Opinión

RAFAEL ROJAS: Lo que la revolución era

Lo que triunfó el 1 enero de 1959 ¿qué fue? ¿Qué expectativas de cambio político se reflejaban en las emociones de aquel día? ¿Qué entendían por revolución los primeros revolucionarios? Un repaso de los principales periódicos de la isla (Diario de la Marina, Prensa Libre, El Mundo, Información, Avance) entre el 1 y el 8 de enero de 1959 y, sobre todo, una relectura del primer número de Bohemia de aquel año, que arrancaba con el editorial ''Que no vuelva jamás el monstruo'', nos ayudan a comprender el significado que entonces tenía la palabra revolución.

Los cubanos contaban, al final de aquella semana, con un nuevo gobierno, encabezado por el presidente Urrutia Lleó y el primer ministro Miró Cardona. Las tropas del Directorio Revolucionario, que tras la huida de Batista habían tomado el Palacio Presidencial, entregaron el recinto a dicho gobierno, el 6 de enero, reconociéndolo como el poder legítimo de la revolución. Fidel llegó dos días después a La Habana, el 8 de enero, y fue recibido no como un gobernante o un estadista, sino como algo muy distinto: el héroe de la guerra contra la dictadura, el líder de la rebelión armada que provocó el colapso de un gobierno represivo y corrupto.

El presidente Urrutia le dio la bienvenida, desde la terraza norte de Palacio, con estas palabras: ''...la democracia cubana se considera honrada con la presencia del gran héroe, del líder más abnegado de la historia'', quien, ''después de derrocar la dictadura con su esfuerzo admirable, no ha tomado el poder en sus manos, sino que lo ha puesto en manos de un hombre en quien él tiene fe''. El propio Castro, en las últimas reuniones de la Dirección Nacional del 26 de Julio en la Sierra, había insistido en que su papel y el de los demás comandantes rebeldes no debía ser político, sino militar y moral: ellos serían el ''escudo'' físico y espiritual del nuevo gobierno.

Para la mayoría de los cubanos, aquel rol era natural: los héroes --Fidel, Camilo, el Che-- no podían ser vistos como políticos civiles o gobernantes de la república. Además, el encargo del nuevo gobierno, a pesar de la hegemonía del 26 de Julio en el mismo, era compartido por todas las organizaciones revolucionarias. Había sido plasmado en documentos como La historia me absolverá (1954), el programa Nuestra razón (1956), el Manifiesto de la Sierra (1957) y el Pacto de Caracas (1958). Sus principales tareas estaban claras y generaban consenso: restauración de la Constitución del 40, reforma agraria, alfabetización, recuperación de bienes malversados, procesamiento de criminales, convocatoria a elecciones.

El gobierno de Urrutia y Miró se presentaba como ''provisional'' y así era asumido por la ciudadanía y la opinión pública. Durante el mes y medio que funcionó aquel gabinete, se tomaron cientos de acuerdos y se aplicaron algunos decretos importantes como la ''ley fundamental'', emitida el 7 de febrero, que restablecía básicamente la Constitución del 40, aunque con algunas modificaciones como el incremento de autoridad del Consejo de Ministros. Se trataba de un gobierno concebido para satisfacer en pocos meses las principales demandas económicas y sociales de la insurrección contra Batista y luego convocar a elecciones presidenciales.

Sin embargo, como ahora sabemos, Castro no dejó de hacer política durante ese mes y medio. De hecho, no sólo inauguró un nuevo tipo de política, plebiscitaria y carismática, por medio de constantes intervenciones públicas (ante la tumba de Chibás, desde Caracas, en el Club de Rotarios, con los empleados de la Shell y de los casinos), sino que continuó el entendimiento con los comunistas, iniciado por él mismo, Raúl y el Che en la Sierra, y mantuvo una permanente comunicación con los ministros del 26 de Julio. Desde esos foros llegó, incluso, a oponerse por la derecha a medidas del gobierno revolucionario, como la suspensión del juego en los casinos.

El papel de Fidel en la renuncia de Miró y en su propio ascenso al primer ministerio fue decisivo. Luis M. Buch cuenta que en una reunión con los ministros del 26 (Hart, Pérez, Camacho, Buch y Oltuski, en casa de este último), Castro propuso que para que él reemplazara a Miró era necesario que se reformara el artículo 154 de la Constitución del 40, concediéndole al primer ministro la potestad ya no de ''representar'', sino de ''dirigir'' la política general del gobierno. Días después, el 13 de febrero de 1959, Miró renunció y Castro, gracias a la reforma constitucional, asumió el control político del país. A partir de entonces, el gobierno revolucionario comenzó a abandonar gradualmente su carácter moderado y provisional.

Pero a pesar de Castro y de las pequeñas minorías radicales (los comunistas, el Che, Raúl) que lo rodeaban, la revolución era entonces lo que decía ser: una nueva democracia. La política económica, encabezada por López Fresquet, Cepero Bonilla, Pazos y Boti, se inscribía en el nacionalismo agrario, liberal o cepalino de la izquierda no comunista, que predominaba en América Latina. La política exterior, dirigida por Roberto Agramonte, buscaba un reajuste de la soberanía frente a Estados Unidos a partir de una agenda nacionalista y democrática. Para la mayoría de los revolucionarios, en 1959, revolución no tenía nada que ver con partido único, economía centralizada, ausencia de libertades o lealtad incondicional a un caudillo.

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