida en esas largas horas de soledad y abandono, ¿de qué estará satisfecho? ¿De un pueblo alfabetizado con una cartilla cargada de mentiras que pudieron comprobar más tarde? ¿O de unos licenciados y doctorados que empujan carretillas, manejan taxis, prostituyen sus cuerpos para dar de comer a sus hijos?

Cuando el Comandante saca el balance de sus acciones, proyectos y leyes, ¿de qué se vanagloria? ¿De las industrias creadas, con el progreso tecnológico del país, con la creación de empleos, con la repartición equitativa de la miseria?

Ahora que le sobra tiempo para repasar su vida, ¿de qué se alegrará el Comandante? ¿Del olor de las cloacas? ¿De una ciudad en tinieblas? ¿De los cubos de agua? ¿De los mercados campesinos, o de las carnicerías, pollerías, pescaderías y fruterías vacías?

¿Con qué se consolará el Comandante al cumplir 82 años? ¿Con ver a uno de sus discípulos mandado a callar públicamente por un rey? ¿De qué presumirá el Comandante cuando se mira en un espejo? ¿De su audacia al dejar en ruinas a un país que encontró orgulloso de sus logros económicos y progresista?

Después de medio siglo en el poder, ¿de qué se ufanará el Comandante?

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